El contubernio de Moscú

Cuando por fin resolvió el enigma, Antón Abascal sintió que todas las piezas encajaban como en un enorme puzzle sideral: los Celtas que habían dado de fumar a toda la España tardofranquista y de la transición eran la cabeza de playa de un frustrado plan soviético para terminar con las dictaduras fascistas en la Península Ibérica.
¿Cómo era posible que no lo hubiera descubierto antes? Las siglas habían estado siempre allí; bajo la inocente apariencia de una marca de tabaco los Celtas escondían una directa soflama destinada a soliviantar a la oposición interna. Aquéllas aparentemente inocentes seis letras no eran sino iniciales de una clara invectiva: "Comunistas Españoles: Levantaos. Tenéis Apoyo Soviético". Eso, y no cualquier otra cosa, era lo que significaba el acrónimo Celtas.
Y es que el tabaco cañí por excelencia era en realidad una iniciativa soviétiva. A mediados de los años cincuenta se había impulsado y financiado subrepticiamente desde
el otro lado del telón de acero la salida al mercado de los Celtas como vanguardia del proletariado para la futura revolución comunista que derrocara al general Franco. Si a lo largo de aquellas décadas el mensaje no consiguió incitar la perseguida revuelta fue, simplemente, porque hasta que Antón Abascal lo descubrió en 2009 nadie se había dado cuenta del verdadero significado de los Celtas Cortos, del mensaje en clave que enviaban a la resistencia antifranquista.
No era la primera ocasión en que la Unión Soviética trataba de exportar la revolución a través del tabaco. Ya a finales de1943 había sopesado inundar el Báltico con las primeras cajetillas de Celtas, unas siglas que en aquel primigenio momento significaban otra cosa. En concreto, lo siguiente: "Comunistas estonios: lobotomizad a todos los alemanes y serbios". Lo de los serbios era sólo por mantener el plural en la palabra. Y, bueno, porque las relaciones con el mariscal Tito tampoco atravesaban su mejor momento.
En aquella ocasión,
la bautizada como 'Campaña de los Celtas' debía servir como eje catalizador del contraataque soviético sobre el Tercer Reich, y a punto estuvo de llevarse a cabo de no ser por las estadísticas que un gris ujier del Ministerio de Información hizo llegar a Viatlcheslav Molotov. Según los datos del último censo soviético, en Estonia habitaban exactamente 17 celtas, de los cuales sólo uno sabía practicar lobomotías. Con estos efectivos, y pese a que los alemanes habían cedido definitivamente la iniciativa al Ejército Rojo, parecía difícil derrotar a la que aún era la primera protencia mundial, de modo que el mismísimo Stalin decidió paralaizar la operación: "Necesitamos un mínimo de 18 hombres invadir Alemania. Y al menos seis de ellos debrían ir armados", sentenció antes de deportar al ujier a un gulag de Siberia.
El plan quedó enterrado en el olvido hasta que a mediados de los cincuenta el Komintern aprobó una nueva ofensiva socio-cultural sobre las dictaduras ibéricas. El problema radicaba en que España era zona de influencia estadounidese, con lo que cualquier injerencia podía degenerar en un conflicto diplomático o incluso bélico. La KGB decidió entonces rescatar del olvido el plan estonio, adaptarlo a la realidad española e infiltrar a un agente en el equipo de creativos de la Tabacalera para que comenzara a producir los Celtas con el consabido nuevo lema.
A los pocos meses, y a propuesta del infiltrado Liev Mikhailov, a quien todos los españoles le parecían muy pequeños, se lanzó la nueva marca con el nombre de Celtas Cortos (hábil estratagema de Mikhailov para diferenciarlos de los celtas estonios) con un éxito rotundo e inmediato. Pero distorsionada visión que Mikhailov tenía de los españoles iba a terminar con su carrera y, de paso, con el plan soviético.
Liev Mikhailov era, además de uno de los espías más importantes de la guerra fría, un hipocondriaco obsesionado con la proxémica que nunca permitía que nadie invadiera su espacio íntimo e intentaba, siempre que le era posible, estar a al menos un par de metros de distancia respecto a cualquier persona para evitar así posibles infecciones. Como consecuencia, siempre había creído que si veía a los españoles tan bajitos era sencillamente porque estaban lejos. Así, en lontananza, se dedicaba a espiar y conspirar abiertamente y en voz alta, convencido de que el enemigo estaba lo suficientemente lejos para no oírlo.
Sin embargo, descubrió de la peor manera posible lo equivocado que estaba. Cierta tarde, mientras enviaba información secreta a Moscú ante las mismas narices de un agente de la policía secreta franquista, comprobó que el funcionario no estaba en absoluto lejos, sino que era, como el resto de los españoles, así de bajito en realidad, y que se encontraba a escasos centímetros. Pudo dar fe de ello cuando el agente del servicio de contraespionaje le incrustó, en una suerte de homenaje a otro Liev, de apellido Trostky, un piolet en la cabeza.
Así, y aunque la producción de Celtas Cortos continuó en aumento a lo largo de los años, Mikhailov nunca pudo llevar a cabo la segunda e imprescindible fase del plan, consistente en difundir clandestinamente a través de octavillas el verdadero significado de la nueva marca patria de tabaco. Sin este dato, era completamente imposible que la clase obrera española tuviera conocimiento del plan, y mucho menos que se levantara el mismo día en que cambiaran por unas alas los cuernos del casco del celta que aparecía dibujado en el paquete, modificación que ya habían aprobado tanto el Politburó del PCUS como el consejo de administración de Tabacalera.
La Unión Soviética intentó restablecer la red de espionaje de Mikhailov, desmantelada discretamente por la policía española, hasta que Nikita Kruschev ordenó suspender la operación. El gabinete Andropov retomó el proyecto y ya a principios de los noventa los soviéticos habían reconstruido toda su antigua infraestructura y estaban listos para asestar el golpe definitivo y convertir España en una república popular. Justo entonces el golpe de los generales y los acontecimientos de Moscú, que terminaron con la proclamación de independencia de la Federación Rusa, desembocaron en la desmembración de la Unión Soviética. Los Celtas Cortos ya no tenían sentido y un año después dejaron de fabricarse.

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