Nanorrelato 34

El alpinista trepó sobre mis riñones

Frases célebres de la historia. Capítulo 32

"A mí me gusta el pipiribipipí...". José María Aznar
"¿Cómo que brandy Napoleón? A la SGAE que váis". Napoleón Bonaparte
"¡Amos, no me jodas!". Federico Engels, negandose a pagar otra ronda a Carlos Marx
"¡Revisionista!". Carlos Marx a Federico Engels
"Rojos, que sois todos unos rojos". Henry Kissinger
"Ya te digo". Joseph McCarthy
"Mira, nos despiden con salvas". Nicolás II
"Y al final se mueren todos". William Shakespeare
"Te jeringas". Jesucristo a Herodes
"...de la bota empiná, parabapapá". George W. Bush
"Cómete la sopa, cómete la sopa... Cómeme la polla". Nacho Vidal, leyendo a Mafalda
"¡Revisionista!". Leónidas Breznev al bueno de Nikita Kruchev
"¡Que te pareces a Kojak!". Leónidas Breznev, haciendo sangre
"¡Rojos, que sóis todos unos rojos!". Nicolás II
"Tienes mala cara". Un Curie a otro
"Un poco de bromuro, por favor". El homo erectus
"Señor con faldas que sostiene lo que parece un bastón, trianglo isósceles, carro con un tipo encima y luna en cuarto menguante al lado de un redondel pequeñito". Ramsés II, dictando
"Envido más". Los borrachos en el cementerio
"El vino que tiene Asunción...". José María Aznar
"Soy mano". Cervantes, jugando al mus con los turcos
"Pom, pompompom, pooooom, pom, porrompom" Toro Sentado, dictando
"Porrompompón". Manolo Escobar, cantando
"Potopón". Luis Carrero Banco, explotando
"Cómete la sopa, cómete la sopa... Cómeme el coño". Mafalda, apócrifa
"Hace un frío de cojones". Roald Amudsen
"¡Revisionista!". José Stalin a León Trostky
"¡Hijodecienmilputas!". León Trostky a José Stalin
"Siento dejar este mundo sin probar pipas Facundo". Manolete
"...no es blanco ni es tinto ni tiene color". George W. Bush
"!Que no soy facha, que soy neolib¡hips!". José María Aznar
"Eso está por ver". Sansón
"¿Vosotros es que no tenéis casa o qué?". Los belgas a los alemanes
"Ya me estabas tocando los huevos". Islero a Manolete

Reflexiones sobre los japoneses

1. Los japoneses son un pueblo eficiente.
Como se ha demostrado en infinidad de ocasiones, soin capaces de producir industrialmente cualquier ingenia con menor coste, mayor rapidez y sin pérdida de calidad. Otra prueba de la eficiencia de los japoneses es, según el doctor Gilberto Cardoso, su concepto de huelga a la japonesa, consistente en trabajar el doble para provocar una crisis de sobreproducción en lugar de pararla. Sin embargo, para el resto de los analistas, con Scott O'Brian a la cabeza, este comportamiento denota que los japoneses son gilipollas.
2.
Si los japoneses tratan de ocupar otras islas es porque en la suya no caben.
¿Nadie se ha dado cuenta de que son 130 millones de persones conviviendo allí? El prestigioso Klaus Von Haggen afirma que el índice de apiñamiento es tal que cada vez que un japonés nace otro cae al mar.
3.
Japón es la Alemania de Asia.
4. Los japoneses, según salen de su país, pierden el sentido del ridículo. Si alguien les sorprendiera en su isla haciendo lo mismo que hacen cuando viajan como turistas, se harían el hariakiri. Todos excepto la generación que participó en 'El castillo de Takeshi', que nunca conoció el sentido del ridículo.

El piñón de la discordia

Se llevaban a partir un piñón. Y el piñón les partiría a ellos.
Se conocían desde niños.
Biyip Satiharduk, nacido en Tirana en 1904, era hijo de un abogado de patentes integrante de la administración otomana que huyó de Albania durante la depuración de cargos públicos por parte del nuevo gobierno nacionalista de 1912. Llegaron a Katmandú (Nepal) donde un ex diplomático turco amigo de la familia les ofrecía un puesto de trabajo acorde con la valía de tan ilustre abogado.
Y del mismo modo que la independencia albanesa les supuso a los Satiharduk hacer las maletas, Tsiu-chu tuvo que liarse la manta a la cabeza y cruzar medio Himalaya, de Lhasa (Tíbet) a Katmandú, a donde llegó, solo, un 14 de marzo de 1913, el día de su décimo cumpleaños.
Su nombre venía a significar “de estirpe servicial” según el Tocho cheli recientemente reeditado por la Sociedad General de Autores y Editores de Nepal. Lo cierto es que su madre hacía ciertos servicios en un destacamento del invasor ejército chino, lo cual no era un buen expediente ante las autoridades civiles y religiosas del Tíbet independiente. Tsiu-chu llegó a Katmandú siguiendo a un perro del que no se comió nada hasta las puertas de la ciudad que cambiaría su destino.
Antes de que llegaran los hippies, Katmandú era una ciudad normal y corriente. En medio de las montañas pero normal y corriente: con sus mercados, con su élite de diplomáticos internacionales, con sus ladrones… Delante del puesto de piñones Tsiu-chu convenció con firmeza a Biyip de que le diera toda su pasta. Pero el problema idiomático permitió que no se entendieran y comenzase aquella hermosa amistad.
El piñón era un producto poco común en Katmandú por las dificultades del transporte de mercancías desde Lhasa, donde se producía en grandes cantidades. A los dos niños les gustaba por igual el sabor de aquel fruto. Compartieron piñones aquella tarde y varias más en las que fueron superando las barreras de comunicación como Dios les dio a entender. Los piñones eran su único tema de conversación.
Tsiu-chu había aprendido al otro lado de la frontera todo lo que hay que saber sobre las especies de pinos y la variedad de piñones y sus posibilidades. Biyip tenía la visión comercial necesaria: había visto desde crío que la gente sólo patentaba objetos, aparatos, maquinaria; si patentasen sus ideas tendrían posibilidad de ganar mucho más.
Comenzó la producción y la elaboración: champú de piñones, mermeladas de piñones, aceites de piñones, piñones molidos, piñón con sabor a melón, piñones congelados (si algo sobraba en el Himalaya era hielo), piñón bebible, vino de piñón, piñones fritos en aceite 100% de piñón, e incluso se atrevieron a entrar en el mundo de la joyería con el piñón de oro.
A través de los contactos de su padre, al joven Biyip no le costó demasiado colocar sus productos en los círculos más selectos de una Europa que, tras el fin de la Primera Guerra Mundial, pedía la artificiosa alegría que les llevase a los felices años 20.
Las patentes, negocio en el que Biyip iba por libre, caían como moscas. El mercado que se estaban inventando para el piñón estaba cerrado para competidores. Todo salía a la perfección.
Biyip y Tsiu-Chu se convirtieron en los mayores empresarios de Nepal. Se codeaban con la élite mundial y bebían piñón en almíbar en cristal de Bohemia. Conquistas, aventuras, éxito internacional, implantación entre la nueva gastronomía con recetas como la tortilla de bacalao y piñones… De Montecarlo a Moscú, de Nueva York a Venecia el mundo estaba a sus pies. Biyip se aficionó a las intrigas diplomáticas, como en el fondo su padre siempre había deseado. Tsiu-Chu al incipiente deporte del ciclismo.
En 1930 conoció a Tullio Campagnolo y se embarcó en su proyecto de construir las mejores bicicletas de competición del mundo. La prodigiosa mente mecánica que atesoraba el italiano en su cabeza, unida al conocimiento empresarial que había acumulado Tsiu-Chu permitió el espectacular crecimiento de la marca. El chino seguía triunfando y su imperio crecía más allá de los piñones. Pero toda gloria es efímera.
Ocho meses de trabajo le había llevado a Tullio Campagnolo desarrollar la joya mecánica que había de revolucionar el mundo ciclista. Una pieza capaz de multiplicar la fuerza ejercida en cantidades nunca antes vistas. Su mayor orgullo. Cuando se la presentó a su socio se le caían las lágrimas. El 14 de junio de 1934 Tsiu-Chu, siguiendo el ejemplo de lo que había visto a hacer a Biyip cada vez que lanzaban un producto, presentaba en el registro el piñón de oro.
La coincidencia de nombres provocó los problemas. Biyip no quiso ceder la marca a su amigo de la niñez y Tsiu-Chu trató de ganarla en los tribunales. Se enzarzaron en una loca batalla legal que vaciaba los bolsillos de ambos mientras que los piñones se los llenaban de nuevo a los dos. Y en estas les pilló la Segunda Guerra Mundial, el mercado del piñón se vino abajo y se acabó el lujo y el éxito.
Ni siquiera en su derrotado regreso a Katmandú fueron capaces de solucionar sus diferencias. Aquella discusión habrían de resolverla como se hace en las montañas del Himalaya: dos piñones encima de la mesa y dos cabezas para partirlos. El que lo lograse antes ganaba. Tsiu-Chu se lo clavó en el primer intento y murió en el acto. Biyip se negó a continuar la partida. Los padrinos acordaron, según la costumbre, obligarle a la ingesta de piñones hasta la muerte. Y así lo hicieron.
Mientras tanto, en Italia, tras el accidente de gasolinera de Mussolini, los tribunales dieron la razón a Campagnolo-Chu Inc., ya para entonces refundada como Campagnolo. El piñón de oro llegó al mercado y supuso la revolución definitiva del ciclismo como su creador había predicho.

Frases célebres de la historia. Capítulo 31

"¡Mira qué tetas!". San Pablo, imprudente a las bridas.
"Mamá, tú quédate en casa que ya me encargo yo". Carlos V a Juana I.
"
¡Azafata!". Luis Carrero Blanco.
"Fede, ¡qué escuche este tabernero el tintineo de tus monedas!". Carlos Marx a Federico Engels.
"Si es que los caballos no son de fiar". Kasparov, borracho y devoto de San Pablo.
"Creo que me he cagao". Isaac.
"¿Conoces el antídoto para la mordedura de pitón?". Islero a Manolete.
“A mí lo que no me gustan son las torres”. Juana I enseñándole a su hijo a jugar al ajedrez.
"¿Cómo decís que se llama ese país al este?". Carlos V tras la batalla de Mühlberg.
"Me encantan los Manolo Blahnik". Nikita Kruchev , adelantándose a su tiempo.
"¡Puto caballo!". Los troyanos.
"No empecemos". Los polacos a Carlos V.
"Hay una tía en tetas en el séptimo piso". Luis Carrero Blanco, mirón y devoto de San Pablo.
"A romano muerto romano puesto". Cleopatra, pragmática.
"Ven acá, pichón". Charles Darwin en los Galápagos.
"Comprad un Photoshop". Yosef Stalin.
"¡Puta torre!". Rodolfo Hess.
"Córtate el pelo y búscate un trabajo, hippy". Dalila a Sansón.
"Lo siguiente, ala delta". Luis Carrero Blanco, optimista.
"¿Con la mano en la bragueta no quedaría más viril?". Napoleón a Jacques Louis David.
"Pues a mí me encanta el caballo". Janis Joplin.
"Ven acá, pichón". Lee Harvey Oswald.

Nanorrelato 33

No se admiten degluciones

Las gracias, pa los curas

Quizá tuviera sus defectos, pero lo que nadie puede poner en duda es que el padre Damián era un tipo agradecido: siempre daba las gracias a su madre cuando le ponía natillas de postre y bastaba con invitarle a un triste vino de granel para que se sintiera en eterna deuda con uno. Esa naturaleza piadosa, junto a su gusto por el vino y la epidemia de catolicismo que invadía la España de entreguerras –en realidad cualquier España– le empujaron a los veinte años a trasladarse a Santander desde su Cuenca natal para enrolarse en la orden de las Clarisas.
Un día después, tras comprobar con gran satisfacción por su parte -mayor todavía entre las monjas- y enorme disgusto del vicario que la de las Clarisas es una orden femenina, se alistó en un pequeño seminario dirigido por Capuchinos, donde pronto destacó por sus revolucionarias teorías sobre la naturaleza humana. Para empezar, sostenía que todos los hombres, incluso los comunistas, tenían alma, y que si a una persona se le tarareaba cuatro veces al día una canción en latín durante un periodo no inferior a dos años y no superior a tres, al final cabía la posibilidad de que la terminara aprendiendo.
Las avanzadas consideraciones de Luciani no convencían a los Capuchinos, que en verano de 1937 decidieron traspasarle a los Jesuitas para que se lo llevaran de misiones a la Guinea Española, donde trabó buena amistad con Hakim El Nasri, un joven seminarista que para más señas era negro como el carbón, lo que provocaba enormes recelos entre la jerarquía eclesiástica, incapaz de distinguir si llevaba puestas soltana y alzacuellos o simplemente caminaba con el torso desnudo y se había pintado de blanco la nuez.
El caso es que El Nasri se convirtió en capellán castrense en la Legión Extranjera, y bgracias a su intermediación el Alto Mando católico decidió olvidar los pecadillos de juventud del padre Damián, que por fin pudo hacer honor a su nombre cuando el 18 de julio, ya repatriado a Galicia, se ordenó por fin sacerdote junto a otros 3.000 seminaristas en una colosal ceremonia que amenizaron 200 gaiteiros interpretando a tres voces el 'Cara al Sol'.
Su gran habilidad oral -más de la mitad de las clarisas destinadas en Santander podían dar fe de ello- le convirtió en portavoz de los nuevos pastores. Y una vez más el padre Damián demostró ser un tipo agradecido. Demasiado, quizá.
La parroquia se entusiasmó con los sentidos agradecimientos a San Juan, San Pablo, San Marcos, San Pedro y San Mateo, a quienes dedicó la ordenación de todos sus compañeros, y a Santa Rita, a la que agradeció por la suya. Pero de tanto mentar santos el nuevo ministro entró en bucle. Las menciones de San Mamés y San Sebastián fueron muy bien acogidas, en especial por los hermanos llegados desde las provincias vascongadas, la de San Judas Tadelo fue considerada unanimamente como muy original y la de San Fermín, celebrada con un sonoro "¡Viva!".
Acto seguida, la dedicatoria al Ministerio de Sanidad fue entendida como un guiño al régimen, pero cuando confesó su deuda eterna con Sansonite, las sandías los santiaguiños y Santander nadie, excepto las clarisas, entendió nada. El asunto se tornó tenso cuando se encomendó a Sandino y completamente extraño con el agradecimientpo a Sam Peckimpah, que en aquella époica no debía contar con más de diez años. Justo antes de concluir su discurso con uan encendida loa de Sarandonga, el obispo emérito de Santiago, que presidía el acto, lo excolmungó. Acto seguido, el padre Damián se fue a comer un arroz con bacalao y desde entonces no se le ha vuelto a ver.
Las clarisas aún recuerdan con cariño al padre Damián, que aunque sólo vivió dos horas como sacerdote bien se ganó lo de padre.

La verdadera y desconocida historia de Lech Walesa

Yo no me trago ese sapo”. La frase sonó rotunda bajo el anfiteatro de la entrada de caballerizas. La pronunció el joven tragasables del circo, apenas seis meses en la caravana aunque llevaba más de cuatro años juntándoseles cada vez que pasaban cerca de Popow, su pueblo natal. Tenía veintisiete años y unas tragadareras de aúpa.
El circo Yalta fue pactado en la conferencia del mismo nombre en la ciudad de ídem entre Churchill, Roosvelt y Stalin como medida para levantar el ánimo en toda Europa central después de los sufrimientos de una larga guerra. En términos diplomáticos era un gesto de unión por parte de británicos, soviéticos y estadounidenses.
Pero ya desde Potsdam se torció ese inviable proyecto de fraternidad y fueron los soviéticos los que manejaron a su antojo los acuerdos previos. El circo Yalta fue, mientras pudo, un vehículo de propaganda soviética desde París hasta Helsinki, pero las reticencias del bloque occidental fueron provocando su progresiva decadencia.
Desde 1951 el circo Yalta ya sólo se movía por el bloque soviético. Aquel proyecto maravilloso de llevar la alegría al pueblo se convertió en un ejercicio imposible para una compañía llena de tristeza de gira por caminos imposibles, sin gloria ni recompensa. Un subproducto deteriorado que sin embargo pervivía porque lo seguía pagando Estados Unidos y lo seguía usando el bloque socialista, aunque ya desde mediados de los sesenta las giras no salían de Polonia y Alemania.
En una de esas giras por estepas nevadas es cuando, el 3 de diciembre de 1970 un joven tragasables, por nombre Lech Walesa, con apenas seis meses en el circo, afirma rotundamente que él no se traga ese sapo. En el mundo circense es conocido como el Tragasables.
El sapo al que se refiere el Tragasables es ni más ni menos que actuar en Varsovia ante los mandatarios de la República Federal Alemana y Polonia que se van a reunir cinco días después en la capital polaca. El objetivo de los diplomáticos es recuperar un pacto antiguo y olvidado por todos para suavizar el tenso ambiente que seguro que va a haber entre las legaciones. Nada mejor que el circo Yalta para este fin. Pero eso supone cambiar el programa. Y eso es lo que no acepta el Tragasables.
Él lleva seis meses en el circo después de unírse muy precipitadamente en Gdansk. No le han echado porque a nadie le importa un carajo este circo, no porque haya sido dócil. Desde el primer día ha estado discutiendo toda aquella rutina de propaganda socialista que se ha instalado durante décadas en el programa. Y ese sapo no se lo va a tragar.
“Si cambiamos el programa que sea por nuestra voluntad, compañeros, no por los tejemanejes de unas legaciones diplomáticas que nos utilizan a su antojo para repartirse el mundo”. El Tragasables, además de gaznate, tiene labia. Pero lo situación es complicada: en Varsovia hay mucho en juego y la negativa de un triste tragasables puede repercutir en el futuro político de media Europa.
El ambiente es muy tenso. Se dan situaciones de dolorosa discusión. El miedo, la temeridad, la culpa, la libertad, la familia, la vergüenza, el pundonor… Todo lo que es habitual en estos casos sale a relucir en la asamblea bajo el anfiteatro junto a la entrada de caballerizas. Se puedo ver, por ejemplo, a los dos payasos, compañeros durante veinticinco años, discutiendo por sus miserias personales y, lo que es aún más extraño, por cuestiones políticas. Una nariz de payaso rota después se les ve a los dos abrazados y llorando como sendas magdalenas.
“A esto nos llevan nuestros dirigentes, compañeros. A que dos hermanos, como nuestros queridos Nitlazov y Nitlazav, lleguen a las manos”. Dice la trapecista, nerviosa pero queriendo parecer segura. Tiene diecinueve años, es hija de los billeteros y lleva toda la vida en el circo. Desde hace tres meses folla con el tragasables. Tras sus palabras se forma un nuevo revuelo.
Entre las voces del mago y los rugidos del león se alza el tono grave y el verbo tartamudo de la única autoridad ante la que se hace el silencio: “Somos gente de circo”. Quien habla es el Catedrático, padre del Maestro de ceremonias. El ejerció ese puesto durante veintidós años en el Yalta y lo había hecho durante otros dieciséis en una compañía de Halle antes de la guerra.
“Bajo la carpa hay normas: debemos procurar la felicidad, somos todos uno, y la mujer barbuda es intocable; por citar sólo tres. Pero hoy tengo que mencionar también la solidaridad”. Y no dice nada más.
El Tragasables, ante tamaña demostración de sapiencia, se queda impresionado. Y sólo acierta a repetir: “¿Solidaridad?”. El circo guarda un respetuoso silencio, pero el mensaje cuaja y desde el primer acomodador hasta el último mono se niegan a participar en aquel fantoche. Los diplomáticos que pactan la frontera en la línea del Oder-Niesse tienen que conformarse con la actuación de cualquier virtuosa orquesta sinfónica.
El circo fue finalmente clausurado y Walesa tuvo de nuevo que salir a la carrera. Pero sin pagar a un creativo ni nada había dado ya con la piedra angular de su discurso, con el lema que le habría de hacer líder de la oposición polaca a la dominación soviética: “Mujer barbuda”.
Unos años después rectificó y lo cambió por “solidaridad”.

Nanorrelato 32

De repente fue muy tarde.

La crisis del aizkolari silvestre

El gabinete de crisis del Gobierno vasco se reunió a primera hora. A unos cien kilómetros, un ejército de virutas y astillas eran testigos mudos de la tragedia. Igor Errandonea, alias el 'aizkolari silvestre', había actuado de nuevo. Errandonea era un aizkolari de Bermeo que con los años se había asilvestrado -de ahí lo de aizkolari silvestre- y en 1987 se echó al monte con una noble misión: robar la madera a los lehendakaris para dársela a los pobres. Así fue como decidió talar el árbol de Gernika, inmediatamente sustituido por otro que también taló en un ejercicio que en los últimos años había convertido en una auténtica costumbre. Según talaba el roble de la Casa de Juntas, el Gobierno vasco plantaba uno nuevo y Errandonea lo volvía a cortar en un bucle infinito. A la mañana siguiente, repartía la madera entre los toneleros, talladores de palillos y fabricantes de lapiceros más desfavorecidos de Vizcaya.
La construcción en Vitoria de un criadero de robles para sustituir los que el Errandonea fuera echando abajo tampoco había tenido los efectos deseados. Tras talar su primer árbol, el aizkolari silvestre había esperado tres años para dejar crecer al sustituto antes de reducirlo a astillas, pero desde el criadero llegaban ya robles completamente formados, de modo que árbol que se plantaba por la mañana, el Errandonea lo cortaba por la noche. En una ocasión llegó incluso a talarlo antes de que lo plantaran, subido en el camión que lo trasladaba de Vitoria a Gernika.
El gabinete de crisis meditaba posibles soluciones a un problema que amenazaba con deforestar todo Euskadi. Los consejeros proponían alternativas de lo más variopintas: desde plantar un roble de hierro hasta prohibir la venta de hachas en todo el País Vasco o que cada noche un diputado se llevara el árbol a su casa y lo volviera a plantar a la mañana siguiente. Ninguna convencía al lehendakari, en el que empezaba a cundir ya el desánimo cuando el consejero de Justicia tuvo una idea brillante: cerrar las puertas de la Casa de Juntas por la noche, si fuera necesario con llave, para que el aizkolari no pudiera entrar. "¡Magnífico!", gritó el consejero de Interior, que sugirió como medida complementaria colocar vigilancia nocturna en la zona.
La audaz estrategia funcionó a la perfección, y desde entonces los fabricantes vizcaínos de palillos malviven de la caridad mientras recuerdan con añoranza a Errandonea, que terminó sus días como guarda forestal en el monte Urkiola.

Frases célebres de la historia. Capítulo 30

"¡Américoooo! ¡Américooooooo!". Cristóbal Colón, delirando, con un remo en una mano y un bote de mantequilla en la otra.
"¿Nos lo jugamos a los chinos?". Stalin en Postdam.
"¿Os ponemos una autopista?". Los belgas, a los alemanes, en una de esas.
"Anda Fede. No seas rata. La penúltima, ¿no?". Carlos Marx a Federico Engels.
"Me pitan los oídos". Américo Vespucio.
"¿Ese? Un grandísimo hijo de puta". Los españoles, habitualmente.
"¿Nos lo jugamos a los chinos?". Bulganin a Krutschev
"¿Esos? Unos cerdos". Fernando VII en Bayona.
"¿Qué decía señora?". Francisco de Goya a María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba, haciéndose el orejas.
"Creo que me he cagao". Aníbal. Apócrifo.
"¿Esto lo cubre el seguro?". Luis Carrero Blanco.
"Rojos, que sois todos unos rojos". Fernando VII a las Cortes de Cádiz.
"El vino que tiene Asunción... ¡Canta Fede, canta!". Carlos Marx a Federico Engels.
"Ven acá, pichón". Un soldado alemán a una paloma en el desembarco de Normandía.
"Un par de hostias y te quitaba yo la tontería". Julio César a Bruto.
"Deja al chaval, coño". Augusto a Julio.
"¿Esta también la paga Fede?". Boris Yeltsin, deshidratado.
"¿Con seis carriles para cada sentido?". Los belgas, quejumbrosos, a los alemanes.
"Ven acá, pichón". Islero a Manolete.
"¿Y tú de dónde coño sales?". Los habitantes de Guanahani a Cristóbal Colón.
"Te como el alfil..." . Aquiles a Patroclo.
"... y cuento veinte". Kasparov, borracho, de ligue.
"Pues no entiendo yo el juego ese de los chinos". Enrique Kissinger durante los acuerdos de paz de París.
"Ven acá, pichón". Goikoetxea a Maradona

Nanorrelato 31

No es por ti; es por mí

Frases célebres de la historia. Capítulo 29

"No estaba muerto, estaba de parranda". Fidel Castro
"Así que esto es un bazo". Jack el destripador
"Cincos y subiendo". George W. Bush
"Sois todas una putas". El rey Lear
"Hazle una punción lumbar". El doctor House a Islero
"Llámame Fito". Adolfo Hitler, sobremedicado, a Joseph Goebels
"Seré Franco". Edurado Zaplana, sincerándose
"Ahora vamos a hacer jarrones". La dinastía Ming
"¡Comunista el que no bote es!". Margaret Teatcher, entusiasmada
"Va a haber que abrir". Jack el destripador
"Parecemos mi banda". Pancho Villa
"¡Quinito!". Tom Waits
"A este sitio lo voy a llamar Colombia". Cristobal Colón
"A este sitio lo voy a llamar Francia". Francisco Franco
"A esta maniobra la voy a llamar de Heimlich". Heimlich
"A esta maniobra la voy a llamar cornada". Manolete, en Linares
"Ni murallas ni hostias: jarrones". La dinastía Ming
"Hasta los cojones, me tenéis". Job, apócrifo
"No estaba muerto, estaba de parranda". Diego Armando Maradona
"Pa habernos matao". Luis Carrero Blanco a su chófer
"Ya te digo". Manolete
"A esta moneda la voy a llamar Franco". Francisco Franco
"¿Y si invadimos China?". Gengis Khan
"Y un jarrón". La dinastía Ming
"No es lupus". El doctor House a Manolete