Todos vestían camisas de cuadros, escuchaban a Ives Montand y calzaban deportivas Converse de imitación. La rebelión había triunfado ,los gafapastas dominaban el país y los campos de fútbol se habían transformado en enormes escenarios para contrabajistas ucranianos a los que se expulsaba del país en cuanto se convertían en demasiado comerciales.Todo había comenzado pocos meses antes, cuando se prohibieron los discos de Sabina posteriores a 1987 mientras el Gran Consejo Gafapasta estudiaba el modo de conquistar el mundo, tarea nada sencilla si se tiene en cuenta que sólo estaban armados con ejemplares antiguos de El País de las Tentaciones. Tras dos semanas de deliberaciones, decidieron que su proyecto de nuevo orden mundial sólo era posible reclutando quintacolumnistas que utilizaran en sus propios países la misma arma con la que acababan de hacerse con el poder: cintas VHS de Lars Von Trier reproducidas al revés que extendieron el gafapastismo por todo el segundo mundo. Para el primero, se optó por la arriesgada fórmula de reproducir discos de Bjork a velocidad rápida.
Pronto los gafapastas del mundo tomaron consciencia de sí mismos y se organizaron a escala mundial, siempre a través de redes sociales alternativas y no controladas por Microsoft, con ligeras concesiones a Apple y Google. Masas irreductibles con zapatillas deportivas atacaban a la policía con vinilos afilados mientras los cabecillas se infiltraban en los cuartes y colocaban sus gafas de pasta a la soldadesca, incapaz desde aquel momento de distinguir entre sus propios oficiales y los cabecillas, con las cabezas tocadas con palestinas.
Pronto se les unieron los perroflautas, que hicieron gala de una enorme habilidad para hipnotizar a los banqueros. Los hacían mirar fijamente las rayas de sus camisas mientras tocaban una extraña melodía acompañada por los ladridos de sus perros que inducían a las víctimas a un estado de anulación de la voluntad hasta que les firmaban un cheque en blanco. Este sistema sirvió para financiar una revolución que ya había superado la fase más cruenta, al menos en lo que a revueltas callejeras se refiere, porque los grandes líderes políticos estaban sometidos a inhumanas torturas que llegaban incluso a escuchas de más de hora y media consecutiva de discos de Los Planetas.
Y así, mientras el Gran Consejo Gafapasta encargaba a Najwa Nimri el nuevo himno nacional-mundial y un psicodrama iraní triunfaba en la ceremonia de los Oscar con doce estatuillas, Samuel Westford, un oculista retirado, eliminó el gafapastismo de los líderes mundiales con una sencilla operación que salvó al mundo. Tras colocar unas lentillas al gran líder, todo fue mucho más sencillo, y el mundo recuperó su añorado equilibro.













3 tienen más que decir:
Umh... tiene cierto toque a la guerra de los mundos.
Bienvenido de nuevo :)
Gracias, gracias
Albricias!! Regresaron por fin!! Ya era hora...
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