Frases célebres de la historia. Capítulo 40

"Ases y subiendo". Luis Carrero Blanco
"¡Qué hostia que nos vamos a pegar!". El general Mola, poco aerodinámico
"Ya te digo". El general Sanjurjo, tan aerodinámico o menos
"Además de verdad". Luis Carrero Blanco, volátil
"Ten cuidado con los cuernos cuando salgas". Diego Rivera a Frida Kahlo
"¡Revisionista!". Anatoly Karpov a Gary Kasparov
"¡Athletic, Athletic, zu zara nagusia!". San Mamés
"Doses y subiendo". Luis Carrero Blanco
"Rojos, que sóis todos unos rojos". Harry Thruman
"Tú pon que he dicho algo chulo". Felipe II a su cronista
"¡Que yo nunca he sido corneta!". Francisco Franco
"¿Me estás poniendo los cuernos?". Manolete en Linares
"¡Ahiva Dios!". San Pedro a Jesucristo
"¡Alemanes todos...!". Ronald Reagan, delirando
"Tú pon que he dicho algo chulo". Julio César a su cronista
"Treses y subiendo". Luis Carrero Blanco
"¿Si me miro al espejo será pecado?". Mahoma
"Y ahora, a vivir del cuento". Calleja
"¡Revisionista!". Platón a Aristóteles
"¡Toma acupuntura, hombreyá!". Islero a Manolete
"Cuatros y subiendo". Luis Carrero Blanco
"Cuadradito, casita, dos palotes cruzados con un punto encima y esa cosa que se parece a una tienda de campaña". Hiro Hito, dictando
"¡Alemanes todos...!". Francois Mitterrand, colaboracionista
"Ten cuidado con los cuernos cuando salgas". Islero a Manolete
"Cincos y subiendo". Luis Carrero Blanco
"Y ahora, a vivir del cuento". Carmencita Martínez Bordiú
"Que me lo envuelvan para regalo". Napoleón, al ver el obelisco
"Seré Franco". Antonio Tejero, con sinceras esperanzas
"Seises y subiendo". Luis Carrero Blanco

Nanorrelato 43

Su tabaco, gracias.

Crónica del pueblo francoenigante

Cuando en 1673 sir Edward Bradley descubrió en el África subsahariana la tribu de los enigantes, los enigantes se almorzaron a sir Edward. Cuarenta años despues, Jean Claude Santini llegaba a las mismas tierras, donde los enigantes le obsequiaron con un gran festín del que su hígado fue el plato fuerte. En 1803 los enigantes seguían siendo una raza desconocida. Rodrigo de la Torre y Ricardo Paulinho habían encabezado en el intervalo sendas expericiones, pero ambos desaparecieron misteriosamente sin que todavía se hayan podido descubrir las causas.
La de los enigantes es una curiosa raza compuesta exclusivamente por enanos afectados de girantismo -de ahí su nombre-, de modo que todos ellos miden 177 centímetros. Además, su tez morena (negra, de hecho) se ve aclarada por un extraño albinismo; su cabello se vuelve en ocasiones rubio con el sol y padecen un extraño problema de frenillo que les impide virtualmente pronunciar el fonema palatal 'erre'.
Aquel 1803, durante una de las campañas napoleónicas en Egipto, los enigantes infligieron una severa derrota a las tropas francesas. En primer lugar las diezmaron, después diezmaron al diezmo y, para terminar celebraron la victoria con un ancestral plato típico de su pueblo: un bloc de foie de Santini que degustaron tras vestirse las casacas francesas, que les habían llamado poderosamente la atención. Pocas horas después llegaron los refuerzos de las tropas imperiales, que al ver sus rasgos caucásicos y sus casacas los confundieron con sus compatriotas y los trasladaron a París para celebrar la gloriosa vitoria.
Una vez allí, los engigantes se reprodujeron, sustituyeron los franceses por ocas en su dieta y extendieron por todo el país. El resto es historia.

Las cinco diferencias

Que vaya Carlitos

“Españoles: El caudillo está ahora en un sitio muchísimo más bonito que este. Entre las nubes, rodeado de angelitos. Él está con Dios, que es su sitio. Desde allí nos mira con dulzura y se enternece su corazón. A él le gustaría vernos sonriendo y contentos, porque él está sonriendo y contento. Los pajaritos cantan. Las nubes se levantan”. Votación: 5 síes y 4 noes. Adelante.
Aquel era el cuarto discurso que votaban el 20 de noviembre de 1975. El gabinete de crisis estaba reunido para decidir cómo informar a los españoles de la muerte de Franco. Lo integraban el
jefe de informativos de RTVE, el ministro de la Gobernación, Adolfo Suárez; el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro; Carmen Polo, el jefe de los obispos (o un obispo retrógrado), el confesor del Generalísimo, el jefe del Estado Mayor y el príncipe Juan Carlos, que había tenido que abandonar precipitadamente una partida de pócker. Había que informar a los españoles de la muerte, y ese debate había desplazado oportunamente otro que nadie, absolutamente nadie, se atrevía siquiera a sugerir: quién informaría al propio caudillo.

La primera propuesta había partido del tipo de RTVE. De hecho, estaba ya a punto de emitir la noticia en el tono profesional y sensiblero que la ocasión merecía: "Españoles, buenas noches. A las once menos cuarto de esta noche ha muerto Francisco Franco. La trágica noticia... bla, bla, bla... bla, bla, bla... bla, bla, bla...". Después se meterían los enlatados correspondientes con el estilo grandilocuente impuesto por la Dirección General de Hagiografías a la espera de que llegasen las cintas del cámara que estaba en La Paz. Pero hubo sorpresa: en lugar del taxi lo que llegó fue un coche oficial con Arias Navarro dentro. El presidente detuvo aquel dislate y comenzaron las llamadas y llegadas a La Zarzuela.
El segundo intento surgió del jefe del Estado Mayor: "Españoles. Al ocaso y con viento helado de la borrasca de los Pirineos, nuestro caudillo, el Generalísimo Franco, ha caído heróicamente por causas naturales. Honremos al soldado que muere en paz con el Altísimo y en la dicha de su casa después de 40 años invicto en el campo de batalla en su lucha por Dios y por España, causas por las que, a buen entendedor pocas palabras bastan, el ejército está dispuesto a dar hasta la última gota de su sangre. ¡Viva España! ¡Viva Franco!". Pronunció su discurso a voz en grito, con la emoción chorreando las medallas. Fue un vendaval, un elefante que salió de la cacharrería en busca de una perfumería; un arrebato marcial que dejó descolocados a todos los presentes. Nadie pudo detenerle antes de que se sentara a la mesa y leyera su discurso delante de una cámara que no estaba ni emitiendo ni grabando. Se levantó, salió del edificio de doce zancadas y montó en su coche. En la verja de La Zarzuela le indicaron que alguien les había informado de que debía regresar.
Algo de su informe de cabo malencarado había calado. Lo comprobaron pronto, cuando Arias Navarro se atrevió a hablar. El suyo era un obituario institucional, burocrático, estatista, apaciguador, formal, lastimero, pero que plagiaba el comienzo. Y lo peor: no lo tenía escrito. Carmen Polo no confiaba en él; se le veía tan nervioso. El jefe del Estado Mayor le llamó maricón, cobarde y masón. El de los obispos pedía su excomunión. El jefe de RTVE propuso que se pusiera delante de la cámara para hacer una prueba a ver qué tal salía. Y salió así: "Españoles. Franco nos ha dejado y... er... ahora tendremos que apañárnoslas solos. Pero él estará bien, eh! Que seguro que Dios lo tiene en el cielo y bueno, pues, que ahora hay que apretar los dientes y aguantar. Es duro, yo lo sé, pero... somos los hijos de Isabel la Católica y más perdimos en Cuba y volvimos cantando, ¿no? Pues eso". El príncipe, que si el asunto se demoraba mucho más no iba a llegar a la timba, aprobó la oratoria. Fue el único que lo hizo.
Que el confesor lanzara su propuesta cristiana e infantil no tenía relevancia. Aquella no era la frase. Sin embargo, el cansancio general y la beatería acumulada le dieron un disgusto: la Carmen Polo, el obispo, el príncipe (que guardaba un as en la manga, en concreto el de picas) y Arias Navarro votaron a favor. Cinco síes. Suárez alucinaba. El confesor había ganado la primera votación postfranquista: cinco síes frente a cuatro noes.
Cuando todo parecía decidido, el búnker en pleno irrumpió en la sala del Consejo a gritos de "¡Ni votaciones ni hostias! ¿Desde cuándo se vota aquí, comunistas, hijos de la Pasionaria? El caudillo sólo puede morirse por orden expresa del caudillo. Es más, sólo se morirá cuando él decida morirse". Acto seguido, el mismo búnker, de nuevo en pleno, salió hacia Prado del Rey para informar a los españoles que ni el generalísimo ni Johan Cruyff, que dudaba entre revonar con el Barça o volver al Ajax, habían tomado todavía ninguna decisión respecto a su futuro.
Ante la gravedad de la situación -por si no fuera suficientemente grave que se les hubiera muerto el dictador-, la unanimidad cundió por fin en el gabinete de crisis: había que llegar a Prado del Rey antes que los ex combatientes. Cae por su propio peso que los búnkeres tienden a desplazarse bastante despacio, de modo que en circunstancias normales no hubiera significado una gran dificultad adelantarles por el camino. Sin embargo, aquel 20 de noviembre el tráfico estaba colapsado en todo el centro de Madrid, así que había que buscar una solución de urgencia.
Suárez propuso la alternativa aérea, y el príncipe, cuya animadversión hacia Arias Navarro era ya más que evidente, propuso con inquina:
Carlitos, ¿por qué no llamas al Comando Madrid y que te lleve volando, como a Carrero Blanco?
A los pocos minutos aterrizaba en el patio un helicóptero de cuando el finado era corneta. "Si creen que me voy a subir ahí es que tienen sus excelencias unos cojones como el caballo del finado", protestó el director de informativos de RTVE. El príncipe Juan Carlos sonrió, aprobó con la cabeza y con una sonrisa socarrona sugirió: "Que vaya Carlitos". Y así fue como Carlos Arias Navarro consiguió adelantarse al búnker e informar de la muerte del caudillo. Lástima que con las prisas olvidara la chuleta y, dada su escasa facilidad de palabras, sólo acertara a musitar un lacónico "Españoles: Franco ha muerto". Lo de las lágrimas no estaba preparado, pero el bueno de Carlitos se imaginaba en aquel momento la que le iba a caer encima en cuanto informaran al caudillo de lo que había dicho de él.
Hoy, 32 años después de estos hechos, nadie se ha atrevido a informar al generalísimo de su fallecimiento. Franco, en su solución habitacional del Valle de los Caídos, rumia la sospecha de que el apagón comienza a durar demasiado.

Nanorrelato 42

¡Albricias, una cornucopia!, dijo matando su sed de pedantería

Test de Divinidad

¿Quiere saber si es usted una divinidad? Responda a este sencillo test.

1. Descubre que un tipo con muy mal humor llamado Herodes piensa asesinar a todos los niños menores de dos años de su país. ¿Qué hace?
a) Avisa a sus conciudadanos para que tomen medidas.
b) Alerta sólo a sus vecinos.
c) Se larga a Egipto sin avisar a nadie.

2. Necesita imperiosamente enviar un mensaje a la humanidad. ¿Qué vía de comunicación elige?
a) Como dios todopoderoso que es, se aparece a toda la humanidad simultaneamente.
b) Como dios todopoderoso que es, intercepta la señal de la televisión en horario de máxima audiencia.
c) Como dios todopoderoso que es, se aparece a unos jóvenes pastores analfabetos a los que nadie va a creer.

3. Si se planteara tener un hijo...
a) Lo tiene con su/una mujer.
b) Lo adopta.
c) Encarga a una paloma que fecunde a una virgen.

4. Encarga a un tipo que rescate a su pueblo de un secular cautiverio en Egipto con una travesía de 40 años por el desierto. Cuando llegan a la tierra prometida...
a) Le da una paga extra.
b) Le felicita por su trabajo.
c) Le anuncia que ha decidido que se muera y que nunca pise la tierra prometida.

5. Tiene usted un hijo, personificación de la bondad y la justicia absoluta, lo envía a la tierra y, al parecer, todos le aclaman como líder de una sociedad justa e igualitaria.
a) Lo convierte en presidente de la República.
b) Lo convierte en rey.
c) Deja que lo crucifiquen.

6. Usted tiene una religión: ¿Qué opina del resto de creencias?
a) No me considero una persona religiosa.
b) Las respeto.
c) Habría que matarlos a todos en una yihad, guerra santa o misión culturizadora, según el caso, y así se lo hago saber a mis representantes en la tierra.

7. A la luz de las injusticias sociales, decide...
a) Como dios todopoderoso que soy, corregir las desigualdades.
b) Dar limosna a los pobres.
c) Dejar las cosas como están.

8. Si fuera usted realmente el único dios de la creación, ¿Permitiría que existieran otras religiones?
a) Soy ateo/agnóstico.
b) Sí, pero dejando claro que irán al infierno.
c) Sí, pero encargaría a mis representantes en la tierra que invadieran los países de los infieles para asesinarlos y violarlos en una guerra santa o yihad. Después los enviaría al infierno.

9. ¿Cree en la igualdad de la mujer?
a) Sí.
b) No, pero admito la posibilidad de que tal vez tenga alma e incluso se la pueda calificar como ser humano.
c) No. Son inferiores y así lo hago ver en mi doctrina.

10. Además de oro, ¿qué le pediría a los Reyes Magos?*
a) Un piso y un contrato indefinido.
b) Una Wii y un iPhone.
c) Incienso y mirra.

SOLUCIONES
Mayoría de A: Definitivamente, usted no es dios.
Mayoría de B: Apunta maneras. Reúne algunas cualidades para convertirse en el dios de cualquier religión monoteísta, pero le falta contundencia.
Mayoría de C: Definitivamente, usted es Dios todopoderoso.

*La pregunta 10 es una aportación de la gente de Meneame.

Frases célebres de la historia. Capítulo 39

"Si es que los romanos somos la hostia". Pubio Cornelio Escipión
"Con el bum, bum, bum de mi corazón". Luis Carrero Blanco, cantarín
"Hace un frío de cojones". Lady Godiva
"A tomar pol culo el jardín". Atila
"¿No se os ocurría otro nombre para las putas pipas?". El almirante Churruca
"Os váis a cagar". Otto Von Bismarck
"¿Por qué me llaman albión?". La pérfida reina de Inglaterra, dubitativa
"Algo huele a podrido en Dinamarca". Adrien Brody, desde Irlanda
"Mucho rojo, es lo que hay". José María Aznar
"Creo que me está dando un infarto". Napoleón Bonaparte
"Os váis a cagar". Garibaldi
"¿Por qué os creéis que llevaba la mano en el pecho, hijos de puta?". Napoleón Bonaparte
"Si es que los alemanes somos la hostia". Otto Von Bismarck
"Cuidado con los cuernos al salir". Cleopatra a Julio César
"Los asuntos de cuernos siempre terminan mal". Manolete
"¿Qué carajo significa albión?". La reina de Inglaterra
"Creo que me voy a dejar patillas". Frida Kahlo
"¿Y si hacemos porcelanas?". La dinastía Ming
"Mucho chino, es lo que hay". José Stalin
"Ya te digo". Francisco Franco
"Os váis a cagar". Mao Tse Tung
"Pues a mí que me dejen de llamar china". Isabel Preysler
"Pa chulo, mi pirulo". Nacho Vidal
"Ya te digo". John Holmes
"¡Fossbury, nenaza!". Luis Carrero Blanco
"Alemanes, prusianos... qué más dará". Otto Von Bismarck

El día en que nació el gore

Los gatos se clasifican en dos tipos: los vivos y los muertos. Los segundos se diferencian de los primeros en que no se mueven, no maúllan y al cabo de unos días comienzan a emanar un profundo hedor
Esta premisa, con la que se abre el tercer tomo de la 'Enciclopedia de las especies que habitan sobre la Tierra, algunas de las que lo hacen bajo ella y ninguna de las que están en el agua', sirve de punto de partida para la posterior investigación con la que el profesor Paul Bertrand se adjudicó el premio Nobel en 1967.
En una propuesta revolucionaria para la época, Bertrand sostenía que los gatos no tienen siete vidas, como se había pensado hasta entonces en su Bélgica natal, ni tampoco nueve, como defendían las modernas teorías estadounidenses basadas en los dibujos animados de la Warner Bros. Descartaba también la posibilidad de que fueran inmortales. Ante la incredulidad de la clase científica y en contra de toda la opinión pública mundial, el profesor Bertrand sostenía que los gatos, cuando mueren, sencillamente se mueren, y que bajo ningún concepto disponen de otras seis vidas (u otras ocho, de acuerdo con la tesis estadounidense) para volver a sus quehaceres habituales, que suelen consistir en perseguir ovillos de lana, comer y lavarse con su propia saliva.
Por si el escepticismo científico no fuera suficiente, Bertrand se tuvo que enfrentar con la iglesia, que catalogó sus estudios de "sacrílegos y blasfemos". A juicio de la Santa Madre Iglesia, los gatos, tras morir en su primera vida, son juzgados por el dios de los gatos y pasan sus otras seis vidas (ocho, en el caso de los anglosajones) en el paraíso o en el infierno, según el resultado del juicio. La sola insinuación de que los gatos se morían sin más, sin ninguna vida futura, constituía un anatema. Así lo manifestó el cardenal Antonio María Vouco Rarela, firme defensor de la teoría de que "si ha colado durante 2.000 años con las personas, por qué no va a colar con los gatos".
Decidido a probar su teoría, el profesor Bertrand compró tres cachorros recién nacidos y una semana después convocó a la prensa. Evisceró una sola vez al primero
, atropelló una sola vez al segundo y cortó una sola vez la cabeza al tercero. Ante el estupor general, los mininos se negaron a hacer uso de cualquiera de sus otras vidas y fallecieron al instante. "¿Véis? Están muertos. Los gatos tienen una sola vida", subrayó ufano Bertrand mientras las cámaras se recreaban en primeros planos de los cuerpos destrozados de los felinos.
Ese mismo día la comisión para el Nobel le propuso para el premio, y diez años después la Academia del Cine le concedió el Oscar honorífico, porque también ese mismo día Paul Bertrand había inventado el 'gore'.

Nanorrelato 41

Está senil: le salen tetas por todas partes

Odas mínimas

¿Por qué me abandonas?,
preguntó Crasia al indio.
Es mi indio-sin-Crasia,
contestó (el indio).

(No) llegarás a nada,
dijo el nihilista.

Teo-doro
no goza de simpatía entre los in-dios.

¿A qué discutir?
¿A qué enfrentarnos?
¿A qué no querermos?
A que te pego una hostia.