Los aviesos camareros funcionarios

Tras dos meses y un día de trámites y consultas, Andrés había conseguido por fin rellenar el impreso B-43, que le habían solicitado en Hacienda para entregarle las etiquetas que a su vez le exigía la Seguridad Social, a la que se había dirigido para modificar sus datos después de recoger en el Ayuntamiento el certificado de empadronamiento en el que se demostraba que llevaba 30 años viviendo en Gijón y no en Guadalajara, como erróneamente había informado Interior a Sanidad. Para celebrarlo, decidió invitar a cenar sus amigos más próximos, a aquellos que le habían ayudado en tan penoso trance.
Buenas noches. ¿Mesa para seis, por favor?
–Yo soy el camarero de barra, caballero. Para las mesas pregunte a mi compañero.

Buenas noches. ¿Mesa para seis, por favor?
¿Han hecho reserva?
–No, ¿a qué hora podríamos cenar?
–¿Desean los señores cenar en la terraza, en el comedor o en la terraza interior?
–Es igual, donde haya una mesa libre.
–Donde ustedes quieran.
–En ese caso… en la terraza.
–Entonces díganselo a mi compañero de la terraza; yo sólo me encargo del servicio de comedor.

Buenas noches. ¿Mesa para seis, por favor?
¿Han hecho reserva?
–No, ya le he dicho a su compañero que no, pero nos ha comentado que había sitio en la terraza.
–Sí, pero mi compañero de comedor no está autorizado a asignar mesas en terraza. ¿Tiene usted la confirmación del metre?
–No, pero justo a la izquierda hay una mesa libre para seis personas...
–Lo sé, caballero, y yo les diría encantado que se sentaran, pero sin reserva y sin autorización del metre es a mí a quien tiene que solicitar una mesa de terraza.
–Pero si lo acabo de hacer…
–No, usted ha preguntado si la tengo y me ha dicho que mi compañero, que por cierto no tiene autoridad para ello, ya se la había adjudicado.
–De acuerdo. ¿Podría usted asignarnos una mesa para seis en la terraza pese a que no tengamos reserva, por favor?
–Por supuesto, caballero. Llame usted al teléfono de reservas instantáneas y la tendrá de inmediato.
–¿Pero no me ha dicho que lo podía hacer usted mismo?
–Efectivamente. Yo cogeré el teléfono.
–Pero si ya estoy hablando con usted...
Mire, caballero: yo me limito a cumplir las normas. El procedimiento dice que las reservas se hacen sólo por teléfono. Y una reserva instantánea es una reserva ¿no es así?
–Pero si va a coger usted el teléfono… y ya estamos hablando...
–Verá usted: Si no sigue el procedimiento no voy a poder adjudicarle mesa.
–De acuerdo. Dígame el número.
–No lo sé. Tiene que pedirle una tarjeta a mi compañero de barra.

Buenas noches. ¿Me podría dar el número de reservas, por favor?
–Por supuesto, caballero. ¿Al final no se quedan a cenar?
–Sí, pero nos ha dicho su compañero que hay que hacer una reserva instantánea antes.
–¡Este Gómez es gilipollas! –musitó lo suficientemente alto para que Andrés lo oyera-. Discuple, caballero, pero mi compañero se ha equivocado. El teléfono de reservas instantáneas no funciona los jueves por la noche entre 21.45 y 23.00 horas. Deben hacer la reserva a través del jefe de servicio de comedor.
–(suspiro) ¿Y dónde está el jefe de servicio de comedor?
–Vaya a la terraza interior, a mano izquierda, y pregunte por él.

Buenas noches. ¿El jefe del servicio de comedor?
Buenas noches, caballero, aquí es.
Buenas noches. ¿Mesa para seis, por favor?
¿Han hecho reserva?
–No.
–Verá usted, esta es la Jefatura de comedor, pero el jefe de comedor no puede atenderle en este momento.
–¿Y no podría usted hacernos una reserva instantánea.
– No es mi función, deben esperar al jefe de comedor, que es el encargado de hacer reservas instantáneas.
–Pero si tiene usted el libro de reservas al lado.
–Sí, pero esa no es mi función.
–Pero lo tiene al lado.
–Pero no es mi función.
–¿Y no podría usted, aunque no sea su función…?
Mire, caballero: yo me limito a cumplir las normas. El procedimiento dice que las reservas instantáneas las debe hacer el jefe de comedor. Y usted quiere hacer una reserva instantánea, ¿no es así?
–(profundo suspiro) ¿Y cuándo regresará el jefe de comedor?
–Imagino que en breve, está en su pausa del café.
–¿Pausa del café? ¿A las diez y media de la noche? ¿En un restaurante?
–Caballero, le recuerdo que la esclavitud se abolió en este país hace varios siglos.
–(suspiro malhumorado) Disculpe, ¿entonces cree que no tardará mucho?
–Mire, precisamente aquí llega. Espere un minuto y le atenderá.

Buenas noches. ¿Mesa para seis, por favor?
¿Han hecho reserva?
–No, pero ya hace veinte minutos que nos han dicho que hay una mesa para seis en la terraza.
–Uffffff. Pero ya está ocupada, si llevan ustedes aquí veinte minutos tenían que haberlo dicho antes –contestó el jefe de comedor con gesto contrariado. De todos modos, vamos a ver si tenemos algo libre… ¡Sí! Han tenido ustedes suerte. Acompáñenme, por favor.
–Muchas gracias –dijo Andrés con alivio mientras encendía un cigarro.
–Ah, pero son ustedes fumadores. Entonces les tengo que dar otra mesa, porque esta es la terraza interior de no fumadores.
–Es igual, no fumamos.
–Pero ustedes son fumadores.
–Pero no vamos a fumar.
–Verá, tienen ustedes razón, y yo les daría la mesa encantado, pero el protocolo habla sólo de fumadores y no fumadores, no de fumadores que no fuman. De modo que, como ustedes son fumadores, tengo que colocarles en esa zona.
–¡Pero no pensamos fumar, así que es como si fuéramos no fumadores!, contestó Andrés tratando de contener la ira.
Mire, caballero: yo me limito a cumplir las normas. El procedimiento dice que los fumadores deben comer en el salón de fumadores, y no distingue entre fumadores que fuman y fumadores que no fuman. Y usted es fumador, ¿no es así?
–De acuerdo. Dénos una mesa donde sea pero ya, por favor.
–A ver si tenemos libre algo en el salón de fumadores de la terraza interior… ¡Sí, vuelven a tener suerte! Acompáñenme.
Ya acomodados donde les había indicado el jefe de comedor, un camarero colocó seis ceniceros, uno para cada comensal, sobre la mesa.
–A mí me lo puede retirar, que yo no fumo –dijo Silvia.
–Disculpe ¿no fuma la señora?
–No.
–Pues me temo que está usted en la zona de fumadores.
–Porque mis acompañantes son fumadores.
–Pero usted no.
–Pero vengo con ellos.
–Pero usted no fuma. Le voy a tener que pedir que abandone la sala y se dirija a uno de los comedores de no fumadores.
–¿Disculpe? Será una broma…
Mire, señora: yo me limito a cumplir las normas. El procedimiento dice que la sala de fumadores está destinada a los fumadores, y usted no es fumadora ¿no es así?.
–Esto ya es demasiado. Llame inmediatamente al encargado.
–Está usted en su derecho, pero yo no estoy autorizado a avisar al encargado. Debe dirigirse al camarero de caja, que le conducirá hasta el metre, quien le informará sobre cómo solicitar una reunión con el encargado.
–Es igual, déjelo –espetó Silvia al borde de la desesperación-. Era todo una broma. Sí que soy fumadora.
–¿Sí?
–Sí.
–Pues yo no veo que fume.
Silva cogió el tabaco de Inés, prendió un cigarro y aspiró una fuerte bocanada entre toses y esputos.
–De acuerdo, es usted fumadora, ¿por qué me ha dicho antes que no? Que hay más personas esperando. Y después dicen que la atención es lenta.
Andrés intervino un segundo antes de que Silvia estallara de ira.
–Bueno, es igual, ya está solucionado. Por cierto, vamos a pagar con tarjeta ¿Aceptan Mastercard?
–Por supuesto, caballero. Pero le advierto que desde ayer hay que presentar fotocopia del DNI.
–¿Fotocopia? ¿No le sirve el original?
–Fotocopia y original, por supuesto.
–Pero si ya le doy el original…
Mire, caballero: yo me limito a cumplir las normas. El procedimiento dice que para pagar con tarjeta hay que presentar fotocopia del DNI. Y usted quiere pagar con tarjeta, ¿no es así?
Andrés rebuscó en su cartera y descubrió que casualmente llevaba una fotocopia que le sobró de su visita a la Administración. Había hecho diez copias y sólo tuvo que presentar nueve.
–¡Pues sí que tengo! –contestó ufano.
–¿Está compulsada?
Andrés rompió a llorar.

Nanorrelato 13

¡Rayos y retruécanos!,
noveló en su cuaderno de bitácora.

El notario enamorado

Luis Ángel conoció a Marta en unas oposiciones a Notaría y pronto dio fe de que era la mujer de su vida. No es que Marta Signatario fuera la chica más divertida del mundo, pero le enamoró su forma de levantar acta, el inimitable estilo con el que confirmaba a la gente que cada cual era realmente él mismo, su elegancia en el firmar escrituras y su pasmosa habilidad para revisar contratos de compraventa. Luis Ángel Escribano, un tipo mucho más atrevido, se había especializado en acudir como notario a los concursos ante ídem e incluso se atrevía a llevar una corbata amarilla a la ofinica, hasta el punto de que en el Colegio de Notarios le conocían como ‘el rebelde’. Un día, completamente borracho, Luis Ángel se declaró a Marta:
-Reunidos en la sala de ocio quien dice ser y llamarse Luis Ángel Signatario y quien dice ser y llamarse Marta Escribano, en presencia de sus representantes legales, el primero interroga a la segunda sobre la posibilidad de mantener relaciones, dijo Luis Ángel
-Ante la pregunta formulada por el señor Escribano (acotó Marta), la señora Signatario, en representación de la señora Signatario, contesta que le profesa afecto en el terreno exclusivo de la amistad.
-Tras no llegarse a un primer acuerdo, el señor Escribano insta a la parte contraria a continuar con la ingesta de combinados alcohólicos por un periodo no inferior a noventa minutos y no superior a los 150; combinados que serán sufragados a cargo del demandante.
Marta aceptó la invitación y dos horas después ya miraba con otros ojos a Luis Ángel, que de nuevo propuso.
-En la ciudad de Madrid, y a cuatro y tres minutos de la mañana (hora española), Luis Ángel Escribano se dirige a Marta Signatario en demanda de un ósculo.
-Ante la proposición del señor Escribano, la señora Signatario hace constar en acta que, pese a acceder al ósculo, confluyen circunstancias, caso de la nocturnidad y el elevado índice de alcoholemia, que imposibilitan a todos los efectos la posibilidad de interpretar el gesto como indicio de un futuro intercambio de fluidos corporales, y mucho menos, de técnicas como la felación o el denominado ‘azote por dentro’.
Le habían roto el corazón, que presentaba herida incisocontusa en el ventrículo izquierdo. En ese momento Luis Ángel hizo constar en acta que Marta no era, como había dado fe, la mujer de su vida, lo que hizo derrumbarse su autoconfianza como notario. Ahora trabaja como columnista en La Razón.

La historia de Pink Floyd

Floyd era un tipo normal hasta que se empezó a aficionar a ciertas sustancias que le provocaron un curioso efecto secundario. Pese a no haber corrido nunca el Giro y haber ganado el Tour, su piel se volvió rosa (el hecho de que no se volviera amarilla sirvió para descartar la malaria y la hepatitis). Harto de que el pelotón se cachondeara de él (y no, como se cree, por el positivo tras el Tour), decidió dejar el ciclismo y dedicarse a la música. Próximamente debutará con el nombre de Pink Floyd.

La historia de Alfredo Landis

Alfredo Landis era un tipo moreno y bajito que se dedicaba a decir: “Hello, you’re a beautiful girl” a las turistas de la playa de Alicante. Parecía quce estaba llamado a jubilarse como secundario en películas de José Luis Garci o algo parecido, pero a principios de los noventa comenzó a adentrarse en el tenebroso mundo de las drogas. Las turistas suecas achacaban este cambio a las malas compañías, sobre todo a su amigo Eufemiano. Su señor bajito ya no las piropeaba, sino que se pasaba el día probando todo tipo de drogas que le producían una hiperactividad sólo controlable mediante largos paseos en bicicleta. Así fue como empezó a entrenarse para, una década después, ganar el Tour de Francia.