Quién no ha oído hablar de Fernando de Pecho. Quién no se ha extasiado con sus cuartetos de curda (si, de curda y no de cuerda, saquen ustedes mismos sus conclusiones). Quién no ha babeado hasta la deshidratación con su obra coral. Seguro que ninguno de ustedes tiene idea de quién les estoy hablando. No les culpo. Fernando de Pecho es un completo desconocido a pesar ser uno de los mayores creadores de los años cincuenta (única y exclusivamente de los cincuenta puesto que nació en enero de 1950 y murió en diciembre de 1959).Efectivamente, en tan solo diez años, este niño prodigio desarrolló una extensa obra musical que deslumbró a sus coetáneos (los niños del parvulario solían llorar ante sus sonatas para piano de juguete y sonajero, no sabemos si por el placer musical o por la incipiente dentición). No nos sorprende entonces que en el discurso que ofreció a la edad de seis años ante la academia de música de París los académicos gritasen horrorizados: "¡Horror, ese micrófono está hablando solo!" al no poder verle tras el atril de oradores dada su corta estatura (todo quedó solucionado colocando una edición de las obras completas de Nietzsche bajo los pies del pequeño Fernando).
No está claro si lo que separó al pobre Fernandito de esta, nuestra vida, fue un sartenazo en la sien propinado por doña María de Espalda, su madre, al no soportar ni uno más de sus estudios para viloncello (en esta época de madurez del artista, su música se había hecho adusta en demasía) o la infección que le produjo el intentar sacarse del oido una goma de borrar Milán que, creemos que por accidente, el propio compositor se había incrustado.
Muchas son las especulaciones que giran entorno a este hecho de la goma de borrar, el cual creo que fue el motivo real de su muerte. En una de las pocas entrevistas que se le pudieron hacer en vida al compositor de marras que yo mismo realicé (y digo en vida porque tras su muerte no son pocos los musicólogos que a través de médium han intentado ponerse en contacto con él) el propio Fernando decía "si no borro lo que hay en mi cabeza no me cabrán más cosas". Ante mi cara de incredulidad por lo que estaba viendo, añadió: "¿Es que no sabes que me quieren robar las uñas?". Pobre niño... Días después apareció muerto y ningún periódico publico artículo alguno a respecto. La familia, en especial Eduardo de Pecho, su padre, quisieron acallar el suceso con algún oscuro interés. El niño Fernando, durante casi diez años explotado, obligado a escribir música para producir pingües dividendos murió con un grave trastorno cerebral y un oído lleno de virutas de goma de borrar.
Colaboración de Rodrigo Manchado














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