Acaba de entregarse el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
Inexplicablemente, se lo han dado a la F.
Sección: Quotidianía delirante
"Acabo de inventar el coche bomba". Luis Carrero Blanco, desparramado.
"Divide y vencerás". Jack el destripador.
"Que se lo digan a Carrero". El Comando Madrid
"¿Alguien sabe por dónde se va a Inglaterra?". Rodolfo Hess, despistado.
"Sigue el camino de baldosas amarillas". Adolfo Hitler, sobremedicado.
"Tú si que das náuseas". Simone Beauvoir a Jean Paul Sartre.
"Lo de invadir a los gringos si eso ya casi que lo dejamos para otro día". El general Antonio López de Santa Ana, reculando.
"Jroña ke jroña". Andreas Papandreu.
"Si no sabes torear, ¿pa qué te metes?". Islero a Manoloete.
"Putas obras de la M-30". Luis Carrero Blanco, confuso.
"¿Qué somos, hombres o gominolas?". Chavela Vargas a Frida Kahlo.
Sección: Frases célebres de la historia

Una vez superadas las diferencias de criterio iniciales, el programa fue un éxito. La vida sonreía a don Pimpón: Felipe González le invitaba a la bodeguilla, salía de copas con Sabina y era un habitual en las ponencias del Club Siglo XXI. Al tiempo compró un ático en Lavapiés donde invitaba a sus compañeros de reparto a consumir exóticas drogas directamente importandas desde Kapurtala. A todos menos a Espinete, porque entre las dos estrellas de la serie habían surgido las primeras diferencias artísticas: mientras el búho/oso/hurón quería introducir a los niños en el existencialismo de Sartre y Camús, el puto erizo sólo repetía: "En verde cruzo, en rojo espero".
La relación personal fue de mal en peor, y 1985 sólo los índices de audiencia y los suculentos contratos que les ofrecía Pilar Miró consiguieron mantener juntos a Espinete y don Pimpón, que ya no se dirigían la palabra fuera del plató. Pronto el avieso erizo rosa empezó a practicar 'mobing' con su compañero de reparto. El búho, oso, hurón, o lo que cojones fuera, se sentía cada vez más desplazado en la serie y ni siquiera era capaz de comprender qué coño era esa horchata que todo el mundo bebía sin descanso. Por si fuera poco, cada vez que iba a comenzar el programa Espinete mandaba a todos los niños que persiguieran a don Pimpón por el bosque para que, cuando se diera la vuelta, se escondieran detrás de un árbol. Esta situación, repetida día tras día, llegó a terminar con los nervios del búho/oso/hurón, que víctima de la depresión se convirtió en un adicto al prozac.
Cuando parecía que la situación no podía tornarse peor, Espinete dio una nueva vuelta de tuerca. Durante los tres primeros años la serie se había rodado de noche, pero el perverso erizo exigió por contrato que se comenzara a trabajar de día bajo la peregrina excusa de que sufría trastornos de sueño. Nadie le creyó, pero era la estrella y había que aceptarlo.
Don Pimpón, al enterarse, estuvo a punto de dejar el barrio para instalarse definitivamente en Kapurtala, pero las facturas del ático de Lavapiés se le acumulaban bajo las plumas y se vio obligado a aceptar una situación que, para un ave nocturna como él, pronto se volvió insostenible. La sombra de Espinete era cada vez más alargada, y una semana después del cambio de horario ya mezclaba anfetaminas con horchata en la horchatería de Antonio y Matilde (aunque sabía sin saber qué era) para mantenerse despierto. Por si no fuera poco, el avieso erizo se las arregló para que, mientras todos los demás se ponían ciegos a magdalenas en la panadería de Chema, a don Pimpón le dieran como único cátering un par de ratas: "¿Cómo vamos a dar magdalenas a una lechuza?", arguyó Espinete en un alarde de mala baba.
Pimpón, tan celoso de su vida íntima, era ahora víctima de un complot en el que incluso se ponía en duda su sexualidad. Intoxicado por las drogas y cada vez más encasillado en un papel que no satisfacía sus aspiraciones artísticas, el bicho marrón fue perdiendo poco a poco el control de sí mismo. Él, que siempre había querido interpretar al rey Lear en 'El rey Lear', se tenía que conformar con un personaje que no se sabía si era un el búho, un oso, un hurón o qué. Y durante un rodaje estalló: harto de que los niños le persiguieran por el bosque y se escondieran tras los árboles, comenzó a perseguir él a los niños para enseñarles hasta qué punto debían tener bien abiertos los ojos (los tres). Y claro, TVE no podía consentir estas reacciones en un programa infantil, de modo que le envió a una clínica de desintoxicación. Su ausencia se justificó en el guión como la enésima visita al maharajá de Kapurtala, pero en realidad Pimpón pasaba su infierno particular en una clínica de rehabilitación de Proyecto Búho.
A su regreso a la serie ya nada era lo mismo en Barrio Sésamo. El cáncer detectado a Julián había hundido la moral de todo el reparto excepto la del egoísta Espinete, que lo veía como una oportunidad perfecta para arrebatarle el kiosko, comerse todos los chuches y convertirse en el nuevo hombre de los caramelos del barrio. El buen ambiente había desaparecido completamente del plató, y cuando Matilde denunció a Antonio por malos tratos la Dirección General de RTVE canceló el programa. Una semana después Espinete, incapaz de aceptar que se enfrentaba al ocaso de su carrera, se arrojaba al vacío desde el trigésimo piso de Torre Picasso.
La experiencia en Barrio Sésamo dejó a don Pimpón profundamente marcado, de modo que decidió alejarse de la televisión para tratar de hacerse un nombre en los canales culturales alternativos. A finales de los ochenta se dejó coleta y comenzó a tocar la guitarra en varios locales de Huertas y Malasaña, pero poco después TVE volvió a recurrir a él para otra arriesgada apuesta: 'Los mundos de Yupi', programa en el que interpretaría a Astrako y donde por fin tendría el protagonismo que merecía. Sin embargo, los férreos guiones impuestos desde Prado del Rey le impidieron dotar a su personaje de todos los matices que hubiera querido, con lo que surgieron de nuevo las diferencias artísticas, esta vez con la dirección, que prohibió tajantemente a Astrako abordar temas como la sodomía, la antropofagia y la drogadicción. Por su fuera poco, si en Barrio Sésamo sólo se sabía que era un bicho marrón, en 'Los mundos de Yupi' la cosa se pudo todavía peor, con un horrible disfraz verde y una nariz de payaso como única caracterización para interpretar a un ambiguo marciano.
El programa de Espinete había dejado el listón demasiado alto y la serie sólo duró dos temporadas, lo suficiente para llenar los bolsillos de don Pimpón hasta permiterle abandonar el mundo catódico y dedicarse a su veradera vocación: los monólogos, que aún hoy alterna con esporádicas apariciones en la televisión que le aportan unos jugosísimos beneficios.
Desde 1990 Pimpón es un habitual de varios locales de Malasaña, donde interpreta sus monólogos ante un selecto y reducido público que disfruta con sus historias sobre el rollo entre Chema y Ana, el cáncer de Julián, la adicción a las drogas de Ruth o las sesiones de sodomía a las que Antonio sometía a Matilde en la horchatería. Pero lo mejor de su número sigue siendo el momento en que pregunta: "¿Alguien sabe qué coño es la horchata? ¿Alguien ha visto alguna vez una chufa? ¿Cómo se puede hacer una bebida con eso?". Después, sube a su descapotable y con su melena calva mecida por el viento se va a ver un concierto indi. Por fin don Pimpón es feliz.
"Reunido en asamblea constituyente, el miembro fundador del Partido de Afectados por el Puto Asma y por la Democratización de los Ácaros, en adelante PANPADA, exige al Gobierno español la inmediata democratización del asma y la importación de ácaros Tetuán e Ifni. ¡Basta de rapiña colonial! ¡Ya es hora de que nuestro ácaros dejen de enfermar sólo a unos pocos privilegiados! ¡Ácaros o independencia! ¡Un hombre, un ácaro!"
Una semana más tarde el mensaje estaba en manos de presidente, que no sin cierto estupor decidió atender las peticiones de Discépolo: "Si quiere ácaros, ácaros tendrá", y de impediato ordenó que se creara una comisión encargada de estudiar el modo en que el proyecto se debía llevar a cabo.
El trabajo de la comisión pronto se dejó notar. Al cabo de un mes ya habían acumulado una tonelada de frascos de cristal llenos de polen, polvo, trozos de ropa vieja, semillas y todo tipo de porquerías susceptibles de contener ácaros y las embarcaron en un pequeño carguero con rumbo a Ceuta. Después, un breve viaje por carretera y todo el protectorado español de Marruecos estaría moqueando.
Sin embargo, el plan hizo aguas. El concejal de sanidad de Ceuta, a la vista del horrible estado de la tripulación tras sólo seis horas de travesía, ordenó la inmediata desinfección del buque, que apenas atracó fue abordado por un ejército de fumigadores y señoras de la limpieza dispuestos a no dejar ácaro con bacilo. Cinco horas después el mercante estaba tan limpio que se podría operar a un tipo de fimosis en la sala de máquinas (de hecho lo hicieron, aunque sólo para divertirse, no porque fuera realmente necesario) y no había ni el más mínimo resto de cualquier alergeno.
Entretanto, Discépolo esperaba impaciente sus ácaros, aquellos que durante tantos años de rapiña colonial les habían usurpado a sus legítimos propietarios, ahora sanos como robles. Colérico, a punto de estallar de ira, decidió iniciar una marcha a pie a Madrid, propósito del que desistió cuando llegó a la costa y comprobó que aquello del puente desde Ceuta hasta Gibraltar era tan cierto como lo del puente desde Valencia hasta Mallorca. La visita al enclave le sirvió para reencontrarse con un viejo amigo: el doctor Federico Menguele, un médico rural que iba camino de Nador para cambiar a su mujer por siete mulas. Menguele descubrió a Discépolo un mundo completamente nuevo cuando le convenció de que tener asma, lejos de tratarse de un privilegio, es más bien una gran putada. Desconcertado, y convencido de que el mundo fue y será una porquería, decidió regresar a su Argentina natal, donde se dedicó a escribir tangos.
Sección: Cuentos apócrifos
Al margen de las enfermedades paradójicas, también existen una serie de enfermedades desconocidas. Véanse algunos ejemplos:
Filantropía: Variante de la Licantropía por la que el afectado, en las noches de luna llena, se dedica a coleccionar sellos. Llámase filántropo al licántropo que colecciona sellos. Se cura coleccionando monedas.Xenofobia: Se conocen dos vertientes: aquellos que sienten odio, miedo o aversión por la protagonista de 'Xena, la princesa guerrera' y aquellos a quienes sencillamente no les gustan las tetas. Por lo tanto, los homosexuales son xenófobos. Las lesbianas, en cambio, son xenófilas.
Un filántropo mira sus sellos en pleno ataque de filantropía
Mal de Juan Bautista Toledano: Rarísima mutación que afecta a todas las personas que se llaman Juan Bautista Toledano. Recientes investigaciones han revelado que todos los que la padecen se llaman igual, aunque aún no se ha descubierto la causa.
Síndrome de Marcel Marceau: Extraña enfermedad en la que el sujeto es incapaz de articular palabra pese a no sufrir ninguna lesión física ni mental. A la tercera semana evoluciona a una segunda fase, en la que el enfermo se siente atrapado en una urna de metal que sólo existe en su imaginación.
Dislexia: Enfermedad del habla consistente en hablar sólo con morfemas, sin lexemas. Por ejemplo: "ito, te" en lugar de "Juanito, cómete la sopa". Suele ser bastante difícil entenderles.
Complejo de Electra: Negación visceral de cualquier posibilidad de OPA de Gas natural sobre Endesa.
Claustrofobia: Odio, miedo o aversión a los profesores de instituto o universidad cuando están todos reunidos.
Sección: Enfermedades
Disculpen la ausencia. Estaba mudando la piel.
Sección: Miscelánea
–Padece usted autismo, dijo el médico
–¿Por qué a mí?, se lamentó Luis Eduardo Aute.
Sección: Enfermedades
"Bum, bum, bum, bum". Luis Carrero Blanco, parafraseando a John Lee Hooker.
"Esta va a ser la de cal". Lasa a Zabala.
"Y esta, la de arena". Moisés al pueblo judío.
"Para arena, la que se va a tragar el hijoputa del traje de luces". Avispado avisando a Manolete.
"Las drogas son tus amigas". Diego Armando Maradona a Kurt Covain.
"Ya te digo". Marco Pantani.
"Carabirubi, carabiruba". Francisco Franco, quedándose con su estado mayor.
"¡Boooooomba!". Luis Carrero Blanco, adelantándose a su tiempo para parafrasear a King África.
"Caminante, no hay camino". Johny Walker.
"Te voy a poner la cara como un mapa". Boris Yeltsin a Mihail Gorbachov.
Sección: Frases célebres de la historia
Era una fiesta erasmus. Las francesas se hacías las suecas y las alemanas invadían Polonia.
Sección: Miscelánea
Meg Ryan ha hecho una sola película en toda su vida.
La vuelven a estrenar cada año con un título diferente.
Sección: Reflexiones
Según me echó el aliento, supe que estaba en el ajo.
Colaboración de fernandoesteso
Sección: Nanorrelatos
Ante la dificultad para calcular el número de asistentes a una manifestación, Antonio Hernández Mancha, un policía retirado que ocupaba sus ratos libres leyendo a Alexei Karamazov, decidió dedicar su vida a encontrar un método infalible que permitiera conocer con absoluta precisión el número exacto de personas que acuden a una manifestación.Pasados unos pocos meses la 'Técnica Oliva' se había extendido por todo el mundo, incluso en la Europa continental. Sólo los británicos, tan maniáticos para sus cosas, mantuvieron su método de cálculo propio que consistía en ir de casa en casa y preguntar a cada vecino si había estado o no en ésta o aquélla manifestación. Gracias a esta técnica, el pasado 21 de abril el Ejecutivo británico dio a conocer que 342.964 personas participaron en la movilización contra la reconversión industrial que se celebró el 2 de febrero de 1983 en Londres.
Precisamente esta pequeña dilación de los resultados que se produce cuando se trabaja con conocido como 'Método Inglés' es la que decidió a todos los gobiernos a optar por el Método Hernández Mancha con la modificación de Oliva; un sistema de medición con el que se observaron dos fenómenos complementarios:
1. Ninguna persona acude a más de una manifestación a lo largo de su vida.
2. Con el paso del tiempo, el número de manifestantes tiende a cero.
Pese a la evidente exactitud del método, no tardaron en alzarse voces discrepantes que argüían que con estas mediciones se producía en los manifestantes una sutil y casi imperceptible sensación de intranquilidad, de inquietud, incluso, que subrepticiamente les animaba a quedarse en su casa. Para atajar las acusaciones, Hernández Mancha propuso que se dejara de seccionar la garganta al populacho, y ante la negativa gubernamental sugirió a los manifestantes que cuando vieran acercarse al barbero de turno echaran a correr. Sin embargo, el hecho de estar todos encadenados entre sí dificultaba hasta límites insospechables la maniobra evasiva.
Por último, Hernández Mancha sugirió una técnica con un índice de mortalidad infinitamente menor. Consistía en amputar a cada manifestante una falange del dedo meñique –de ahí el sobrenombre de ‘el falangista’ con el que pasó a la historia–. Sin embargo, pronto se observó que muchos de los convocados mostraban cierta resistencia a que se les seccionara un dedo, y proponían con insistencia que fuera Hernández Mancha quien se amputara otra parte de su anatomía.
En consecuencia, esta nueva técnica tampoco dio los resultados apetecidos y Antonio ‘el falangista’ reorientó sus investigaciones hacia la teoría de la combustión espontánea de los franceses, de modo que las Ciencias Sociales siguen sin un método fiable para calcular la asistencia a las manifestaciones.
Sección: Cuentos apócrifos













