La verdadera y desconocida historia del hombre de hojalata

Oz parecía una carnicería, un amasijo de cadáveres amputados y bañados en sangre. El Mago había cometido un error, un enorme error. Nunca debió tratar de engañar al Hombre de Hojalata, y mucho menos dejarle salir de Palacio con vida. Una sencilla operación, unas palabras mágicas, un último esfuerzo presupuestario, hubieran bastado para evitar la masacre o al menos para ganar tiempo, pero ya era tarde: el Mago estaba lejos y Oz parecía una carnicería.
La tragedia llevaba días fraguándose. El Hombre de Hojalata había llegado a Oz capital junto a Dorothy, el León Cobarde y el Espantapájaros para plantear al Mago sus reivindicaciones tras una larga marcha a lo largo del Camino de Baldosas Amarillas en la mayor acción sindical que se recordaba en las últimas décadas gracias al apoyo del Sindicato de Fabricantes de Latón y de la Unión de Conserveros.
La lista de exigencias era sencilla: un corazón para cada hombre de hojalata y, obligado por las circunstancias, un deseo para cada uno de los tres oportunistas que, al abrigo de la colosal trascendencia mediática que había adquirido la protesta, se le habían unido por el camino para aprovecharse de las circunstancias. El León Cobarde vio una oportunidad perfecta de conseguir algo de valor; el Espantapájaros, un cerebro con el que recuperarse de su reciente lobotomía; y Dorothy… lo de Dorothy nadie lo comprendió: quería regresar a su Arkansas natal. No a París, ni a Nueva York ni a Barcelona, sino a un lugar tan anodino como Arkansas, pero era su deseo y tenía derecho a pedir lo que quisiera, especialmente después de que la muy arpía se hubiera hecho con los zapatos de la Bruja del Este con una sucia maniobra que había terminado con la hechicera empotrada en el suelo, a modo de calcomanía de tamaño natural bajo una enorme casa de agricultores.
El caso es que después de una agotadora serie de incansables jornadas de marcha el Hombre de Hojalata y sus acólitos llegaron a la corte mágica al borde de la extenuación pero esperanzados en que el Comité Central del Partido Único de Oz atendiera sus peticiones. Más aún, esperaban mantener una reunión de primer nivel con el mismísimo Mago, necesitado de una inyección de popularidad como la que le podía dar la definitiva resolución del endémico conflicto de los hombres de hojalata tras la crisis desencadenada por la desamortización de los latifundios de la Tierra del Oeste.
Aquella maniobra, destinada a incrementar la productividad de los yermos y infraexplotados campos del Oeste, no había dejado satisfecho a nadie: los terratenientes se habían rebelado contra la abolición de sus privilegios y los jornaleros veían con decepción una a sus ojos tímida reforma que no había puesto la propiedad de la tierra en sus manos.
El Mago se veía así necesitado de un golpe de mano que le reconciliara con los medios de comunicación y con su pueblo, y la larga travesía del Hombre de Hojalata, cuya causa había emocionado hasta el pleonasmo a los ozianos, le ponía la oportunidad en bandeja. Con la aquiescencia del Comité Central, en el que sólo se opusieron dos díscolos rápidamente acusados de revisionistas por el mandamás de Oz en una hábil maniobra que terminó con la pareja de disidentes deportados a la fría Tierra del Norte.
La reunión tuvo lugar, como no podía ser de otra manera, en la sala de recepciones. El Sindicato de Hojalateros acampaba en los Jardines de Palacio y el Mago resplandecía de divinidad, seguro de dominar la situación, de tener a su alcance la maniobra definitiva que le consolidara definitivamente en el poder, legitimado por aclamación ante un populacho que, si bien en los últimos meses se había mostrado algo dubitativo frente a su gestión, se había revelado como fácilmente manipulable.
Así llegó el Hombre de Hojalata al que confiaba en que iba a ser su gran día. Oz les esperaba acodado sobre la mesa de la Sala de Recepciones y tras los protocolarios saludos le inquirió por sus reivindicaciones. El portavoz hojalateño planteó con solemnidad sus exigencias: valor para el León, un cerebro para el Espantapájaros, el absurdo e inexplicable deseo de Dorothy de regresar a Arkansas y, por encima de todo, un corazón para sí mismo y otro para cada uno de los hombres de hojalata del País de Oz.
Naturalmente, el Mago no estaba dispuesto a ceder a ninguno de los puntos del pliego de exigencias, pero había estudiado hasta el hartazgo el modo de manipular la situación a su favor gracias a sus grandes dotes retóricas, las mismas que le habían encumbrado en el poder y con las que había conseguido convencer a todo el pueblo de que era un gran hechicero, casi un mesías, pese a que en realidad ni siquiera fuera capaz de transfigurar el agua en vino o caminar sobre las aguas. La peligrosa y omnipresente Ozitate, la policía secreta de Oz, había seguido en la sombra todo el movimiento del gremio de los hombres de hojalata. Un agente de incógnito se había infiltrado ya en la primera reunión clandestina en la que se comenzaron a fraguar las protestas y había seguido cada uno de los pasos de la marcha a la capital a través del Camino de Baldosas Amarillas, de modo que el hombre fuerte del país había estado pormenorizadamente informado de todas las novedades a lo largo del viaje.
Aprobar una ley por la que el Estado se obligara a procurar un corazón a cada hombre de hojalata era un gasto insostenible para las extenuadas arcas de Oz, completamente agotadas tras el pago de indemnizaciones con las que sufragar la controvertida desamortización de la Tierra del Oeste. La retórica entraba ahora en juego y el Mago estaba dispuesto a poner en práctica sus dotes de encantador de serpientes con un discurso tan elaborado como vacío que debía tornar la situación a su favor:
“Tú, León, ya has demostrado valor al defender a tus compañeros durante un peligroso viaje. Tú, Espantapájaros, has probado tu inteligencia para resolver las complicadas situaciones que os han surgido. Tú, Hombre de Hojalata, has conseguido hacer muchos y nuevos amigos, algo sólo al alcance de alguien con un enorme corazón. En cuanto a ti, Dorothy. ¿En serio que deseas volver a Arkansas? ¿Pero por qué?”.
La táctica del Mago tuvo éxito y consiguió embaucar a sus interlocutores, en especial al estúpido Espantapájaros, de modo que todos ellos abandonaron la sala ufanos de su éxito pese a no haber conseguido realmente nada. Todos menos Dorothy, a la que el mago pidió que se quedara a contarle sus impresiones sobre la recién explorada Tierra de Oz mientras él exploraba otras partes de la anatomía de la muchacha.
Aunque el engaño se caía por su propio peso, todos tardaron en descubrirlo y aún más en reaccionar. El León Cobarde no se atrevía a encararse con el Mago, el Espantapájaros seguía siendo demasiado idiota para caer en la cuenta de la treta y Dorothy prestaba ya más atención a las nuevas sensaciones que estaba experimentando con el mago que a su perorata de Arkansas. Sólo el Hombre de Hojalata supo pasar a la acción, y regresó encolerizado a Palacio. Él no quería una metáfora barata sobre las dimensiones del amor y de la capacidad afectiva, sino un auténtico corazón: el órgano, el músculo, la víscera sanguinolenta. Un corazón, en fin, con existencia física y no sólo metafísica que pudiera colocar en su pecho. Y así se lo iba a hacer saber al Mago.
Así se fraguó la Revuelta de los Hombres de Hojalata, que tomaron el Palacio y las sedes del partido, correos y la policía ante la mirada aterrorizada de un ejército incapaz de contener a los revolucionarios con unas balas que tan pronto entraban en sus cuerpos de latón como salían, haciendo inútil el “Disparen al corazón” que el jefe del Estado Mayor había dictado como consigna.
A las pocas horas el Hombre de Hojalata controlaba casi todo el país, pero durante el golpe relámpago, el Mago se las había arreglado para transferir nuevos fondos a sus cuentas suizas y arramplar con gran cantidad del patrimonio histórico exhibido en Palacio para trasladarlo como valija diplomática al País de las Nubes, donde el Cirro Mayor, también conocido como “el sucio cirrótico”, le había ofrecido asilo. En su viaje en globo tuvo incluso tiempo de arrojar sobre la maldita Arkansas a Dorothy, que en sólo unas horas ya empezaba a hablar de formar una familia y trataba de organizar el Gobierno de Oz en el exilio. Con la niña repelente fuera del pasaje el globo aerostático perdió lastre y permitió llegar al depuesto líder oziano a tiempo para ver los periódicos nubeños de la mañana, que informaban sobre el Golpe de los Hojalatiegos.
Por fin, el Mago cayó en la cuenta de que debía haber accedido a las exigencias del Hombre de Hojalata, que pocas horas después había aprovechado el vacío de poder para hacerse con el control absoluto del aparato del Estado y acceder a la presidencia del Comité Central del Partido Único. Su primera decisión había sido tan traumática como previsible: todos los hombres de hojalata tenían derecho a un corazón y, ya sin hechicero capaz de concedérselo mediante un hechizo y sin fondos para acudir al tráfico ilegal de órganos, quedaban autorizados a tomarlo por las buenas allí donde lo encontraran.
Pronto se comprobó que el lugar en el que más sencillo era encontrar un corazón vivo era el pecho de los ozianos. En concreto, se solían localizar en proporción de uno a uno; es decir, un oziano, un corazón. Y así comenzó la masacre de Oz. Los hombres de hojalata comenzaron a hundir sus metálicos puños en el corazón de sus paisanos hasta encontrar una víscera que se ajustara a sus necesidades, y las calles, los bosques, los montes e incluso el mismísimo Camino de Baldosas Amarillas amanecieron rebozados de cadáveres sanguinolentos y amputados y de robots que trataban de hacer un lugar para su nueva víscera entre el módulo de memoria virtual y el sensor de movimientos.
Del Espantapájaros y el León Cobarde nunca se volvió a tener noticia. Su rastro desaparece en la historia como si en aquel mismo momento se hubieran difuminado hasta dejar de existir, mientras los corazones su pudrían en el pecho de unos hombres de hojalata que comprobaron demasiado tarde que sin sistema circulatorio era francamente difícil mantener el órgano vivo y virtualmente imposible conseguir que latiera.
En aquel mismo momento comenzó en Oz el gobierno del terror del Hombre de Hojalata, coronado poco después como Hombre de Hojalata I, aunque pasó a la historia con el sobrenombre de ‘Corazón de León’. Ya era el hombre fuerte del país, y poco importaba que Oz pareciera una carnicería.

3 tienen más que decir:

Schwejk dijo...

Oh, la época del terror de latón. Terrible periodo en Oz. ¿Acaso fue eso mejor que los 40 años de paz que nos permitió el Mago? Sería una dictadura, pero fue una situación de extraordinaria placidez.

Lapaula dijo...

qué sería de nuestro destino sin sus clases de historia, sr animal.

carlos dijo...

Es una terrible mezcla de metropolis, yo, robot y la matanza de texas, interesante...y descorazonador :=))))