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La triste historia de Fernando de Pecho y Espalda

Quién no ha oído hablar de Fernando de Pecho. Quién no se ha extasiado con sus cuartetos de curda (si, de curda y no de cuerda, saquen ustedes mismos sus conclusiones). Quién no ha babeado hasta la deshidratación con su obra coral. Seguro que ninguno de ustedes tiene idea de quién les estoy hablando. No les culpo. Fernando de Pecho es un completo desconocido a pesar ser uno de los mayores creadores de los años cincuenta (única y exclusivamente de los cincuenta puesto que nació en enero de 1950 y murió en diciembre de 1959).
Efectivamente, en tan solo diez años, este niño prodigio desarrolló una extensa obra musical que deslumbró a sus coetáneos (los niños del parvulario solían llorar ante sus sonatas para piano de juguete y sonajero, no sabemos si por el placer musical o por la incipiente dentición). No nos sorprende entonces que en el discurso que ofreció a la edad de seis años ante la academia de música de París los académicos gritasen horrorizados: "¡Horror, ese micrófono está hablando solo!" al no poder verle tras el atril de oradores dada su corta estatura (todo quedó solucionado colocando una edición de las obras completas de Nietzsche bajo los pies del pequeño Fernando).
No está claro si lo que separó al pobre Fernandito de esta, nuestra vida, fue un sartenazo en la sien propinado por doña María de Espalda, su madre, al no soportar ni uno más de sus estudios para viloncello (en esta época de madurez del artista, su música se había hecho adusta en demasía) o la infección que le produjo el intentar sacarse del oido una goma de borrar Milán que, creemos que por accidente, el propio compositor se había incrustado.
Muchas son las especulaciones que giran entorno a este hecho de la goma de borrar, el cual creo que fue el motivo real de su muerte. En una de las pocas entrevistas que se le pudieron hacer en vida al compositor de marras que yo mismo realicé (y digo en vida porque tras su muerte no son pocos los musicólogos que a través de médium han intentado ponerse en contacto con él) el propio Fernando decía "si no borro lo que hay en mi cabeza no me cabrán más cosas". Ante mi cara de incredulidad por lo que estaba viendo, añadió: "¿Es que no sabes que me quieren robar las uñas?". Pobre niño... Días después apareció muerto y ningún periódico publico artículo alguno a respecto. La familia, en especial Eduardo de Pecho, su padre, quisieron acallar el suceso con algún oscuro interés. El niño Fernando, durante casi diez años explotado, obligado a escribir música para producir pingües dividendos murió con un grave trastorno cerebral y un oído lleno de virutas de goma de borrar.

Colaboración de Rodrigo Manchado

No patxaran

Al grito de "¡No pacharán!", el británico afincado en Madrid Samuel Westford comenzó en julio de 1936 su cruzada antialcohólica, que derivó en antinacionalista cuando el lema mudó a "¡No patxaran!". Fiel seguidor de las teorías de Ortega y Gasset, que ya en 'La rebelión de la masas' advertía que a menos que se les aplique suficiente levadura las masas tienden a compactarse, Westford había sido el primero en aplicar la epistemología gassetiana a las bebidas espirituosas en un rompedor ensayo en el que sostenía que a menos que no se les apliquen endrinas las masas tienden a embriagarse.
Su animadversión hacia el nacionalismo vasco, o de las "provincias vascongadas", como le gustaba pronunciarlo con su marcado acento londinense, procede del primero de sus viajes a Euskadi, cuando en plena Guerra Civil Española decidió comprobar el efecto de las endrinas con aguardiente en el recio pueblo vasco. Dos días en Bilbao le bastaron para corroborar varias tesis: que el pacharán es una bebida intocable en toda la ciudad, que en Vizacaya no es una buena idea reivindicarse como hincha de la Real Sociedad y que el agua del río Nervión puede bajar realmente fría en invierno.
Esta primera visita, que concidió con la última, marcó profundamente el carácter de Westford, que en su demoledor 'El nuevo Ocdcidente' (The New West, London University, London, 1941), publicado ya de regreso a su país, arremetía sin piedad contra el pacharán y el txakoli en un tratado que tras conseguir cruzar clandestinamente se convirtió en uno de los textos más apreciados del tardofranquismo, distribuido en octavillas de multicopista por los bodegueros de La Rioja.

El "No patxarán" se convirtió a partir de entonces en un símbolo, una imagen de resistencia que los madrileños, mucho más aficionados al fino de Jerez, hicieron suya en recuerdo de aquella antigua consigna, que abandonó ya para siempre su contenido abstemio para convertirse en un símbolo contra las endrinas.
Desde entonces el "No patxarán" está mal visto en la magen izquierda del Nervión, mientras que la burguesía de Neguri comienza a plantearse seriamente optar por el txakoli.

El Sindicato de Ferroviarios

Apenas le quitaron el tren de encima supieron que aquello era obra del Sindicato de Ferroviarios. Todas las pistas indicaban además que el peso de la locomotora era lo que había terminado con la vida del músico, y que para cuando añadieron los siete coche camas y el vagón restaurante el finado era ya cadáver.
El inspector Merino se caló el sombero, prendió un cigarrillo negro, torció el gesto y arguyó: "Tenía que ocurrir, aunque nunca pensé que fuera a ser tan pronto". El agente que acordonaba la zona comprendió de inmediato su reflexión. En las últimas semanas habían aparecido sucesivamente los cadáveres de tres ferroviarios con un oboe clavado en la nuca, y nadie en la policía, menos aún el inspector Merino, dudaba que este ataque no fuera a quedar sin respuesta.
Sin embargo, dos detalles no concordaban: la locomotora y los ocho vagones estaban a unos dos kilómetros de la vía férrea más cercana, y aunque los ferroviarios tenían fama de tipos curtidos y con un poderoso físico, trasladar unba locomotora a hombros era una tarea excesiva incluso para ellos. Además, la víctima no tocaba el oboe, ni tan siquiera un instrumento de viento, sino que era el primer violín de la orquesta sinfónica de la cuidad.
La noticia llegó al barrio chino con la velocidad del TGV, pero el coche del inspector Merino apenas pudo alcanzar la de un cercanías mientras trataba de hablar con su contacto, un antiguo revisor de los ferrocarriles de vía estrecha que en los últimos años se ganaba la vida como clarinetista de swing. Cuando el policía pudo llegar a la cita el viejo resivor tenía ya una zanfona alojada en el estómago y agonizaba. "El asesino es el mayordomo", consiguió confesar a su viejo amigo antes de morir.
Merino achacó al delirio las últimas palabras de su compadre y confidente, e incluso alabó para sus adentros el buen humor que había demostrado incluso en el último momento de su vida, de modo que continuó con su investigación, en la que el segundo violín de la orquesta municipal se había convertido en el principal sospechoso. Sólo meses más tarde descubrió que 'el Mayordomo' era el sobrenombre de uno de los maquinistas del tren del correo, a la sazón presidente del Sindicato de Ferroviarios, pero para entonces era demasiado tarde y el inspector había muerto aplastado por el expreso de la mañana. El Sindicato de Cafeteros juró venganza.

Las memorias de Desfaux

Las opiniones sobre el talento de Alain Desfaux son ciertamente contradictorias. Él se consideraba un genio, para la mayor parte del mundo es un desconocido y sólo quienes llegaron a conocerle apreciaron su talento en lo que valía. Sus compaleros de generación coinciden en afirmar que se desenvolvía con frecuencia en la delgada línea que separa la genialidad de la estulticia, un ejercicio arriesgado en el que Desfaux se desenvolvía con soltura: siempre acababa comportándose como un auténtico cretino.
Pero si algo le caracterizaba era el ser un tipo expresivo, con ganas de comunicarse. Su talento para la música era tal que ningún instrumento se adaptaba ni a sus abrumadoras posibilidades ni a su formación autodidacta. La percusión le resultaba demasiado sencilla, el violín poco innovador y el piano demasiado mecánico, de modo que optó por no aprender a tocar ningún instrumento y componer sinfonías utilizando simplemente el alfabeto, sin ningún conocimiento de solfeo. Su olvidada Tercera Sinfonía comienza así:
(Violines): Chininichininiiii chinchinchin.
(Al cuarto chininin entra elclarinete): Teretereterete.
Pese al entusiasmo con el que lo presentó en todo el mundo, su nuevo sistema de notación no tuvo éxito, lo que le sumió en una profunda depresión. Años más tarde su profesor de música reconoció que en esta aciaga época Desfaux estuvo a punto de tirar la toalla, e incluso se planteó seriamente abandonar toda relación con cualquier disciplina artística o expresibva. ¡Gracias a Dios!, exclamó el profesor, aunque ya no le importaba demasiado porque se había quedado definitivamente sordo.
Desanimado ante su escasa suerte en el mundo de la música, se adentró, ya muy a finales de los 80, en la literatura. De esta época son 'La historia del ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha' (1989), 'Crimen y castigo' (1990), 'Una temporada en el infierno' (1991) y el 'Libro del desasosiego' (1992). De nuevo en sus memorias, Desfaux se lamenta de que, pese al éxito de crítica y público que significaron sus cuatro títulos, nunca recibió ni un céntimo en concepto de derechos o ventas, circunstancia que achaca al extraordinario hecho de que se publicaran sin que enviara el original a ninguna editorial.
De hecho, antes de morir compartió con sus amigos más íntimos la inquietante su sospecha de que su ópera prima, 'La Biblia' (1988) ya estaba publicada incluso antes de que empezara a escribirla, circunstancia que por otra parte confirmaba la teoría de los viajes en el tiempo enunciada tiempo atrás por su viejo profesor Manuel de Oliveira.
El caso es que esta situación dejó a Desfaux al borde de la ruina. Desanimado y sin reconocimiento, se abandonó al alcohol, y cuando estaba a punto de entregarse a los brazos de la dipsomanía descubrió su verdadera vocación, la auténtica inquietud que le había estado pellizcando el bazo durante dos décadas, tratando de abrirse paso entre la hiperactividad del creador: la cocktelería.
No en vano, y de nuevo según sus memorias, Desfaux se considera un sumiller excelente al que no se supo apreciar en su época. Y es que, en efecto, era un retrasado a su tiempo. En 1995 inventó el gin-tonic y un año después, en 1996, el Cuba Libre, dos combinados excelentes que le hubieran otorgado el reconocimiento mundial si algún inoportuno no los hubiese elaborado ya varias décadas atrás.
Para lo que no tenía intuición en absoluto era para los nombres, como demostró al bautizar a su vermú con ginebra -combinado en el que también otro listillo también le había ganado por la mano- como "whisky on the rocks", denominación que llevaba al equívoco a muchos consumidores.
A partir de este capítulo las memorias resultan confusas, puesto que Dusfaux comienza a hablar de su invasión de la Península Ibérica, una larga travesía a través de los Pirineos y los Alpes con un ejército de elefantes y cierto enconamiento personal con un italiano llamado Publio Cornelio Escipión, última persona de quien se tiene constancia en la vida de Desfaux antes de su muerte en circunstancias nunca aclaradas en el norte de África.

Posición II, limones

La prisión de máxima seguridad pertenecía ya al pasado. Si los maté fue sólo porque lo merecían. Por eso y porque soy un auténtico psicópata que disfruta con el sufrimiento ajeno, pero tras 20 años de cárcel un nuevo programa me había puesto en la calle con la libertad condicional bajo el brazo y un anodino puesto de trabajo como redactor de manuales de instrucciones de electrodomésticos.
Un apasionante tríptico con las instrucciones de un exprimidor fue mi primer y anodino trabajo. Todo el funcionamiento del aparato se limitaba a conectarlo a la corriente y colocarlo en posición I para las naranjas y II para los limones y el resto de cítricos. Sin embargo, conseguí completar un manual de 36 páginas con varias subespecificaciones para cada especificación y un complejo diagrama que, una vez interpretado, no se correspondía con el aspecto ni el funcionamiento real del aparato.
Resultado: siete suicidios comprobados y otras trece muertes por impacto de exprimidor en la cabeza en tan solo tres semanas. Sin duda, había dado con mi auténtica vocación: una profesión creativa, legal y que me permitía provocar la muerte o, en el peor de los casos, el sufrimiento a cientos o quizá miles de personas.
Aquel exprimidor fue mi pasaporte para el departamento de manuales de equipos de DVD y televisores digitales de plasma o, como me gustaba llamarlo, el paraíso de los sociópatas. Allí pronto di muestras de mi valía, y conseguí redactar el libro de instrucciones perfecto. Para ponerlo a prueba contrataros a varias docenas de ingenieros de la ESA que, efectivamente, no consiguieron ni hacer funcionar el aparato ni localizar la junta de la trócola que indicaba el diagrama 2 (ver imagen), sin duda por un error en el sintetizador automático por el que conviene ponerse en contacto con el proveedor de servicios.
Aquello debía ser la confirmación de mi carrera, mi ascenso hacia el nirvana de los redactores de manuales; mi carrera progresaba a a una velocidad meteórica. Y hubiera llegado a la cima si no me hubieran encargado aquel maldito manual para un hacha, que se disparó mientras la estaba probando.

El cálculo de Diego Barea

El despertador sonó a las ocho, el autobús pasó a las ocho y media y a las nueve Diego ya estaba de nuevo frente a su ordenador. Era su primer día de trabajo. Al menos el primero desde su readmisión, desde su despido, desde aquella noche canalla cuatro meses atrás.
A la mañana siguiente se sentía morir. Si las resacas se midieran en adjetivos, la de Diego era superlativa; si los teléfonos sonaran con adverbios, el suyo lo hacía inistentemente, porque, por decirlo con sustantivos, su retraso ya lindaba en el absentismo laboral.

Andrés dormía en la habitación contigua. O al menos lo intentaba, hasta que a las once y media no soportó más la tortura acústica y decidió descolgar para encontrarse al otro lado del auricular una voz irritada que le inquirió:
-Buenos días. ¿Diego Barea?
-Soy su compañero de piso, ¿qué quería?
Diego, que había advertido la maniobra , corrió alarmado a la sala de estar y, aún con los ojos enramados y la voz agrietada, tapó con la mano el micrófono para musitar a Andrés: "Si es del trabajo, di que estoy enfermo. Muy enfermo".
-Eh... No, Diego está indispuesto -obedeció.
Tras un breve silencio, Andrés volvió a interrogar, esta vez a su compañero, después de apartar convenientemente el auricular:
-Preguntan qué te pasa.
-Yo qué sé; invéntate algo.
-Verá, es que está de parto. Ahora tengo que dejarle. Buenos días.
A Diego se le pasó la resaca de pronto:
-¿Les has dicho que estoy de parto? ¿Pero cómo se te ocurre?
-Yo qué sé. La verdad, nunca se me ha dado muy bien mentir. Fue lo primero que se me ocurrió.
-¿Lo primero que se te ocurrió? ¿Pero cómo...? -insistió cada vez más irritado.
-Yo que sé. Mi hermana la última vez que faltó al trabajo es lo que dijo, y no la pusieron ningún problema...
-Porque tu hermana sí que estaba de parto. Ahora a ver cómo explico yo esto mañana.
-No va a hacer falta. Antes de colgar me han dicho que estás despedido.

Pocos días después, mientras terminaba los trámites para el subsidio en la oficina de desempleo, Diego comenzó a sufrir unas ligeras molestias en el estómago seguidas de una náuseas cada vez más intensas. Lo sofocos que llegaron a continuación le obligaron a sentarse, y cuando comenzó a vomitar el director de la oficina decidió declararlo parado de riesgo y le recomendó reposo absoluto. Al llegar a casa comprobó que le había crecido una gran protuberancia sobre el pubis y que se le habían hinchado las manos y los pies.
"Si no fuera porque es imposible diría que estoy embarazado", reconoció la mañana siguiente a su médico en la consulta del ambulatorio. El doctor Marín le sonrió con complacencia y se frotó las manos mientras daba su diagnóstico, consciente de que tenía en sus manos un caso que podía hacer aparecer su nombre en todas las revistas científicas.
-No, no está usted embarazado. Lo que tiene es una extraña variante de un cólico nefrítico.
-¿Perdón?
-Verá, tiene usted un cálculo en el riñón. Lo que sucede es que es algo más grande de lo normal. Bueno, eso y que no la tiene en el riñón, sino bajo el estómago. Es lo que llamamos Cálculo de Diego Barea. Aunque en realidad no es un cálculo ni una piedra, sino una pequeña escultura de Fernando Botero.
-¿Y cómo se trata?
-Con lo que llamamos el Método Marín.
-¿Y es muy extraño?
-Bueno, se conoce un caso en el mundo. El suyo. De momento esperaremos a ver cómo evoluciona y si se disuelve por sí solo.
A los tres meses la evolución había sido completamente satisfactoria, al menos para el cálculo, que lejos de disolverse había aumentado de tamaño, pesaba dos hermosos kilos y respetaba escrupulosamente el estilo de Botero. El Método Marín, consistente en la ingesta constante de cerveza hasta orinar el cálculo, se había confirmado como una terapia tan placentera como poco efectiva y, a juicio de otros especialistas, con escasa base científica. Además, el tamaño del cálculo hacía a Diego sospechar que eliminarlo a través de la orina podía causarle una sensación en el mejor de los casos incómoda.
El equipo médico, encabezado por el doctor Flores, decidió entonces aplicar la Cirugía Flores para extirpar el cólico, que crecía vertiginosamente y sólo una semana después pesaba ya cuatro kilos, con lo que su propietario tenía ya serias dificultades para salir de casa, puesto que se veía obligado a hacerlo con la poco masculina ropa de premamá. Excepto un bonito pantalón con flores estampadas, Diego la odiaba.
Y por fin llegó el gran día de la operación: "Enhorabuena. Ha tenido usted una estatua de Botero", le felicitaron los doctores Flores y Marín, ya médicos del mes en el póster central del 'Science' de mayo, cuando despertó de la anestesia. "Al final tendrás que admitir que sí que estabas de parto", apuntilló Andrés. El cólico adorna desde entonces una pequeña plaza en el paseo de la Castellana, junto a las Torres de Colón.

Las mujeres sopladoras de cogotes

En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las mujeres sopladoras de cogotes sus últimos objetivos militares.
La guerra ha terminado.

Acontecimientos de Oñate

La abundancia de lobos amenazaba con terminar con la economía de Oñate, un pueblo que siempre había vivido de la ganadería ovina, de la que habían hecho su auténtica seña de identidad. Los quesos de oveja de Oñate, la leche de oveja de Oñate y el txakoli de oveja de Oñate habían alcanzado fama mundial, e incluso una cooperativa local había lanzado al mercado una leche de cabra a base de leche de oveja que tuvo gran éxito entre los bebedores de leche de oveja.
Esta próspera industria se encontraba próxima a morir de éxito: la calidad de las ovejas oñatenses había atraído progresivamente a más y más lobos, que organizados ya en auténticas manadas merodeaban los campos de pasto ante la evidente inquietud de los pastores, temerosos de que en un descuido los cánidos se abalanzaran sobre las ovejas para ordeñarlas y beberse su leche, de modo que optaron por ordeñar al ganado antes de sacarlo a pacer, de modo que los lobos no pudieran obtener ni una sola gota de leche de sus excursiones.
De este modo, no sería necesario organizar ninguna batida ni contratar perros pastores: sólo era necesario esperar a que los cánidos, privados completamente de leche, sencillamente murieran de hambre.
La estrategian funcionaba, o eso creían los oñatenses, hasta que una tarde despareció una cabeza de la ganadería de Ortiz de Oianzun. Cuando una semana después unos mozuelos descubirron los restos de la oveja, reducida prácticamente a los huesos, la conclusión de la Comisión de Seguimiento y Lucha contra los Lobos fue clara: los lobos habían ordeñado a la oveja hasta dejarla completamente seca y el pobre animal se había quedado, literalmente, en los huesos.
En conclusión, se hacía necesario incrementar las medidas antilobos y, como medida de precuación, no sacar los rebaños a pastar durante los dos días siguientes, los que había solicitado la Comisión para elaborar un plan de choque. Sin embargo, este encirro del ganado no estaba previsto, y ante el inmenso gasto en pienso que comportaba y el riesgo de terminar con todas las reservas de las cooperativas, se optó por una medida tan sencilla como auda: para optimizar recursos, las ovejas permanecerían en las estabulaciones mientras que los carneros, que por su evidente incapacidad para producir leche estaban a salo de cualquier ataque, saldrían al monte a pastar.
Entonces se produjo uno de los sucesos más extraños, llamativos e inexplicables de todos los registrados durante los conocidos como los Acontecimientos de Oñate. Ante el estupor general, los rebaños de carneros fueron aniquilados en el monte, desastre que por razones evidentes no podía achacarse a los lobos, con lo que los responsables sólo podían ser los corzos; los malditos corzos asilvestrados que rondan por los pastizales al acecho del ganado para alimentarse de su jugosa carne.
"La solución puede estar cercana", anunció el presidente de la Comisión. "Basta con organizar una partida y capturar algunas docenas de lobos que protejan a los rebaños de los feroces corzos. Los lobos nunca atacarían a los carneros y, en cuanto a las ovejas, habrá que darles todas las mañanas al menos un litro de leche para que los animales, ya saciados, no tengan ningún interés en ordeñarlas". Todo el pueblo aclamó la propuesta como la solución definitiva a sus problemas y se puso de inmediato en marcha para poner en marcha el plan. Así fue como la villa de Oñate puso al lobo a cuidar de las ovejas. Y la operación fue todo un éxito, porque desde entonces nunca jamás ningún corzo volvió a merodear por la zona ni mucho menos intentó siquiera atacar a ningún rebaño ovino.
De no ser por una extraña y aún inexplicable enfermedad llamada 'agujeritis' -las reses sufrían repentinamente una serie de agujeros en la piel, generalmente en el cuello, y morían desangradas- la cabaña ganareda de Oñate hubiera podido seguir produciendo el mejor
queso de cabra a base de queso de oveja que nunca nadie soñó probar.

Crónica del pueblo francoenigante

Cuando en 1673 sir Edward Bradley descubrió en el África subsahariana la tribu de los enigantes, los enigantes se almorzaron a sir Edward. Cuarenta años despues, Jean Claude Santini llegaba a las mismas tierras, donde los enigantes le obsequiaron con un gran festín del que su hígado fue el plato fuerte. En 1803 los enigantes seguían siendo una raza desconocida. Rodrigo de la Torre y Ricardo Paulinho habían encabezado en el intervalo sendas expericiones, pero ambos desaparecieron misteriosamente sin que todavía se hayan podido descubrir las causas.
La de los enigantes es una curiosa raza compuesta exclusivamente por enanos afectados de girantismo -de ahí su nombre-, de modo que todos ellos miden 177 centímetros. Además, su tez morena (negra, de hecho) se ve aclarada por un extraño albinismo; su cabello se vuelve en ocasiones rubio con el sol y padecen un extraño problema de frenillo que les impide virtualmente pronunciar el fonema palatal 'erre'.
Aquel 1803, durante una de las campañas napoleónicas en Egipto, los enigantes infligieron una severa derrota a las tropas francesas. En primer lugar las diezmaron, después diezmaron al diezmo y, para terminar celebraron la victoria con un ancestral plato típico de su pueblo: un bloc de foie de Santini que degustaron tras vestirse las casacas francesas, que les habían llamado poderosamente la atención. Pocas horas después llegaron los refuerzos de las tropas imperiales, que al ver sus rasgos caucásicos y sus casacas los confundieron con sus compatriotas y los trasladaron a París para celebrar la gloriosa vitoria.
Una vez allí, los engigantes se reprodujeron, sustituyeron los franceses por ocas en su dieta y extendieron por todo el país. El resto es historia.

Que vaya Carlitos

“Españoles: El caudillo está ahora en un sitio muchísimo más bonito que este. Entre las nubes, rodeado de angelitos. Él está con Dios, que es su sitio. Desde allí nos mira con dulzura y se enternece su corazón. A él le gustaría vernos sonriendo y contentos, porque él está sonriendo y contento. Los pajaritos cantan. Las nubes se levantan”. Votación: 5 síes y 4 noes. Adelante.
Aquel era el cuarto discurso que votaban el 20 de noviembre de 1975. El gabinete de crisis estaba reunido para decidir cómo informar a los españoles de la muerte de Franco. Lo integraban el
jefe de informativos de RTVE, el ministro de la Gobernación, Adolfo Suárez; el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro; Carmen Polo, el jefe de los obispos (o un obispo retrógrado), el confesor del Generalísimo, el jefe del Estado Mayor y el príncipe Juan Carlos, que había tenido que abandonar precipitadamente una partida de pócker. Había que informar a los españoles de la muerte, y ese debate había desplazado oportunamente otro que nadie, absolutamente nadie, se atrevía siquiera a sugerir: quién informaría al propio caudillo.

La primera propuesta había partido del tipo de RTVE. De hecho, estaba ya a punto de emitir la noticia en el tono profesional y sensiblero que la ocasión merecía: "Españoles, buenas noches. A las once menos cuarto de esta noche ha muerto Francisco Franco. La trágica noticia... bla, bla, bla... bla, bla, bla... bla, bla, bla...". Después se meterían los enlatados correspondientes con el estilo grandilocuente impuesto por la Dirección General de Hagiografías a la espera de que llegasen las cintas del cámara que estaba en La Paz. Pero hubo sorpresa: en lugar del taxi lo que llegó fue un coche oficial con Arias Navarro dentro. El presidente detuvo aquel dislate y comenzaron las llamadas y llegadas a La Zarzuela.
El segundo intento surgió del jefe del Estado Mayor: "Españoles. Al ocaso y con viento helado de la borrasca de los Pirineos, nuestro caudillo, el Generalísimo Franco, ha caído heróicamente por causas naturales. Honremos al soldado que muere en paz con el Altísimo y en la dicha de su casa después de 40 años invicto en el campo de batalla en su lucha por Dios y por España, causas por las que, a buen entendedor pocas palabras bastan, el ejército está dispuesto a dar hasta la última gota de su sangre. ¡Viva España! ¡Viva Franco!". Pronunció su discurso a voz en grito, con la emoción chorreando las medallas. Fue un vendaval, un elefante que salió de la cacharrería en busca de una perfumería; un arrebato marcial que dejó descolocados a todos los presentes. Nadie pudo detenerle antes de que se sentara a la mesa y leyera su discurso delante de una cámara que no estaba ni emitiendo ni grabando. Se levantó, salió del edificio de doce zancadas y montó en su coche. En la verja de La Zarzuela le indicaron que alguien les había informado de que debía regresar.
Algo de su informe de cabo malencarado había calado. Lo comprobaron pronto, cuando Arias Navarro se atrevió a hablar. El suyo era un obituario institucional, burocrático, estatista, apaciguador, formal, lastimero, pero que plagiaba el comienzo. Y lo peor: no lo tenía escrito. Carmen Polo no confiaba en él; se le veía tan nervioso. El jefe del Estado Mayor le llamó maricón, cobarde y masón. El de los obispos pedía su excomunión. El jefe de RTVE propuso que se pusiera delante de la cámara para hacer una prueba a ver qué tal salía. Y salió así: "Españoles. Franco nos ha dejado y... er... ahora tendremos que apañárnoslas solos. Pero él estará bien, eh! Que seguro que Dios lo tiene en el cielo y bueno, pues, que ahora hay que apretar los dientes y aguantar. Es duro, yo lo sé, pero... somos los hijos de Isabel la Católica y más perdimos en Cuba y volvimos cantando, ¿no? Pues eso". El príncipe, que si el asunto se demoraba mucho más no iba a llegar a la timba, aprobó la oratoria. Fue el único que lo hizo.
Que el confesor lanzara su propuesta cristiana e infantil no tenía relevancia. Aquella no era la frase. Sin embargo, el cansancio general y la beatería acumulada le dieron un disgusto: la Carmen Polo, el obispo, el príncipe (que guardaba un as en la manga, en concreto el de picas) y Arias Navarro votaron a favor. Cinco síes. Suárez alucinaba. El confesor había ganado la primera votación postfranquista: cinco síes frente a cuatro noes.
Cuando todo parecía decidido, el búnker en pleno irrumpió en la sala del Consejo a gritos de "¡Ni votaciones ni hostias! ¿Desde cuándo se vota aquí, comunistas, hijos de la Pasionaria? El caudillo sólo puede morirse por orden expresa del caudillo. Es más, sólo se morirá cuando él decida morirse". Acto seguido, el mismo búnker, de nuevo en pleno, salió hacia Prado del Rey para informar a los españoles que ni el generalísimo ni Johan Cruyff, que dudaba entre revonar con el Barça o volver al Ajax, habían tomado todavía ninguna decisión respecto a su futuro.
Ante la gravedad de la situación -por si no fuera suficientemente grave que se les hubiera muerto el dictador-, la unanimidad cundió por fin en el gabinete de crisis: había que llegar a Prado del Rey antes que los ex combatientes. Cae por su propio peso que los búnkeres tienden a desplazarse bastante despacio, de modo que en circunstancias normales no hubiera significado una gran dificultad adelantarles por el camino. Sin embargo, aquel 20 de noviembre el tráfico estaba colapsado en todo el centro de Madrid, así que había que buscar una solución de urgencia.
Suárez propuso la alternativa aérea, y el príncipe, cuya animadversión hacia Arias Navarro era ya más que evidente, propuso con inquina:
Carlitos, ¿por qué no llamas al Comando Madrid y que te lleve volando, como a Carrero Blanco?
A los pocos minutos aterrizaba en el patio un helicóptero de cuando el finado era corneta. "Si creen que me voy a subir ahí es que tienen sus excelencias unos cojones como el caballo del finado", protestó el director de informativos de RTVE. El príncipe Juan Carlos sonrió, aprobó con la cabeza y con una sonrisa socarrona sugirió: "Que vaya Carlitos". Y así fue como Carlos Arias Navarro consiguió adelantarse al búnker e informar de la muerte del caudillo. Lástima que con las prisas olvidara la chuleta y, dada su escasa facilidad de palabras, sólo acertara a musitar un lacónico "Españoles: Franco ha muerto". Lo de las lágrimas no estaba preparado, pero el bueno de Carlitos se imaginaba en aquel momento la que le iba a caer encima en cuanto informaran al caudillo de lo que había dicho de él.
Hoy, 32 años después de estos hechos, nadie se ha atrevido a informar al generalísimo de su fallecimiento. Franco, en su solución habitacional del Valle de los Caídos, rumia la sospecha de que el apagón comienza a durar demasiado.

El día en que nació el gore

Los gatos se clasifican en dos tipos: los vivos y los muertos. Los segundos se diferencian de los primeros en que no se mueven, no maúllan y al cabo de unos días comienzan a emanar un profundo hedor
Esta premisa, con la que se abre el tercer tomo de la 'Enciclopedia de las especies que habitan sobre la Tierra, algunas de las que lo hacen bajo ella y ninguna de las que están en el agua', sirve de punto de partida para la posterior investigación con la que el profesor Paul Bertrand se adjudicó el premio Nobel en 1967.
En una propuesta revolucionaria para la época, Bertrand sostenía que los gatos no tienen siete vidas, como se había pensado hasta entonces en su Bélgica natal, ni tampoco nueve, como defendían las modernas teorías estadounidenses basadas en los dibujos animados de la Warner Bros. Descartaba también la posibilidad de que fueran inmortales. Ante la incredulidad de la clase científica y en contra de toda la opinión pública mundial, el profesor Bertrand sostenía que los gatos, cuando mueren, sencillamente se mueren, y que bajo ningún concepto disponen de otras seis vidas (u otras ocho, de acuerdo con la tesis estadounidense) para volver a sus quehaceres habituales, que suelen consistir en perseguir ovillos de lana, comer y lavarse con su propia saliva.
Por si el escepticismo científico no fuera suficiente, Bertrand se tuvo que enfrentar con la iglesia, que catalogó sus estudios de "sacrílegos y blasfemos". A juicio de la Santa Madre Iglesia, los gatos, tras morir en su primera vida, son juzgados por el dios de los gatos y pasan sus otras seis vidas (ocho, en el caso de los anglosajones) en el paraíso o en el infierno, según el resultado del juicio. La sola insinuación de que los gatos se morían sin más, sin ninguna vida futura, constituía un anatema. Así lo manifestó el cardenal Antonio María Vouco Rarela, firme defensor de la teoría de que "si ha colado durante 2.000 años con las personas, por qué no va a colar con los gatos".
Decidido a probar su teoría, el profesor Bertrand compró tres cachorros recién nacidos y una semana después convocó a la prensa. Evisceró una sola vez al primero
, atropelló una sola vez al segundo y cortó una sola vez la cabeza al tercero. Ante el estupor general, los mininos se negaron a hacer uso de cualquiera de sus otras vidas y fallecieron al instante. "¿Véis? Están muertos. Los gatos tienen una sola vida", subrayó ufano Bertrand mientras las cámaras se recreaban en primeros planos de los cuerpos destrozados de los felinos.
Ese mismo día la comisión para el Nobel le propuso para el premio, y diez años después la Academia del Cine le concedió el Oscar honorífico, porque también ese mismo día Paul Bertrand había inventado el 'gore'.

El fallo del Pitu Cattenaglia

Faltaban sólo cinco minutos para el final y el balón colgado y mal despejado por uno de los centrales cayó mansamente en el área pequeña, donde lo esperaba para rematar, con el portero ya batido tras una mala salida. El Pitu Cattenaglia armó la pierna, encaró la portería y conectó un potentísimo disparo que se estrelló contra el banderín de córner.
La sorpresa de la grada pronto derivó en risa, nada fuera de lo normal tras un error tan garrafal jugando como visitante, pero de pronto una voz desencajada a su espalda desconcertó completamente a Cattenaglia:
Qué malo eres!
El Pitu no podía creer lo que estaba oyendo, y mucho menos el insólito panorama que se encontró al darse la media vuelta. Fuera de sí, con gesto desgarrado y mirada desafiante, el árbitro, señor Schröler Marín, se le acercaba a la carrera mientras gritaba vehemente:
Ni puta idea! ¡No tienes ni puta idea!
-¿Qué está diciendo? -balbuceó un confundido Cattenaglia cuando el árbitro llegó a su altura.
-¿Pero a tí quién te ha enseñado a jugar al fútbol? ¿Te ha tocado la ficha federativa en una tómbola? -le espetó el colegiado.
-Pero...
-¡Ni pero ni hostias! ¿Tú es que estás ciego o qué? ¡Con el empeine, tenías que haber chutado con el empeine, no con el exterior! ¡Tarjeta amarilla!
-Pero...
-¡Que ni pero ni hostias, te he dicho! ¿Pero cómo se puede ser tan malo? Ya está bien, ¿no? ¿Sabes qué te digo...? Que tarjeta roja.
Aunque Cattenaglia era incapaz de comprender lo que ocurría, a la vista de la tarjeta entendió que, por absurda que pareciera la situación, estaba expulsado. Con gesto digno y serio,emprendió el camino hacia el túnel de vestuarios mientras el árbitro, al que intentaban sujetar los jueces de línea, le despedía desafiante entre exabruptos y brabuconadas:
-¿Cuánto te han pagado, eh? ¿Cuánto te han pagado? Porque ni siquiera alguien tan malo como tú puede fallar un gol tan claro.
Aquellas palabras colmaron su paciencia y sus compañeros tuvieron que interponerse para evitar que el Pitu Cattenaglia se lanzara contra el colegiado. Tras frotarse repetidamente los ojos y arrojarse una botella de agua por la cabeza para comprobar que estaba despierto, el entrenador, para evitar males mayores, le pasó el brazo por la espalda y le acompañó al vestuario.
Entretanto, y en cinco minutos de confusión, el equipo local, ya con un jugador más, había conseguido marcar y tornar la derrota que se veía venir muy poco tiempo antes en victoria. La reacción del árbitro no se hizo esperar, y tres cuartos de hora después declaraba ante la prensa: "Yo no quiero pensar mal, pero lo que no puede ser es que uno trate de hacer su trabajo lo mejor posible y el error de un futbolista impida que gane el mejor". Más contundente aún fue su respuesta a la pregunta de uno de los periodistas: "Sí, siento que este año los futbolistas nos están perjudicando, especialmente Cattenaglia, que ya en la primera vuelta se marcó un gol en propia puerta cuando había bajado a defender un córner. Nosotros trabajamos para arbitrar correctamente y que gane el mejor, pero el buen trabajo de todo el partido se nos ha venido abajo por el fallo de Cattenaglia. Los futbolistas a veces te dan y a veces te quitan, pero este año se están equivocando constantemente en contra de los árbitros, y eso da que pensar".
En aquel mismo momento el delantero abandonaba el estadio: "¡Sé dónde vives!", le gritó desafiante el colegiado. Aquel mismo día el Pitu Cattenaglia comenzó los trámites para su traspaso a la liga húngara, y desde aquel mismo día todos los partidos arbitrados por Schröler Marín terminan en goleada: ningún delantero se ha atrevido desde entonces a desaprovechar una ocasión en su presencia.

La vigilia ovina

Me llamo Lucera y llevo tres meses sin dormir. Todo empezó el 23 de abril, mi primer día en mi nuevo trabajo como saltadora, y desde entonces estoy sometida a unas condiciones que hasta una oveja como yo considera inhumanas. Atrás han quedado los tiempos en que rebaños enteros se apiñaban antes de cada sueño para saltar una valla. Según llegaron al poder, los 'neocon' aprobaron una regulación de empleo, sacrificaron al 98% del ganado y ahora el trabajo lo hace una sola, de modo que si alguien cuenta 327 ovejitas para dormir tengo que saltar otras tantas veces una valla, correr para salir del plano, dar la vuelta sin colarme en el encuadre y volver a aparecer a la izquierda del sueño para saltar de nuevo.
El país de los sueños nunca había dado tantos beneficios, pero yo estoy agotada. Una vez consigo que el maldito insomne que me han asignado se duerma, tengo que doblar turno y ocuparme de un vigilante nocturno que llega a su casa a las ocho de la mañana atiborrado de anfetaminas, para después ayudar a echar la siesta a una funcionaria adicta al café. Y yo me pregunto: Si saben que después no van a poder dormir, ¿por qué se ponen ciegos a estimulantes?
Pero por más que protestamos, estamos encasilladas como especie de contar y nadie, salvo algún ganadero bienintencionado, nos ofrece otro trabajo, a pesar de que está científicamente demostrado que contar ovejas aburre a cualquiera, pero no duerme a nadie, tal como afirman nueve de cada diez pastores, que en lugar de contarnos prefieren hacernos cositas. La paga tampoco es muy buena, pero por lo menos te asean y esquilan la lana de vez en cuando, la comida esa fresca, se puede trabajan al aire libre y quizá otra cosa no, pero nadie podrá decir que no se siente el calor humano del jefe, como lo sentía yo con el Eusebio.
Pero las explotaciones ganaderas ya no dan beneficios, y el señor Eusebio vendió la explotación para que en el solar construyeran una planta de Coca Cola, como si no tuviéramos suficientes excitantes. En definitiva, que me cago en la Coca Cola, en la chispa de la vida y en la sensación de vivir. No duermo nada, me siento muy sola y yo solo quiero volver con el señor Eusebio.

El Diario de Blanco

La reciente disolución del PUT-Primera Asamblea ha sido objeto de controversia en diversos sectores de la política nacional. Un año después de la desaparición del Partido Unificado de los Trabajadores, Diego Blanco publica su diario, a través de cuyas páginas se puede reconstruir la breve pero intensa historia de la formación. Blanco fue vicesecretario general del PUT entre marzo y noviembre de 1987. Y después, de diciembre 1989 a enero 1991. Y de nuevo en abril de 1992. Un año antes casi había sido elegido concejal.
Publicamos aquí un extracto de su 'Diario de Blanco', donde el también autor de 'Las ideologías han muerto o al menos yo no sé dónde he dejado la mía' recorre en primera persona aquella época turbulenta.

28 de enero de 1987
Estrada ha impuesto sus tesis revisionistas en el VIII congreso. Indignados, hemos constituido el Partido Unificado de los Trabajadores (PUT), fiel a las tesis primigenias sobre las que nació el Partido de los Trabajadores Unidos (PTU), abandonadas durante el nefasto liderazgo de Estrada.

1 de marzo de 1987
El I congreso del PUT ha sido un éxito. Nuestras premisas han convencido a todos los delegados, a toda la militancia. Sólo en el último momento se ha creado un pequeño grupúsculo disidente, si bien su representación no pasa de simbólica y se reduce al 50% de los afiliados.

13 de diciembre de 1988
En asamblea hemos decidido renovar los órganos del PUT y expulsar al grúsculo disidente. Como somos menos, también discutimos menos, y nuestra nueva denominación, PUT-Primera Asamblea, nos distingue de la disidencia del viejo PUT (ahora PUT Auténtico), al que sospechamos aliado del PTU.

2 de agosto de 1990
El I congreso del PUT-Primera Asamblea ha decidido por unanimidad del 43% condenar la alianza entre el PUT Auténtico y Nueva Unidad, núcleo troskista que se escindió del PTU justo antes de que nos escindiéramos nosotros.

20 de enero de 1991
Nuestro compromiso obtiene recompensa. El PUT-Primera Asmablea ha logrado un esperanzador 0,7% de los votos en las elecciones locales, lo que comparado con el 0% que esperábamos nos confirma como una fuerza en crecimiento. El PTU, sin embargo, se bate en retroceso, y con sólo el 5,8% de los sufragios vive un duro debate interno en el que el sector maoísta acusa a los socialdemócratas de la fuga de votos hacia nuestra formación y las otras cuatro escisiones que han sufrido en los últimos seis meses. PUT Auténtico y Nueva Unidad han logrado un 4%, pero sus dos concejales se enfrentaron en la jura del cargo y se han vuelto a disgregar. Por último, Unidad Progresista ha hecho honor a su nombre y ha progresado en número de votantes: ya tienen dos y desde hoy mismo el partido ha pasado a denominarse Paridad Progresista.

12 de septiembre de 1991
Los socialdemócratas del PTU se han aliado con el Partido Socialdemócrata en Unidad Social, lo que nos deja expedito el espacio electoral de la verdadera izquierda. Por desgracia, estamos empezando a encontrar serios problemas para llenar ese espacio, porque nuestros socialdemócratas también se han unido a las huestes neoliberales de Unidad Social. La buena noticia es que hemos conseguido convencer al secretario general de que vote por nosotros en las próximas elecciones.

10 de marzo de 1992
El secretario general ha hecho un llamamiento a Nueva Unidad para incorporarse a nuestro partido. Los comunistas, indignados, se han escindido en Unidad Comunista. No deben ser una competencia real en las próximas elecciones, puesto que sólo constituían el 20% de nuestra ya exigua militancia, es decir, doce personas.

15 de abril de 1992
La unión con Nueva Unidad no ha prosperado. Los troskistas exigían la presidencia de la alianza, y nuestro secretario general, decidido a luchar por su cargo como única forma de garantizar la pureza ideológica del partido, se ha atrincherado en su despacho a gritos de "De aquí no me mueve ni Carlos Marx".

22 de abril de 1992
Inmediatamente después de que el secretario general se declarara ecocomunista, el PUT-Primera Asamblea ha convocado un congreso extraordinario para destituirle fulminantemente. Sus acólitos se han afilado a Nueva Unidad, formación en plena deriva ideológica desde que se alió con el Partido Socialista Revistionista. Los antiguos líderes de Nueva Unidad, a su vez, se han hecho con el control del PTU. Atravesamos una travesía del desierto, sin cabeza de cartel para la campaña electoral que se avecina. Los más pesimistas temen una nueva escisión a medio plazo en nuestro partido. Los más optimistas, por el contrario, la ven inminente.

29 de abril de 1992
"Afronto con ilusión este nuevo proyecto y espero contribuir a que se reúnan a nuestro partido todos los trabajadores sin excepción. El futuro es nuestro y no de los otros". Son las palabras de Estrada, nuevo líder del PUT-Primera Asamblea, un partido moderno y renovador, aunque el PTU nos acuse de revisonistas.

15 de mayo de 1992
Hemos experimentado una caída sostenida y es tiempo para la autocrítica. Los 13 votos que hemos cosechado en las legislativas se nos antojan escaso bagaje, sobre todo si tenemos en cuenta que nuestra Ejecutiva Federal está compuesta por 25 miembros. Dos adujeron que estaban enfermos y otros 10 que no tenían muy claro cómo se llama nuestro partido, de modo que al llegar al colegio electoral se equivocaron de papeleta y votaron por los rivales.

16 de mayo de 1992
Estrada dice que está harto de nosotros y nuestro afiliado amenazaba con dejar de pagar las cuotas, de modo que hemos decidido disolver el partido. La campaña del Estado contra el PUT-Primera Asamblea ha conseguido derrumbar nuestro proyecto.

La mafia Krazovsky

-Todo tiene un precio, y el precio son 12.000 euros. Eso o tendrá que guardar las cenizas de su padre en un vaso de Nocilla.
Desde 1937 el tráfico de urnas estaba monopolizado por la siniestra organización del avieso doctor Kotobrzeg, un inmigrante polaco que con los años se había convertido en un auténtico poder fáctico en la ciudad. Ninguna convocatoria de elecciones, ninguna incineración de cadáveres, ninguna comunión, tenía lugar sin el consentimiento de Kotobrzeg, cuya red de tráfico de urnas dominaba todo el municipio y amenazaba con extenderse a todo el país. Juntas de distrito electoral, empleados de funerarias, sacerdotes, órdenes religiosas coleccionistas de reliquias, crematorios, la Junta Electoral Central... toda la sociedad estaba bajo el dominio de Kotobrzeg. Su alargada mano llegaba a todas partes. En cualquier crematorio, en cualquier edificio público, en cualquier iglesia había algún empleado a sueldo del capo de las urnas.
Años atrás, un grupo de valientes sacerdotes había tratado de desembarazarse del yugo del polaco, pero después de tres meses guardando las hostias en un bote de Cola Cao claudicaron ante la insoportable presión de la mafia Krazovsky, que tenía también en nómina a todos los orfebres de la zona.
Roman Krazovsky había llegado a Nueva York 40 años antes huyendo de un traficante de hueveras y coquillas que había asesinado a sus padres. Sin ninguna documentación que le identificara, los funcionarios de inmigración leyeron en su pasaje el puerto de procedencia, que no era otro que Kotobrzeg, y así le asentaron, sin saber que quien desde entonces pasó a llamarse Roman Kotobrzeg iba a alumbrar la familia más influyente de la ciudad desde el temido Clan de Queens, que en los años veinte llegó a controlar todo el comercio de cuerdas de guitarra.
Criado en un barrio marginal, Kotobrzeg aprendió pronto a salir adelante por sus propios medios. De vendedor de pipas de girasol pasó a voceador de periódicos y de ahí, a vendedor de puros. Eran otros tiempos: las leyes antitabaco no estaban tan desarrolladas y cualquier joven podía ganarse la vida vendiendo los puros de contrabando que llegaban al puerto procedentes de la Cuba castrista. Pero eso no era suficiente: el contacto con la marginalidad y su desmedida ambición le empujaron a urdir un plan con el que pondría en marcha un ingente negocio.
El 14 de marzo, un día antes de que se celebraran las elecciones del distrito, Kotobrzeg robó todas las urnas de la ciudad. El alcalde, reunido con su comité de crisis, solicitó al resto de estados que le en viaran por correo urgente una nueva provisión de urnas, pero el frío polaco ya tenía prevista esta posibilidad y tres meses antes había invitado a todos los fabricantes de urnas del país a una suculenta comida consistente el alubias rellenas de garbanzos. Pocos días después, todos los urneros entraron en combustión expontánea provocando una crisis de suministro de urnas sólo comparable a la gran escasez de cuerdas de guitarra de 1925. En definitiva, las urnas Kotobrzeg eran no ya las únicas de la ciudad, sino de todo el país, y las posibilidades de importarlas desde una Europa asolada por las dictaduras fascistas eran realmente escasas, de modo que la Junmta Electoral Central tuvo que comprar a precio de oro las urnas que el porpio Kotobrzeg les había robado 24 horas antes.
Más fácil todavía fue hacerse con el mercado de urnas funerarias. Kotobrzeg iba de crematorio en crematorio y se presentaba como el director ejecutivo de la Concejalía de Sanidad: "Tiene todo el local perdido de ceniza. O lo tiene limpio para este mediodía o nos veremos obligados a precintar las instalaciones", les amenazaba. Naturalmente, los empleados se deshacían de las cenizas y, cunado la familia del finado reclamaba sus restos, Kotobrzeg vendía a las funerarias la ceniza que había ido recopilando a lo largo de sus muchos años como vendedor de puros para hacerlas pasar por las del difunto. Siempre por un precio y siempre bajo la condición de que firmaran con él un contrato en exclusiva como proveedor de urnas.
Así llegó Kotobrzeg a la cumbre y así hubiera continuado enriqueciéndose si los servicios secretos de los Templarios, el Priorato de Sion, los mormones y el contubernio judeo-masónico no hubieran rellenado de alubias rellenas de garbanzos los dos sobaos que el capo desayunaba todas las mañanas. Después de tres días emanando metano, Kotobrzeg entró en combustión expontánea el 21 de octubre de 1987. Dos años después, otro polaco que vivía en El Vaticano le canonizó como patrón de los urneros.

El piñón de la discordia

Se llevaban a partir un piñón. Y el piñón les partiría a ellos.
Se conocían desde niños.
Biyip Satiharduk, nacido en Tirana en 1904, era hijo de un abogado de patentes integrante de la administración otomana que huyó de Albania durante la depuración de cargos públicos por parte del nuevo gobierno nacionalista de 1912. Llegaron a Katmandú (Nepal) donde un ex diplomático turco amigo de la familia les ofrecía un puesto de trabajo acorde con la valía de tan ilustre abogado.
Y del mismo modo que la independencia albanesa les supuso a los Satiharduk hacer las maletas, Tsiu-chu tuvo que liarse la manta a la cabeza y cruzar medio Himalaya, de Lhasa (Tíbet) a Katmandú, a donde llegó, solo, un 14 de marzo de 1913, el día de su décimo cumpleaños.
Su nombre venía a significar “de estirpe servicial” según el Tocho cheli recientemente reeditado por la Sociedad General de Autores y Editores de Nepal. Lo cierto es que su madre hacía ciertos servicios en un destacamento del invasor ejército chino, lo cual no era un buen expediente ante las autoridades civiles y religiosas del Tíbet independiente. Tsiu-chu llegó a Katmandú siguiendo a un perro del que no se comió nada hasta las puertas de la ciudad que cambiaría su destino.
Antes de que llegaran los hippies, Katmandú era una ciudad normal y corriente. En medio de las montañas pero normal y corriente: con sus mercados, con su élite de diplomáticos internacionales, con sus ladrones… Delante del puesto de piñones Tsiu-chu convenció con firmeza a Biyip de que le diera toda su pasta. Pero el problema idiomático permitió que no se entendieran y comenzase aquella hermosa amistad.
El piñón era un producto poco común en Katmandú por las dificultades del transporte de mercancías desde Lhasa, donde se producía en grandes cantidades. A los dos niños les gustaba por igual el sabor de aquel fruto. Compartieron piñones aquella tarde y varias más en las que fueron superando las barreras de comunicación como Dios les dio a entender. Los piñones eran su único tema de conversación.
Tsiu-chu había aprendido al otro lado de la frontera todo lo que hay que saber sobre las especies de pinos y la variedad de piñones y sus posibilidades. Biyip tenía la visión comercial necesaria: había visto desde crío que la gente sólo patentaba objetos, aparatos, maquinaria; si patentasen sus ideas tendrían posibilidad de ganar mucho más.
Comenzó la producción y la elaboración: champú de piñones, mermeladas de piñones, aceites de piñones, piñones molidos, piñón con sabor a melón, piñones congelados (si algo sobraba en el Himalaya era hielo), piñón bebible, vino de piñón, piñones fritos en aceite 100% de piñón, e incluso se atrevieron a entrar en el mundo de la joyería con el piñón de oro.
A través de los contactos de su padre, al joven Biyip no le costó demasiado colocar sus productos en los círculos más selectos de una Europa que, tras el fin de la Primera Guerra Mundial, pedía la artificiosa alegría que les llevase a los felices años 20.
Las patentes, negocio en el que Biyip iba por libre, caían como moscas. El mercado que se estaban inventando para el piñón estaba cerrado para competidores. Todo salía a la perfección.
Biyip y Tsiu-Chu se convirtieron en los mayores empresarios de Nepal. Se codeaban con la élite mundial y bebían piñón en almíbar en cristal de Bohemia. Conquistas, aventuras, éxito internacional, implantación entre la nueva gastronomía con recetas como la tortilla de bacalao y piñones… De Montecarlo a Moscú, de Nueva York a Venecia el mundo estaba a sus pies. Biyip se aficionó a las intrigas diplomáticas, como en el fondo su padre siempre había deseado. Tsiu-Chu al incipiente deporte del ciclismo.
En 1930 conoció a Tullio Campagnolo y se embarcó en su proyecto de construir las mejores bicicletas de competición del mundo. La prodigiosa mente mecánica que atesoraba el italiano en su cabeza, unida al conocimiento empresarial que había acumulado Tsiu-Chu permitió el espectacular crecimiento de la marca. El chino seguía triunfando y su imperio crecía más allá de los piñones. Pero toda gloria es efímera.
Ocho meses de trabajo le había llevado a Tullio Campagnolo desarrollar la joya mecánica que había de revolucionar el mundo ciclista. Una pieza capaz de multiplicar la fuerza ejercida en cantidades nunca antes vistas. Su mayor orgullo. Cuando se la presentó a su socio se le caían las lágrimas. El 14 de junio de 1934 Tsiu-Chu, siguiendo el ejemplo de lo que había visto a hacer a Biyip cada vez que lanzaban un producto, presentaba en el registro el piñón de oro.
La coincidencia de nombres provocó los problemas. Biyip no quiso ceder la marca a su amigo de la niñez y Tsiu-Chu trató de ganarla en los tribunales. Se enzarzaron en una loca batalla legal que vaciaba los bolsillos de ambos mientras que los piñones se los llenaban de nuevo a los dos. Y en estas les pilló la Segunda Guerra Mundial, el mercado del piñón se vino abajo y se acabó el lujo y el éxito.
Ni siquiera en su derrotado regreso a Katmandú fueron capaces de solucionar sus diferencias. Aquella discusión habrían de resolverla como se hace en las montañas del Himalaya: dos piñones encima de la mesa y dos cabezas para partirlos. El que lo lograse antes ganaba. Tsiu-Chu se lo clavó en el primer intento y murió en el acto. Biyip se negó a continuar la partida. Los padrinos acordaron, según la costumbre, obligarle a la ingesta de piñones hasta la muerte. Y así lo hicieron.
Mientras tanto, en Italia, tras el accidente de gasolinera de Mussolini, los tribunales dieron la razón a Campagnolo-Chu Inc., ya para entonces refundada como Campagnolo. El piñón de oro llegó al mercado y supuso la revolución definitiva del ciclismo como su creador había predicho.