La verdadera y desconocida historia de Pablo Neruda

Pablo Neruda no se llamaba así. Alexei Karamazov, que era el verdadero nombre del poeta –y no Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, como aseguran algunas fuentes poco fiables–, nació en realidad en San Petersburgo en 1904, hijo de una tramollista jubilada del Gran Circo Ruso (Adriana Skleranikova) y un emigrante finlandés que cambió su nombre original (Jari Litmanen) por el de Constantin Karamazov –muy sonoro en el futuro país de los soviets– para tratar de medrar en la Rusia zarista.
Mala idea. Su proyecto de instalar una destilería de vodka con los beneficios obtenidos de la venta de su pequeña güisquería en Oslo se vieron frustrados cuando su hijo Alexei aún no había cumplido un año. Constantin, ansisoso por convencer a las autoridades locales de que le dejaran abrir hasta más tarde la pequeña taberna que había inaugurado junto a la destilería, invitó a todo un regimiento de la Guardia Imperial zarista a unos deliciosos mojitos.
Así surgió el problema. Como todo el mundo sabe, los mojitos se hacen con ron, pero el hecho de que Cuba aún no fuera comunista -y Rusia tampoco- dificultaba las relaciones comerciales entre ambos países, lo que unido a las malas comunicaciones de la época dificultaba la llegada de ron al futuro Petrogrado. En plena crisis de la caña de azucar -toda la producción de aquel año se había desviado para producir las recién descubiertas manzanas de caramelo, otro negocio ruinoso del que hablaremos en alguna ocasión-, el fundador de la fugaz dinastía Karamazov se vio obligado ante la escasez de materia prima a ofrecer a los soldados unos extraños mojitos consistentes en vodka con vinagre. Aquella anécdota, que su padre repitió en infinidad de ocasiones, inspiró unos famosos versos del poeta:
¿Cómo se llama ese cocktail
que mezcla vodka con relámpagos?
Soprendentemente, parece que la combinación no agradó demasiado a la Guardia Imperial: «¡Esto es una mierda comunista!», gritaron algunos oficiales adelantándose a su tiempo, y se lanzaron a la calle contra unos señores que pasaban por ahí para felicitar las pascuas con un poco de retraso a Nicolás II en lo que se conoce como el Domingo Sangriento.
Como consecuencia de aquel pequeño malentendido, Karamazov se ganó las antipatías de unos y otros en plena revolución, por lo que tuvo que poner tierra por medio. Mientras, la pista de Adriana, madre del genial poeta, se pierde en un centro de desintoxicación cerca de Volgogrado: «Putos mojitos», fueron sus últimas palabras conocidas.
En un primer momento, Constantin meditó la posibilidad de instalarse en México, pero al poco tiempo desistió de la idea: «Seguro que después aparece Trostky por ahí, y eso me dejaría como un tipo muy poco original. Además, la cejijunta de Frida Kahlo no me pone nada», pensó.
Agobiado por las prisas y azuzado por la visión de su destilería en llamas, el padre del vate decidió trasladarse con su zagal a Chile, donde, fiel a su costumbre, volvió a adaptar su nombre a la cultura local para tratar de integrarse y hacer fortuna. Se hizo llamar Osvaldo Reyes, una vez descartó los de José de San Martín y Emiliano Zapata por parecerle “demasiado manidos”. Y, como no podía ser de otra manera, también rebautizó a su hijo, esta vez como Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto –de ahí la extendida confusión histórica–, y falsificó su partida de nacimiento para que en el futuro pudiera ser embajador en España. Pocos meses después Jari-Constantin-Osvaldo encontró trabajo en el ferrocarril. El resto es historia.

1 aullidos:

H. Nelken dijo...

aplausos... plas plas plas. buenisimo