Apuntes a la Teoría de la Relatividad

Si, como se sospecha, alcanzar una velocidad mayor a la de la luz permitiría los viajes en el tiempo, ¿por qué no se ha probado a...
...intentarlo durante un eclipse?
...intentarlo en una habitación a oscuras?
...intentarlo de noche?
...contratar a Flash Gordon?

Pablo Neruda no se llamaba así. Alexei Karamazov, que era el verdadero nombre del poeta –y no Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, como aseguran algunas fuentes poco fiables–, nació en realidad en San Petersburgo en 1904, hijo de una tramoyista jubilada del Gran Circo Ruso (Adriana Skleranikova) y de un emigrante finlandés que cambió su nombre original (Jari Litmanen) por el de Constantin Karamazov –muy sonoro en el futuro país de los soviets– para tratar de medrar en la Rusia zarista.
Mala idea. Su proyecto de instalar una destilería de vodka con los beneficios obtenidos de la venta de su pequeña güisquería en Oslo se vieron frustrados cuando su hijo Alexei aún no había cumplido un año. Constantin, ansisoso por convencer a las autoridades locales de que le dejaran abrir hasta más tarde la pequeña taberna que había inaugurado junto a la destilería, invitó a todo un regimiento de la Guardia Imperial zarista a unos deliciosos mojitos.
Así surgió el problema. Como todo el mundo sabe, los mojitos se hacen con ron, pero el hecho de que Cuba aún no fuera comunista -y Rusia tampoco- dificultaba las relaciones comerciales entre ambos países, lo que unido a las malas comunicaciones de la época impedía la llegada de ron al futuro Petrogrado. En plena crisis de la caña de azucar -toda la producción de aquel año se había desviado para producir las recién descubiertas manzanas de caramelo, otro negocio ruinoso del que hablaremos en alguna ocasión-, el fundador de la fugaz dinastía Karamazov se vio obligado ante la escasez de materia prima a ofrecer a los soldados unos extraños mojitos consistentes en vodka con vinagre. Aquella anécdota, que su padre repitió en infinidad de ocasiones, inspiró unos famosos versos del poeta:
¿Cómo se llama ese cocktail
que mezcla vodka con relámpagos?
Soprendentemente, la combinación no agradó demasiado a la Guardia Imperial: «¡Esto es una mierda comunista!», gritaron algunos oficiales adelantándose a su tiempo, y pensando que eran los proveedores de Constantin se lanzaron a la calle contra unos señores que pasaban por ahí para felicitar las pascuas con un poco de retraso a Nicolás II en lo que se conoce como el Domingo Sangriento.
Como consecuencia de aquel pequeño malentendido, Karamazov se ganó las antipatías de unos y otros en plena revolución, por lo que tuvo que poner tierra por medio. Mientras, la pista de Adriana, madre del poeta, se pierde en un centro de desintoxicación cerca de Volgogrado: «Putos mojitos», fueron sus últimas palabras conocidas.
En un primer momento, Constantin meditó la posibilidad de instalarse en México, pero al poco tiempo desistió de la idea: «Seguro que después aparece Trostky por ahí, y eso me dejaría como un tipo muy poco original. Además, la cejijunta de Frida Kahlo no me pone nada», pensó.
Agobiado por las prisas y azuzado por la visión de su destilería en llamas, el padre del vate decidió trasladarse con su zagal a Chile, donde, fiel a su costumbre, volvió a adaptar su nombre a la cultura local para tratar de integrarse y hacer fortuna. Se hizo llamar Osvaldo Reyes, una vez descartó José de San Martín y Emiliano Zapata para, escarmentado por su pasado, evitar posibles confusiones revolucionarias en el futuro. Y, como no podía ser de otra manera, también rebautizó a su hijo, esta vez como Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto –de ahí la extendida confusión histórica–, y falsificó su partida de nacimiento para que en el futuro pudiera ser embajador chileno en España. Pocos meses después Jari-Constantin-Osvaldo encontró trabajo en el ferrocarril. El resto es historia.

Exclusiva motodeportiva

Dani Sordo ha recuperado el oído.

Reflexiones sobre los chinos

1. ¿Por qué los barrios chinos se llaman así si no hay necesariamente chinos?
2. Si todos los chinos son iguales, ¿qué ocurre con Yao Ming? ¿Por qué mide medio metros más que el resto de los mil millones? ¿Es acaso un mormón de Utah, y no chino?
3. ¿Por qué se juega a los chinos y se fuman las chinas?
4. En vista de que son tantos millones ¿La gran muralla se construyó para evitar que entraran los mongoles o que salieran los chinos? En caso de que sea por el segundo motivo, ¿cómo consiguieron salir?
5. ¿Por qué se dice "engañar como a un chino" si son precisamente ellos los que revientan las máquinas tragaperras?
¿Sabía usted que...
...los chinos no son bajitos, sino que están lejos?
...los chinos no comen tortilla de bacalao?
...los chinos no son vascos?

Microrrelato 6

Antes de conocerse eran dos perfectos desconocidos.

Frases célebres de la historia. Capítulo 5

"Tengo más cuernos que Avispado". Frida Kahlo.
"Seré breve". Pipino.

"Yo no". Fidel Castro.
"Venid aquí, maricones". Leónidas, en las Termópilas.
"Santidad, creo que se le ha roto la bolsa". Joseph Ratzinger, que no podía resistir el mal olor, a Juan Pablo II.
"Perdona, es que a veces se me va la cabeza". Adolfo Suárez.
"Te voy a cortar el pelo a la altura de la garganta". Robespierre a Danton.
"No jodas que soy negro". Fulgencio Batista.
"Me siento encorsetada". Frida Kahlo.
"Me fue a llamar puta la tacones". Corazón Aquino a Imelda Marcos.
"¿Te has fijado en que baila igual que Mohamed Alí?". Jorge Bush a su mujer Laura después de una recepción de Juan Pablo II.
"¡Coño! ¿por fin me puedo ir a mi casa?". Aldo Moro a las Brigadas Rojas.
"Pues no son tan malos, estos españoles. Si hasta me reciben con salvas". Patxi Zabaleta.
"Mira, fuegos artificiales". Luis Carrero Blanco, volátil, a su chófer.
"Ya verás que sopa más rica preparo". Lucrecia Borgia.
"Si es que eres más puta que las gallinas". Luis VII de Francia a Leonor de Aquitania.
"Cincos y subiendo". Boris Yeltsin.
"Igualo cincos". La reina madre.
"¿Nos vamos de pinchos?". Islero a Manolete.
"Si es que eres más puta que las gallinas". Brian May a Freddie Mercury.

La verdadera y desconocida historia de Georges Brassens

Cuando el 29 de octubre de 1981 la cultura francesa y universal se vistieron de luto por la muerte de Georges Brassens no podían estar más equivocadas. Mientras Francia lloraba la pérdida de su cantautor más importante, Brassens pasaba una cómodas vacaciones en Odesa. De hecho, el propio Brassens no fue consciente de su muerte hasta el 3 de noviembre, a su regreso de las vacaciones, cuando hojeando los números atrasados de Pravda, diario al que estaba suscrito desde hacía dos años, se encontró junto a una fotografía de su doble un breve texto que informaba sobre la muerte de “un decadente cantante francés”.
En realidad, Brassens había abandonado Francia en marzo 1971 aquejado de una extraña enfermedad. En pleno apogeo de su carrera y a punto de cumplir los cincuenta, observó cómo su pelo cano comenzaba a oscurecer de nuevo, le desaparecían las arrugas, sus brazos y piernas crecían de una forma anómala y sin motivo aparente dominaba a la perfección el ruso. Para abril, Brassens aparentaba ya sólo 40 años y medía diez centímetros más. Sólo entonces cayó en la cuenta que este fenómeno no iba a pasar desapercibido entre el sagaz público francés, así que contrató a un zapatero de Toulouse que se parecía mucho a él para que le suplantara sobre el escenario.
Con este problema resuelto, Brassens acudió a la consulta del doctor Gedigian, un prestigioso especialista que nada más recibir al cantautor arrojó un pronóstico certero: padecía una extraña mutación genética llamada 'bolchevización deportiva', que convertía a quien la sufre en pívot de la selección soviética de baloncesto*.
Resignado a su destino, Georges se trasladó a vivir a Moscú, donde adoptó el nombre de Vladimir Tkachenko y se convirtió, con sus 220 centímetros de estatura, en el estandarte del mítico CSKA y de la selección soviética.
Durante más de diez años consiguió mantener oculto su gran secreto y ganarse la amistad de sus compañeros, a los que cantaba ‘La mauvaise reputation’ en un perfecto ruso durante los descansos. Esta es sólo una de las innumerables anécdotas que protagonizó Brassens bajo su nueva identidad. Otra la contó años después el entonces jovencísimo Rimas Kurtinaitis: “Una de las cosas que más me impactaron de mi primera concentración con la selección soviética fue la afición de Vladimir Tkchenko a fumar en pipa. De hecho, no se separaba de ella ni durante los entrenamientos, e incluso era capaz de controlar el balón sobre la pipa y, con un ligero movimiento de labios, ejecutar una perfecta asistencia”. En efecto, la afición al tabaco en pipa era una de las reminiscencias que le habían quedado a Brassens de su época como francés.
El secreto se descubrió en 1993, cuando un estudiante de la Universidad de Tierra del Fuego observó un extrañísimo parecido entre los bigotes de Tkachenko y Brassens. Posteriormente, una muestra de ADN extraída de una de las pipas de Brassens resultó ser idéntica a la obtenida de un pelo del bigote de Tkachenko, lo que confirmaba la conocida en el ambiente deportivo y cultural como ‘Hipótesis del argentino’.
Sin embargo, los franceses, tan chovinistas como siempre, no estaban dispuestos a que uno de sus grandes iconos quedara en entredicho, y lograron convencer al Gobierno argentino de que destruyera las pruebas y sepultara el secreto para siempre. En un principio las autoridades suramericanas se negaron a tomar parte en el encubrimiento, pero se vieron obligadas a acceder al trato cuando Francois Mitterand, en una reunión de alto nivel, informó a un atónito Carlos Ménem de que los servicios secretos franceses tenían pruebas irrefutables de que Carlos Gardel no murió en ningún accidente, sino que jugó como extremo en la selección brasileña con el nombre de Garrincha.

*La mutación mutó en 1991, y ahora los afectados se transforman en aleros de la selección china.

Reflexión sobre la antigüedad

Atila era (h)uno

Frases célebres de la historia. Capítulo 4

"Volando voy". Luis Carrero Blanco, parafraseando a Kiko Veneno.
"¿Has oído hablar de la acupuntura?". Avispado a Paquirri en Pozoblanco.
"Qué ciego llevo". Sansón.
"¿Dónde voy?" Alfonso XIII.
"Viaje con nosotros". Camarón de la Isla y Kurk Covain, cantando a dúo.
"Coño, qué rica está hoy la sopa". Juan Pablo I.
"El fútbol es así". Ramón Montaner a León Trostky.
"¿Y si invadimos Polonia?". Rodolfo Hess a Adolfo Hitler.
"¿Y si invadimos Cataluña?". General Mena a Mariano Rajoy.
"¿Y si fichamos a Spasic?" Leo Beehacker a Ramón Mendoza.
"Mira que majos, me saludan con salvas". Anwar El Sadar, demasiado confiado.
"No siento las piernas". Supermán.
"Por favor, que sólo sean las piernas". Luisa Lane.

"Coño, que rara sabe hoy la sopa". Víctor Yutchenko.
"¡Comunista!". Alfredo Udaci a José María Aznar.
"¿Has oído hablar de la rinoplastia?". Tassotti a Luis Enrique.
"Me da a la nariz que no". Diego Armando Maradona.
"Me estáis rallando". Julio Alberto.
"No te piques". Andoni Goikoetxea a Diego Armando Maradona.
"Igual Ronaldo un poco gordo sí que está". Confucio.
"Me la pela". Onán.
"Estáis todos muy salidos". Segismundo Freud.
"Si sólo era un truco para tocar las tetas a las tías...". Heimlich, sobre su maniobra.
"¡Coño! No sabía que Avispado estaba entre el público". Mónica Seles, punzante.
"¡Anarquista!". Federico Jiménez Losantos a Alfredo Urdaci.

Microrrelato 4

El hombre lleva una vida normal, sólo grita en la terraza.

La asonada juantorenista

Harto de represión, Alberto Juantorena decidió que era el momento de dar un golpe de mano. Tres años llevaba combatiendo en la clandestinidad el régimen totalitario del general Oliberto Oliva, autoproclamado padre de la patria y libertador del pueblo. Pese a que el pueblo no estaba del todo de acuerdo con este título, Oliva había sabido encauzar los esporádicos brotes de descontento con periódicos baños de masas. En concreto, bañaba a las masas descontentas en aceite hirviendo.

Había que pasar a la acción. El 24 de marzo Juantorena y un puñado de hombres se echaron al monte para luchar contra el corrupto y tiránico Oliva e instaurar de una vez por todas un régimen justo e igualitario que podría tener por nombre, por ejemplo, Juantorenismo.
Las primeras acciones de las Brigadas Juantorenistas se limitaron al espectro estrictamente político, con una intensa campaña en demanda de la convocatoria de eleciones libres y del reconocimiento del provenzal como lengua cooficial del estado. Tras dos años de proselitismo, y cuando ya contaba con al menos 16 hombres en sus filas, Juantorena envió una delegación a la capital para negociar con Oliva su rendición incondicional y posterior salida del país, algo que el general se tomó con su habitual sentido del humor. Oliva, en una de sus particulares bromas, quiso comprobar cuánto tiempo eran capaces los juantorenistas de mantener la respiración debajo del agua con un bloque de hormigón como zapatos. Después de una semana, el general mandó sacar a la delegación del fondo de la bahía y accedió a hablar con sus integrantes sobre las condiciones de su rendición y el cambio de régimen, pero los juantorenistas callaron como muertos.
El 25 de mayo, Juantorena se apercibió de que sus enviados quizá estuvieran tardando demasiado, comenzó a impacientarse e incluso albergó un creciente temor a que les hubiera ocurrido algo desagradable. El 17 de junio empezó a anidar en su interior la sospecha de que Oliva podía tener algo que ver con el no regreso de sus compañeros, y el 29 de octubre tomó una decisión definitiva: Había que pasar a la acción.
El recién autotitulado subcoronel Juantorena se reunió con los ocho hombres que le quebadan para preparar la primera acción armada de las Brigadas Juantorenistas: una bomba en la sede del Senado, presidido por el sucio y abyecto Oliva. El plan era muy sencillo: acceder al edificio en una de las visitas guiadas de los sábados por la mañana y aprovechar el primer descuido del guía para colocar la bomba en el hemiciclo. Una misión tan contundente y decisiva que Juantorena estimó que sólo él sería capaz de llevar a cabo, de modo que se la encargó a sí mismo.
El subcoronel preparó el artefacto explosivo en su cuartel general, que se encontraba a unos 50 kilómetros de la capital, camuflado tras unas zarzas. A las 9.00 del sábado conectó el temporizador: cuatro horas para la detonación, tiempo más que suficiente para desplazarse al objetivo, colocar la bomba y regresar a su escondite antes de que el Senado, y con él el ominoso régimen de Oliva, se viniera abajo.
A las 9.05 horas Juantorena subió a su todoterreno y a las 9.30 estaba aún a poco más de un kilómetro de su cuartel general, haciendo auto-stop tras pinchar una rueda y comprobar que el Departamento de Intendencia había olvidado colocar una de repuesto en el vehículo.
A las 10.18 la fortuna sonrió por fin al subcoronel. Le recogió un matrimonio portugués al que habían invitado ese mismo día a un concurso de halterofilia justo al lado del Senado, con lo que Juantorena pudo llegar a la sede parlamentaria a las 10.45, a falta aún de más de dos horas para la detonación. Pero poco le duró la alegría al líder revolucionario: la visita guiada había comenzado ya, y debía esperar hasta el siguiente turno, a las 11.30, para acceder al edificio. Eso le dejaba una hora y media de margen, tiempo aún suficiente, con lo que decidió seguir adelante con el plan.
A las 11.35, con cinco minutos de retraso, comenzó la visita guiada y acto seguido el subcoronel se llevó una nueva sorpresa: el Departamento de Información también había fallado, porque el recorrido por la sede legislativa no duraba, como le habían informado, 25 minutos, sino una hora, con la agravante de que el paseo por el hemiciclo era la última etapa de la visita. En consecuencia, Juantorena tuvo que esperar hasta las 12.35 horas, justo cuando el guía les invitaba a abandonar la sala, para colocar la bomba, hábilmente camuflada en una bolsa de Carrefour, en la tribuna de oradores. Eso le dejaba 25 minutos para huir, tiempo más que suficiente.
El líder revolucionario se frotaba ya las manos de satisfacción cuando un pensamiento derrumbó todo su optimismo. De pronto cayó en la cuenta de que su plan no era tan perfecto, y todo porque no había caído en el nimio detalle de que los senadores no se reúnen los sábados, así que pocos de ellos, por no decir ninguno, iban a resultar heridos en la deflagración. "Piensa, Alberto, piensa -se dijo para sus adentros-, tienes que salvar esta situación". Y optó por aplicar el plan alternativo: llamar al diario 'Las noticias de la nación' y avisar de la colocación del artefacto para que, cuando la policía y los artificieros hubieran entrado al Senado, hiciera explosión llevándose por delante a cuantos miembros de las fuerzas represoras de Oliva fuera posible. Tenía incluso ensayada la consigna: "Les habla el subcoronel Juantorena, líder de las Brigadas Juantorenistas. Una bomba hará explosión a las 13.30 horas en el Senado". Sin embargo, cuando el guerrillero echó mano a su macuto para coger el teléfono espetó una blasfemia: el Departamento de Telecomunicaciones tampoco había cumplido con su labor y entre su equipo de emergencia en lugar de un teléfono había una sandía.
Acuciado por las prisas, Juantorena corrió de nuevo al vestíbulo del Senado para utilizar el teléfono público, donde le esperaba una nueva sorpresa. A las 12.45 cuando por fin pudo marcar el número del diario, le respondió al otro lado del auricular una voz metálica:
-Bienvenido al servicio de telefonista automático de 'Las noticias de la nación'. Pulse cualquier tecla para comprobar si su teléfono es de tonos.
Cada vez más nervioso, Juantorena pulsó el 1 y esperó respuesta:
-Su teléfono es de tonos. A continuación, indique el propósito de su llamada. Si desea hablar con Nacional, pulse 1. Si desea hablar con Internacional, pulse 2. Si desea hablar con Cultura, pulse 3. Si desea hablar con Deportes, pulse 4. Si desea hablar con Economía, pulse 5. Si desea comunicar una amenaza de bomba, pulse 6.
El subgeneral pulsó el 6 mientras miraba con evidente preocupación su reloj de pulsera. Y la voz metálica volvió a dirigirse a él:
-Ha seleccionado aviso de bomba. Por favor, indique en nombre de qué grupo armado reivindica la acción. Si pertenece a los Comandos de Liberación, pulse 1. Si pertenece al Grupo Armado Siete de Marzo, pulse 2. Si pertenece al Frente Alexei Karamazov, pulse 3. Si pertenece al Ejército Chií Revisionista, pulse 4. Si pertenece a cualquier otro grupo armado, pulse 5.
Juantorena estaba al borde del colapso cuando marcó el 5:
–Ha seleccionado "cualquier otro grupo armado". Por favor, diga el nombre de su organización al oír la señal.
–¡Brigadas Juantorenistas!, gritó el subcoronel, ya visiblemente impaciente.
–Usted ha dicho: "Manadas Peronistas". Si la información es correcta, pulse 1. Si no lo es, pulse 2... Ha pulsado 2. Por favor, repita el nombre de su grupo revolucionario cuando oiga la señal.
Juantorena ya no contestó, aunque al otro lado del teléfono la voz metálica aún le preguntaba:
-Usted ha dicho "Patapún". Si la información es correcta, pulse 1. Si no lo es, pulse 2.

Microrrelato 5

El ficus mutó en un gato.

El alfil disidente

-дерьмо! (Mierda, en ruso)

Poco después de mover la torre, Anatoly Karpov supo que todo estaba perdido. Nunca volvería a ser campeón del mundo. Entonces comprendió que no sólo había estado jugando contra Gary Kasparov, sino que durante todo el campeonato había tenido en contra a su propio alfil de negras.
Vladimir era natural de Letonia, y antes de hacer una gran carrera como alfil había trabajado como siete de picas en una baraja francesa. En plena juventud, se había convertido en uno de los alfiles más respetados y temidos de toda la Unión Soviética, pero su alineamiento con las tesis de Alexander Dubcek y su socialismo de rostro humano durante la primavera de Praga le iba a costar muy caro: cayó en desgracia y pasó de alfil de Boris Spassky, entonces aspirante al Campeonato del Mundo a peón de caballo en una escuela de primaria.
Todo por el chivatazo de un joven ajedrecista llamado Anatoly Karpov, al que el gran maestro Spassky había invitado en una ocasión a su casa y que parecía demasiado próximo al núcleo duro del PCUS. Una sola visita le bastó a Anatoly para descubrir que Vladimir colaboraba en secreto con Tito, e inmediatamente informó en persona al mismísimo Breznev, harto de desvisacionismos, de las actividades “antisoviéticas” del alfil disidente.
Con el paso de los años, la situación se hizo tan insostenible que Vladimir decidió exiliarse en Dinamarca, donde cambió su nombre por el de Atilano Castañeda. Una vez allí consiguió un contrato temporal como alfil de blancas en uno de los tableros de Bent Larsen, que luchaba por arrebatar el cetro mundial a su antiguo jefe, Boris Spassky. El danés nunca llegó a jugar una final mundial y, decepcionado, se retiró de la alta competición y se trasladó junto a Vladimir a Canarias (España). Allí, mientras Bent llevaba al Club de Ajedrez Las Palmas al título nacional, Vladimir se dedicaba a preparar su plan venganza para cuando llegara el momento.
Y el momento llegó en octubre de 1987: final del Campeonato del Mundo en Sevilla. El alfil disidente tomó un avión Las Palmas-Sevilla y se instaló en un hotel al lado del teatro Lope de Vega, donde su archienemigo Anatoly Karpov iba a tratar de recuperar su título mundial ante el pujante Gary Kasparov.
El día antes de que comenzara la final sobornó a un taquillero para poder pasar la noche en el teatro, donde también estaban pernoctando las piezas del ruso (perdón, soviético). Una vez allí, asestó un terrible golpe a Vassily, un alfil de negras con el que había compartido algunas partidas y había fichado por Karpov seis meses atrás, lo envolvió en un paquete y lo facturó con destino a Tierra del Fuego. La primera parte de su plan había tenido éxito: ya estaba inflitrado en las líneas enemigas.
El 10 de octubre de 1987 comenzó la final del Campeonato del Mundo con Vladimir como alfil de negras de un Karpov que contaba con el apoyo del sector más inmovilista del PCUS, el mismo que había condenado a ese mismo alfil al ostracismo durante más de una década. Aún así, no podía dejarse llevar por los impulsos, y durante las primeras partidas Vladimir permaneció fiel a las órdenes de Karpov, sin hacer ningún movimiento que pudiera delatarle. Había decidido esperar al vegésimocuarto y último enfrentamiento, el definitivo, para consumar su venganza y asegurarse de que Karpov no tuviera ninguna opción de ganar el título.
Con un punto de ventaja, al aspirante le servían incluso las tablas, de modo que Vladimir optó por una táctica desdestabilizadora casi desde el primero movimiento. Cada vez que el ruso acercaba su mano para mover pieza, Vladimir le gritaba: “¡Glastnost!” o “¡Perestroika!”. Colocado frente a un caballo de Kasparov, la cara del alfil quedaba completamente fuera del ángulo de visión de Anatoly, que achacó estos desconcertantes (y desconcentrantes) gritos a una sucia treta de su rival. Este mismo plan había sido empleado por Stalin en una partida de damas frente a Trostky, aunque en aquel caso las piezas le gritaban alternativamente al entonces líder del ejército rojo: “Revisionista” y “Te voy a operar de meningitis con un abrecartas”.
En el décimotercer movimiento Vladimir consiguió contactar con Teodopulos, el peón de dama de Kasparov, al que enviaba mensajes cifrados con los planes de ataque que Karpov y su rey de negras (aunque él prefería llamarle 'presidente del Soviet Supremo de negras') pergeñaban para una partida que creían ganada . El díscolo Kasparov sabía así de antemano todos los movimientos de Anatoly, que cada vez más nervioso temió encontrarse al borde de la paranoia cuando empezó a sentir unos extraños calambres cada vez que trataba de mover el alfil de negras. Tenía razones para sospechar, porque los calambres los provocaba un minúsculo electrodo conectado a una batería que Vladimir se había atado a la cabeza.
Aún así, Karpov se recompuso, lo que obligó al alfil disidente a optar por una solución más tajante. En el movimiento 50 se negó rotúndamente a moverse cuando Anatoly le trataba de enviar a proteger a una torre. El alfil se agarró con fuerza a su escaque e hizo inútiles todos los esfuerzos por trasladarle de lugar del ex campeón, que veía angustiado cómo se le terminaba el tiempo. Por eso, y sólo por eso, optó por mover la torre en un tremendo error. Vladimir y Gary intercambiaron entonces una sonrisa cómplice y Anatoly lo comprendió todo:
-дерьмо! (Mierda, en ruso), musitó el ex campeón y ya eterno aspirante antes de perder definitivamente todas sus opciones.
De esta anécdota nació una estrecha pero breve amistad entre Kasparov y Vladimir. Todo porque una vez se descubrió el engaño la FIDE, perpleja, decidió que lo mejor era echar tierra sobre el asunto, no sin antes sancionar a perpetuidad a un Vladimir que, lejos de encontrar el apoyo de Kasparov, se topó con una sutil indiferencia del azerbayano, que sólo volvió a llamarle para ofrecerle un trabajo como ficha verde de parchís en la escuela de su sobrino.
Trece años después el para muchos mejor jugador mundial de todos los tiempos defendía en Londres su título mundial ante Vladimir Krámnik. En la décima partida, cuando jugaba con negras, Kasparov sintió un ligero calambre al tratar de mover el alfil, y un escalofrío recorrió su cuerpo al reconocer el rostro envejecido de Vladimir:
дерьмо!" -Mierda, en ruso-, exclamó para sus adentros al entregar su corona mundial.
Entretanto Vassily, otra víctima de las intrigas de Vladimir, sigue pensando que, para llamarse así, en Tierra del Fuego hace un frío de cojones.

Reflexiones sobre la poesía

1. La poesía no se come.
2. La poesía no es amarilla.

3. La poesía no es una tortilla de bacalao.
¿Sabía usted que...
... Juan Ramón Jiménez inventó lo de la prosa poética porque se le había terminado el yogur de piña?
... Arthur Rimbaud no está muerto, sino que es un vejete que toca el acordeón en Bilbao? Suele aparecerse en Sabino Arana, esquina con Licenciado Poza, y los martes por la noche se concierte en euskaldun. En esas ocasiones recita en euskera versos de "Una temporada en el infierno" acompañado por un txalapartari.
... el Quijote no es en realidad más que una antología poética? Lo que pasa es que tiene un solo poema, de métrica libre, con versos muy, pero que muy largos y sin ningún tipo de rima ni de ritmo.

Dudas razonables

Desde hace unos meses he observado que un señor llamado Doctor me envía casi a diario un mensaje de correo electrónico con el asunto "Enlarge your pennis". Tras semanas de investigación, he conseguido descubrir que este texto significa "Alargue su pene", y me ha surgido una gran angustia por dos motivos:
1. ¿Cómo ha conseguido Doctor mi dirección de correo electrónico?
2. ¿Cómo ha averiguado que necesito alargar mi pene?

El extraño viaje de los Manuel de Oliveira

Manuel de Oliveira, profesor de Física de la Universidad de Faro, tuvo en marzo de 1962 lo que los alcohólicos llaman un momento de lucidez. Oliveira se había entregado al onanismo tras la muerte de su mujer, Jacqueline, en septiembre de 1961. Jackie, como la llamaba cariñosamente Manuel, era una mujer oronda. De hecho, era enormemente gorda, una circunstancia que iba a incidir seriamente en su salud. El 19 de septiembre un alumno de Manuel regaló al matrimonio dos entradas para un concurso de halterofilia en el que Darius Baranowsky, una gloria del momento del deporte polaco, iba a intentar batir el récord del mundo de arrancada y levantar ni más ni menos que 140 kilos.
Darius 'el gordo inmundo', como se conocía popularmente al polaco, había logrado reunir a 2.000 personas en las gradas del polideportivo John Scott O’Higgins III para ver en directo la gesta. Sin embargo, con la emoción los organizadores olvidaron trasladar al recinto las pesas, y a falta de sólo cinco minutos para su cita con la historia Baranowsky comprobó que sólo tenía a su disposición una barra de treinta kilos. Angustiado, pero haciendo a su vez gala de una gran agilidad mental, Baranowsky rastreó las gradas en busca de una solución. Y la encontró en la persona de Jackie, cuyo peso, de 110 kilos exactos, la convertía en la solución ideal. El gordo inmundo convenció a la señora Oliveira para que se dejara atar con cinta adhesiva a la barra de levantamientos y actuar así como pesa para completar los 140 kilos. El público, aún ajeno a la desgracia que estaba a punto de acontecer, rugió de entusiasmo.
Las pulsaciones de Baranowsky se dispararon cuando llegó el momento. El gordo inmundo estaba en el momento cumbre de su carrera y lo sabía. Se colocó en posición, agarró con fuerza la barra y comenzó el levantamiento con éxito. Entonces sobrevino la catástrofe: Jackie flotaba ya a más de metro y medio del suelo cuando la cinta adhesiva se despegó, con lo que se precipitó con fuerza sobre Baranowsky, que murió en el acto por aplastamiento. La señora Oliveira sólo sufrió una fractura de húmero, pero la ambulancia que la trasladaba se precipitó por un barranco y Jackie murió, como Baranowsky, en el acto.
Desde entonces, el doctor Oliveira no había vuelto a ser el mismo y, aunque sabía que aquello era imposible, sólo pensaba en la forma de hacer volver a su mujer. Hasta que una noche se despertó con el siguiente pensamiento: "Si cuanto más rápido voy menos tardo, si voy lo suficientemente rápido, puedo llegar antes de salir". Una idea sin duda atrevida en la que comenzó a trabajar al día siguiente.
Tres años estuvo Oliveira experimentando con cañones de luz, fotones, neutrinos, aceleradores de partículas y un sinfín de artilugios de nombres extraños hasta que por fin dio con la fórmula para correr a una velocidad superior a la de la luz y poder, por lo tanto, trasladarse en el tiempo, concretamente al pasado.
En su primer viaje, el doctor Oliveira viajó sólo cinco minutos al pasado. A las 18.00 horas del 25 de agosto comenzó su peculiar excursión, y aterrizó a las 17.55 en la cocina de su casa, donde se encontró a sí mismo comiendo una tortilla de bacalao. Los dos manueles se reconocieron y se saludaron, satisfechos de su éxito y de tener por fin un hermano -gemelo, además- a pesar de ser hijos únicos.
Los hermanos Oliveira acometieron entonces un proyecto mucho más ambicioso. Se trasladaron al 19 de septiembre de 1961 para aterrizar en los alrededores del polideportivo John Scott O’Higgins III. El objetivo estaba claro: salvar la vida de Jackie, y para conseguirlo había que evitar que entrara en el pabellón. No fue difícil. Mientras el doctor Oliveira distraía la atención del doctor Oliveira para que éste no apreciara la ausencia de su mujer, el doctor Oliveira proponía a Jackie olvidar el espectáculo de halterofilia y pasar la tarde en el cine. Esta hábil treta salvó la vida de Jackie y, de paso, probó que si se va muy deprisa, muy deprisa, pero que muy deprisa, se puede llegar antes de salir.
Sin embargo, la causa inspiradora del descubrimiento más inconmensurable de la historia de la humanidad fue a su vez la involuntaria culpable de que este conocimiento se perdiera para siempre. El 23 de abril de 1967 Jackie, que con los años había ido engordando hasta pesar 139 kilos, murió de un infarto de miocardio. Al día siguiente, durante el velatorio, un camión cargado de botellas de vodka y vinagre -ingredientes de los poco conocidos ‘mojitos Karamazov’- se estrelló accidentalmente contra el tanatorio, atropelló mortalmente a los tres doctores Manuel de Oliveira y sepultó para siempre en el olvido la técnica de los viajes en el tiempo. La ciencia aún les llora.

Frases célebres de la historia. Capítulo 3

"El cortijo, pa nosotros". Moisés.
"Que te lo has creído". Duquesa de Alba
"No vayas tan deprggggghgffffffhttfff". Lady Di
"¡Diana!". Avispado, en Pozoblanco
"Mira al pajarito". Guillermo Clinton a su amiga Mónica
"¿Echamos un quinito?". Massiel
















"Te como la torre, te como la torre... ¿Por qué no me comes la polla?". Gary Kasparov a Anatoly Karpov
"Torres más altas han caído". Osama Bin Laden
"Y si cuela, cuela". Andresito Warhol
"Ya verás como cuela". Pedro Mondrian
"Así me las ponían a mí". Felipe II
"¿Qué estará pasando por esa cabecita...?". Jackie Kennedy a Juan Fitzgerald
"Un montón de plomo". Lee Harvey Oswald, didáctico
"¿Vamos a ponernos así por un quítame allá estas pajas?". Guillermo Clinton, echando balones fuera
"¡Voy volando!". Luis Carrero Blanco, aerodinámico
"Este Carrero está en todas partes". Francisco Franco
"POR todas partes, excelencia, POR todas partes". Manuel Fraga, informativo
"¡Y yo con estos pelos!". Duquesa de Alba
"¿Quién ha puesto ahí ese murggggghgffffffhttfff...". Aytorn Senna
"Mira , una hostia y no me la he pegao yo". Carlos Sáinz
"¡Mira, mamá, vuelo!". Luis Carrero Blanco
"Ten cuidado al caer, no te vayas a hacer daño". Emilio Mola
"En ocasiones veo comunistas". José McCarthy
"Mucho rojo, es lo que hay". Edgar Hoover
"Ya te digo". Mao Tse Tung
"Pues yo no veo a ninguno". Tete Montoliú