Sharunas Marchulenis siempre fue un tipo realmente extraordinario. No sólo marcó una época en las selecciones soviética y lituana, sino que era capaz de resolver una integral con una paradoja -aspecto del que nos ocuparemos en otra ocasión- y estaba dotado de una extraordinaria capacidad musical innata.
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Sharunas Marchulenis siempre fue un tipo realmente extraordinario. No sólo marcó una época en las selecciones soviética y lituana, sino que era capaz de resolver una integral con una paradoja -aspecto del que nos ocuparemos en otra ocasión- y estaba dotado de una extraordinaria capacidad musical innata. Ya su propio nombre constituía un pegadizo estrillo. Su extraordinaria musicalidad -léase charunasmarchuleinis-encierra una melodía aplicable a prácticamente cualquier género: desde Camarón de la Isla a Bruce Springsteen, desde Chet Baker a Joaquín Sabina, un sinfín de músicos habían barajado la posibilidad de colaborar con el escolta, pero finalmente fue Andrew Lloyd Weber quien consiguió embarcar al ex jugador en un proyecto tan atrevido como ambicioso: convertir su vida en un musical de Broadway.
Sin embargo, el choque de talentos fue inevitable. Ambos querían firmar la partitura, y finalmente Marchulenis se fue con su musicalidad a otra parte. Desde 1996 pone música a buena parte de los temas de Bob Dylan.
Oz parecía una carnicería, un amasijo de cadáveres amputados y bañados en sangre. El Mago había cometido un error, un enorme error. Nunca debió tratar de engañar al Hombre de Hojalata, y mucho menos dejarle salir de Palacio con vida. Una sencilla operación, unas palabras mágicas, un último esfuerzo presupuestario, hubieran bastado para evitar la masacre o al menos para ganar tiempo, pero ya era tarde: el Mago estaba lejos y Oz parecía una carnicería.La tragedia llevaba días fraguándose. El Hombre de Hojalata había llegado a Oz capital junto a Dorothy, el León Cobarde y el Espantapájaros para plantear al Mago sus reivindicaciones tras una larga marcha a lo largo del Camino de Baldosas Amarillas en la mayor acción sindical que se recordaba en las últimas décadas gracias al apoyo del Sindicato de Fabricantes de Latón y de la Unión de Conserveros.
La lista de exigencias era sencilla: un corazón para cada hombre de hojalata y, obligado por las circunstancias, un deseo para cada uno de los tres oportunistas que, al abrigo de la colosal trascendencia mediática que había adquirido la protesta, se le habían unido por el camino para aprovecharse de las circunstancias. El León Cobarde vio una oportunidad perfecta de conseguir algo de valor; el Espantapájaros, un cerebro con el que recuperarse de su reciente lobotomía; y Dorothy… lo de Dorothy nadie lo comprendió: quería regresar a su Arkansas natal. No a París, ni a Nueva York ni a Barcelona, sino a un lugar tan anodino como Arkansas, pero era su deseo y tenía derecho a pedir lo que quisiera, especialmente después de que la muy arpía se hubiera hecho con los zapatos de la Bruja del Este con una sucia maniobra que había terminado con la hechicera empotrada en el suelo, a modo de calcomanía de tamaño natural bajo una enorme casa de agricultores.
El caso es que después de una agotadora serie de incansables jornadas de marcha el Hombre de Hojalata y sus acólitos llegaron a la corte mágica al borde de la extenuación pero esperanzados en que el Comité Central del Partido Único de Oz atendiera sus peticiones. Más aún, esperaban mantener una reunión de primer nivel con el mismísimo Mago, necesitado de una inyección de popularidad como la que le podía dar la definitiva resolución del endémico conflicto de los hombres de hojalata tras la crisis desencadenada por la desamortización de los latifundios de la Tierra del Oeste.
Aquella maniobra, destinada a incrementar la productividad de los yermos y infraexplotados campos del Oeste, no había dejado satisfecho a nadie: los terratenientes se habían rebelado contra la abolición de sus privilegios y los jornaleros veían con decepción una a sus ojos tímida reforma que no había puesto la propiedad de la tierra en sus manos.
El Mago se veía así necesitado de un golpe de mano que le reconciliara con los medios de comunicación y con su pueblo, y la larga travesía del Hombre de Hojalata, cuya causa había emocionado hasta el pleonasmo a los ozianos, le ponía la oportunidad en bandeja. Con la aquiescencia del Comité Central, en el que sólo se opusieron dos díscolos rápidamente acusados de revisionistas por el mandamás de Oz en una hábil maniobra que terminó con la pareja de disidentes deportados a la fría Tierra del Norte.
La reunión tuvo lugar, como no podía ser de otra manera, en la sala de recepciones. El Sindicato de Hojalateros acampaba en los Jardines de Palacio y el Mago resplandecía de divinidad, seguro de dominar la situación, de tener a su alcance la maniobra definitiva que le consolidara definitivamente en el poder, legitimado por aclamación ante un populacho que, si bien en los últimos meses se había mostrado algo dubitativo frente a su gestión, se había revelado como fácilmente manipulable.
Así llegó el Hombre de Hojalata al que confiaba en que iba a ser su gran día. Oz les esperaba acodado sobre la mesa de la Sala de Recepciones y tras los protocolarios saludos le inquirió por sus reivindicaciones. El portavoz hojalateño planteó con solemnidad sus exigencias: valor para el León, un cerebro para el Espantapájaros, el absurdo e inexplicable deseo de Dorothy de regresar a Arkansas y, por encima de todo, un corazón para sí mismo y otro para cada uno de los hombres de hojalata del País de Oz. Naturalmente, el Mago no estaba dispuesto a ceder a ninguno de los puntos del pliego de exigencias, pero había estudiado hasta el hartazgo el modo de manipular la situación a su favor gracias a sus grandes dotes retóricas, las mismas que le habían encumbrado en el poder y con las que había conseguido convencer a todo el pueblo de que era un gran hechicero, casi un mesías, pese a que en realidad ni siquiera fuera capaz de transfigurar el agua en vino o caminar sobre las aguas. La peligrosa y omnipresente Ozitate, la policía secreta de Oz, había seguido en la sombra todo el movimiento del gremio de los hombres de hojalata. Un agente de incógnito se había infiltrado ya en la primera reunión clandestina en la que se comenzaron a fraguar las protestas y había seguido cada uno de los pasos de la marcha a la capital a través del Camino de Baldosas Amarillas, de modo que el hombre fuerte del país había estado pormenorizadamente informado de todas las novedades a lo largo del viaje.
Aprobar una ley por la que el Estado se obligara a procurar un corazón a cada hombre de hojalata era un gasto insostenible para las extenuadas arcas de Oz, completamente agotadas tras el pago de indemnizaciones con las que sufragar la controvertida desamortización de la Tierra del Oeste. La retórica entraba ahora en juego y el Mago estaba dispuesto a poner en práctica sus dotes de encantador de serpientes con un discurso tan elaborado como vacío que debía tornar la situación a su favor:
“Tú, León, ya has demostrado valor al defender a tus compañeros durante un peligroso viaje. Tú, Espantapájaros, has probado tu inteligencia para resolver las complicadas situaciones que os han surgido. Tú, Hombre de Hojalata, has conseguido hacer muchos y nuevos amigos, algo sólo al alcance de alguien con un enorme corazón. En cuanto a ti, Dorothy. ¿En serio que deseas volver a Arkansas? ¿Pero por qué?”.
La táctica del Mago tuvo éxito y consiguió embaucar a sus interlocutores, en especial al estúpido Espantapájaros, de modo que todos ellos abandonaron la sala ufanos de su éxito pese a no haber conseguido realmente nada. Todos menos Dorothy, a la que el mago pidió que se quedara a contarle sus impresiones sobre la recién explorada Tierra de Oz mientras él exploraba otras partes de la anatomía de la muchacha.
Aunque el engaño se caía por su propio peso, todos tardaron en descubrirlo y aún más en reaccionar. El León Cobarde no se atrevía a encararse con el Mago, el Espantapájaros seguía siendo demasiado idiota para caer en la cuenta de la treta y Dorothy prestaba ya más atención a las nuevas sensaciones que estaba experimentando con el mago que a su perorata de Arkansas. Sólo el Hombre de Hojalata supo pasar a la acción, y regresó encolerizado a Palacio. Él no quería una metáfora barata sobre las dimensiones del amor y de la capacidad afectiva, sino un auténtico corazón: el órgano, el músculo, la víscera sanguinolenta. Un corazón, en fin, con existencia física y no sólo metafísica que pudiera colocar en su pecho. Y así se lo iba a hacer saber al Mago.
Así se fraguó la Revuelta de los Hombres de Hojalata, que tomaron el Palacio y las sedes del partido, correos y la policía ante la mirada aterrorizada de un ejército incapaz de contener a los revolucionarios con unas balas que tan pronto entraban en sus cuerpos de latón como salían, haciendo inútil el “Disparen al corazón” que el jefe del Estado Mayor había dictado como consigna.A las pocas horas el Hombre de Hojalata controlaba casi todo el país, pero durante el golpe relámpago, el Mago se las había arreglado para transferir nuevos fondos a sus cuentas suizas y arramplar con gran cantidad del patrimonio histórico exhibido en Palacio para trasladarlo como valija diplomática al País de las Nubes, donde el Cirro Mayor, también conocido como “el sucio cirrótico”, le había ofrecido asilo. En su viaje en globo tuvo incluso tiempo de arrojar sobre la maldita Arkansas a Dorothy, que en sólo unas horas ya empezaba a hablar de formar una familia y trataba de organizar el Gobierno de Oz en el exilio. Con la niña repelente fuera del pasaje el globo aerostático perdió lastre y permitió llegar al depuesto líder oziano a tiempo para ver los periódicos nubeños de la mañana, que informaban sobre el Golpe de los Hojalatiegos.
Por fin, el Mago cayó en la cuenta de que debía haber accedido a las exigencias del Hombre de Hojalata, que pocas horas después había aprovechado el vacío de poder para hacerse con el control absoluto del aparato del Estado y acceder a la presidencia del Comité Central del Partido Único. Su primera decisión había sido tan traumática como previsible: todos los hombres de hojalata tenían derecho a un corazón y, ya sin hechicero capaz de concedérselo mediante un hechizo y sin fondos para acudir al tráfico ilegal de órganos, quedaban autorizados a tomarlo por las buenas allí donde lo encontraran.
Pronto se comprobó que el lugar en el que más sencillo era encontrar un corazón vivo era el pecho de los ozianos. En concreto, se solían localizar en proporción de uno a uno; es decir, un oziano, un corazón. Y así comenzó la masacre de Oz. Los hombres de hojalata comenzaron a hundir sus metálicos puños en el corazón de sus paisanos hasta encontrar una víscera que se ajustara a sus necesidades, y las calles, los bosques, los montes e incluso el mismísimo Camino de Baldosas Amarillas amanecieron rebozados de cadáveres sanguinolentos y amputados y de robots que trataban de hacer un lugar para su nueva víscera entre el módulo de memoria virtual y el sensor de movimientos.
Del Espantapájaros y el León Cobarde nunca se volvió a tener noticia. Su rastro desaparece en la historia como si en aquel mismo momento se hubieran difuminado hasta dejar de existir, mientras los corazones su pudrían en el pecho de unos hombres de hojalata que comprobaron demasiado tarde que sin sistema circulatorio era francamente difícil mantener el órgano vivo y virtualmente imposible conseguir que latiera.
En aquel mismo momento comenzó en Oz el gobierno del terror del Hombre de Hojalata, coronado poco después como Hombre de Hojalata I, aunque pasó a la historia con el sobrenombre de ‘Corazón de León’. Ya era el hombre fuerte del país, y poco importaba que Oz pareciera una carnicería.
María del Mar Medina Pomalengo, hija natural de Ildefonso Medina y de su empleada doméstica, Alfonsina Pomalengo. Esta era la verdadera identidad de quien durante cerca de 40 años gobernó España con mano de hierro.La joven María del Mar era una muchacha apocada y pizpireta, y creció feliz en el Santander de principios de siglo hasta que su madre se trasladó a Ferrol para trabajar en casa de los Franco, una familia de clase media acomodada ansionsa de crecer tanto económica como numéricamente. Sin embargo, el matrimonio aún no había tenido descendencia y los años pasaban inmisericordes para los Franco, que se veían cada vez más mayores para formar una auténtica familia.
Precisamentge en esta época entró Alfonsina Pomalengo en su vida. Ya cerca de los 40, llegó a la casa ferrolana con la jovencita María del Mar y sus tiernos seis años en el regazo. "¡Pero qué nena más mona!", dijo la señora Franco con una sonrisa que se le congeló según la niña la miró. Aquello era lo más feo que había visto en su vida. En realidad, perecía más un niño mal formado que cualquier cosa que pudiera recordar al género
femenino, una evidencia que rápidamente puso de manifiesto el señor Franco.
"¿Y si la adoptamos?", propuso la señora Franco. "Pero si parece un niño", protestó su marido. "Precisamente por eso. Como es tan bajita y tan poca cosa, bien puede aparentar sólo tres años: Podemos decir que ha estado ese tiempo en La Coruña con sus tíos y llamarla Francisco, como tú, que hay que mantener el apellido. Seguro que a Alfonsina le parece bien".
Antge este argumento don Francisco no duró. El apellido era lo primero y, al fin y al cabo, hacer pasar a María del Mar por un muchacho, aunque un tanto afeminado, tampoco iba a ser muy complicado. Para despejar toda duda, su nuevo padre alistó a Franquito -así le llamaban- en el ejército, donde el joven recluta pidió África como destino.
Las escaramuzas de las milicias de Abd-El-Krim hicieron el resto. Si Franquito ya tenía fama de afémila, una vez un disparom le alcanzó en el bajo vientre todas las dudas se despejaros: pasó de afeminado a herido de guerra, después de que una bala le hubiera volado lo que sus compañero pensaban que debían ser necesariamente sus huevos. No volvieron a surgir dudas sobre su hombría y se achacó su aflautada voz -y todas sus afeminadas maneras- al africano incidente.
Poco tiempo después, en una visita a Oviedo durante un permiso, el castrati conoció a Carmen Polo. Cómo nació Carmen Franco es aún un misterio con el que puede estar relacionado don Francisco padre. El resto es historia.
"Este pendejo de Ernesto me está quitando todo el protagonismo". La protesta de Fidel Castro pone de manifiesto una ligera y progresiva antipatía hacia el Che Guevara que algunos autores ya han insinuado en varias ocasiones. Sin embargo, lo que nadie había podido aclarar hasta el momento es el verdadero motivo del progresivo distanciamiento de los dos grandes líderes de la Revolución Cubana.Todo comenzó en 1955, cuando Camilo Cienfuegos alabó en público la barba del argentino. Fidel, que siempre había sido un tipo muy preocupado por la estética, cayó en la cuenta que con esa cara afeitada, con ese aspecto barbilampiño sólo matizado por un pequeño bigote, no podía ir muy lejos. Esta sensación, que ya empezaba a preocupar al mayor de los Castro, se tornó siertamente inquietante cuando su hermano Raúl le recomendó fijar como prioridad de la Revolución conservar todo su pelo, porque de perderlo, la calva y el bigote le podrían dar un alarmante parecido con un gallego bastante cabrón que mandaba en España y respondía al nombre de Francisco Franco. Ya no sólo necesitaba una barba, sino mantener bien a cubierto su cuero cabelludo.
Esta reunión cambió los planes del líder cubano, que tenía previsto dejarse una prominente calva para parecerse más a Lenin. Sin embargo, la sugerencia de su hermano tuvo efecto y a partir de ese mismo día la protección del pelo de Fidel fue declarada prioridad revolucionaria. Nadie podía acercarse a menos de tres metros del cabello del comandante si antes no había recibido una autorización expresa del Subsecretariado Capilar. Sólo su peluquero podía acceder con cierta libertad al revolucionario pelo para arreglar e incluso cortar, si no hubiera más remedio, sus revolucionarias puntas.
En 1956 Fidel ya lucía una barba tan tupida como la del Che. O incluso más, porque en reducidos círculos revolucionarios ya se empezaba a comentar que el comandante -en adelante Guevara, parea evitar confusiones con el otro comandante- mostraba unas evidentes calvas en su vello facial. Esto no impedía que la barba le diera un aspecto simultáneamente marcial y liberador, pero no podía compararse con la de Fidel, que sin llegar a los extremos de Marx sí lucía un barbado más tupido.
Sin embargo, los recelos llegaron de nuevo cuando el argentino comenzó a dejarse el pelo largo. "Pues yo también", le ordenó Fidel a su peluquero, quien, temeroso de perder su empleo le advirtió: "Mejor llévelo corto, compañero comandante, que el cabello que se corta a menudo crece más fuerte y es más difícil de perder". Pero el líder cubano ya no temía a la alopecia, una vez que su nueva barba impedía cualquier confusión con Franco, por lo que el avieso esteticién, más preocupado por su futuro laboral que por el éxito de la revolución, hizo uso de una jugada maestra que tenía preparada para preservar su trabajo: "A poco que empiece a crecerle el pelo, el comandante va a parecerse a Ulises S. Grant".
La relexión inquietó tanto a Fidel que en ese mismo instante dispuso como prioridad revolucionaria mantener su pelo corto. Todo el que fuera sorprendido tratando de hacer crecer el pelo del comandante por encima de los cuatro centímentros sería acusado de actividades antirrevolucionarias. La Oficina de Investigación de Actividades Antirrevolucionarias llegó incluso a procesar a un cabello del mismísimo comandante en jefe que creció por encima del máximo permitido. "Hay que cortar de raiz", sentenció en presidente del tribunal, a la sazón peluquero personal de Castro.
Sin embargo, nada impedía que el pelo del Che Guevara creciera con normalidad. El argentino se había convertido con su pelo al viento en el revolucionario favorito de las jóvenes cubanas, y para 1959, cuando por fin entraron triunfales en La Habana, Fidel pronunció su ya famosa frase: "Este pendejo de Ernesto me está quitando todo el protagonismo", le susurraba constantemente a su hermano Raúl.
Ante esta situación, Castro pergeñó cdurante varios años un imaginativo y audaz plan que: dejaría crecer su pelo para eclipsar así el carisma del Che. Sin embargo, para cuando el plan estuvo listo Estados Unidos ya había promulgado una ley que impedía el crecimiento del pelo en Cuba bajo amenaza de fuertes sanciones económicas a cualquier cabello que tratara de alargarse en la isla. Además, un embargo comercial impedía el tráfico de pelucas, peines y crecepelos, y así era francamente difícil lucir una bonita media melena.
Este y no otro fue el motivo del progresivo distanciamiento entre los dos cabecillas de la Revolución Cubana. Celoso Fidel de una melenita que nunca podría tener, comenzó a servirse de la 'Técnica Gila' para presionar al Che, y deslizaba en todas sus conversaciones frases como "alguien debería irse al Congo, y no quiero mirar a nadie" o "aquí alguien ha contrarrevolucionado al alguien, y no quiero mirar a nadie".
El Che había soportado estoicamente la presión hasta que un último acontecimiento le llevó a dimitir de todos sus cargos en el Gobierno cubano. Fue de madrugada. Un agente del Servicio Secreto entró en su dormitorio y afeitó completamente la cabeza de su perro, que había aprovechado la ausencia de su dueño para dormir en la cama más cómoda de la casa. Evidentemente, el verdadero objetivo del atentado era el propio Che, y sólo la confusión del agente y la casualidad en forma de retraso impidieron que el argentino quedara completamente pelón. A la mañana siguiente redactó su carta de dimisión tocado con varias gorras para proteger su pelo. El resto es historia.
La historia del mundo es la historia de las tipografías. Las tipografías han desencadenado guerras, fraguado y desmembrado estados, provocado crisis y bonanzas económicas y, en definitiva, han estructurado la vida y la sociedad humana desde la época romana en una constante lucha tipográfica nacida en los tiempos de Alarico.El rey Alarico no había sido un niño feliz. Todos los príncipes godos le espetaban en la escuela: "Alarico, cara de pito". Y esto, necesariamente, crea un trauma e imprime carácter. Los dolorosos recuerdos de la infancia y su ferrea eduación protoalemana contribuyeron a forjar una personalidad dura y arrrolladora que lo convirtió una vez abrazó el trono en un rey con auténtica mala hostia, si bien los historiadores de la época, muy preocupados por las formas, preferían definirlo como un caudillo "de hosco carácter y férreas convicciones". Pero, eso sí, muy leído.
Los primeros años de Alarico en la escuela de reyes godos no fueron ciertamente agradables. Excluido y motejado por sus compañeros, sus profesores le definían como un niño taciturno e introvertido que buscaba en los libros un refugio en el que abrigarse del frío ostracismo al que le había condenado la crueldad innata de unos niños que le castigaban con otras burlonas rimas como "Alarico, cierra el pico" o "Alarico, cómeme la huevada".
Así, durante sus largas horas de lectura, el futuro caudillo entró en contacto con la letra gótica, a su juicio la más adecuada para un godo, y que pronto se iba a convertir en el auténtico 'leit motiv' que regiría su vida. Con sólo 20 años ya lanzó sus ejércitos contra otros caudillos godos partidarios de tipografías como la Garamound y la Bodoni en una cruenta guerra civil en la que no hubo un ganador claro, con lo que se abrió un cisma entre los pueblos bárbaros que desembocó en un auténtico conflicto identitario. Mientras que los godos más brutos e iletrados prefirieron seguir llamándose sencillamente godos, Alarico y los suyos adoptaron el nombre de visigodos en honor de Visi Ataúlfo, un escribano nacido en la actual Renania que había perfeccionado la letra gótica. A los partidarios del resto de tipografías los llamaron 'los otros godos' o, como han pasado a la historia, ostrogodos*.
Una vez hubo consolidado su hegemonía -y la de la letra gótica- en Alemania, la mirada de Alarico se dirigió hacia el decadente Imperio Romano de Occidente. La letra romana, y en concreto la Times New Roman, gozaba de una primacía absoluta en los dominio de Honorio, en los que la tipografía gótica estaba poco menos que proscrita.
Las relaciones con Roma se tornaron cada vez más tensas, hasta que alrededor del 401 d.C. (en 399, según otras fuentes) un hecho que en otros tiempos no hubiera pasado de anecdótico desencadenó la guerra. Cayo Germánico, un quintacolumnista progótico infiltrado como notario en la administración de Honorio, cinceló una compraventa de terrenos con una elegante Trade Gothic que hizo tambalearse hasta los cimientos de la mismísima Columna Trajana. El castigo no se hizo esperar, y el emperador ordenó cincelar en la espalda de Germánico con una cuchara, lo que desencadenó la violenta reacción de Alarico, que marchó sobre Roma "en defensa de la letra gótica, sometida a un verdadero tipogracidio".
"Los visigodos es que somos la hostia", se cuenta que proclamó el caudillo tras cruzar las puertas de la ciudad eterna y forzar a Honorio a firmar un humillante armisticio en el que se prohibía el uso de la Times New Roman en todo el Imperio de Occidente, si bien a los pocos meses se suavizaron las condiciones para permitir a los ciudadanos romanos el uso de la neutral Helvética.
Pocos meses después, llegó a oídos del monarca visigodo que en la Península Ibérica se había generalizado el uso de la familia Palatino en las piedas oficiales. "Hasta aquí podíamos llegar; se van a cagar estos hispanos", dijo el caudillo poco antes de ordenar la invasión de la antigua provincia romana y crear el Reino Visigótico de España. El resto es historia.
*Se refuta así la tesis de la filóloga Martina Sklerova, quien en los año 50 apuntaba que el nombre del pueblo ostrogodo se debía a su desmesurada afición a las ostras (Sklerova, Martina: "Los salvajes devoradores de ostras de Renania (los devoradores, no las ostras)". Viena, 1951.
“Yo no me trago ese sapo”. La frase sonó rotunda bajo el anfiteatro de la entrada de caballerizas. La pronunció el joven tragasables del circo, apenas seis meses en la caravana aunque llevaba más de cuatro años juntándoseles cada vez que pasaban cerca de Popow, su pueblo natal. Tenía veintisiete años y unas tragadareras de aúpa.El circo Yalta fue pactado en la conferencia del mismo nombre en la ciudad de ídem entre Churchill, Roosvelt y Stalin como medida para levantar el ánimo en toda Europa central después de los sufrimientos de una larga guerra. En términos diplomáticos era un gesto de unión por parte de británicos, soviéticos y estadounidenses.
Pero ya desde Potsdam se torció ese inviable proyecto de fraternidad y fueron los soviéticos los que manejaron a su antojo los acuerdos previos. El circo Yalta fue, mientras pudo, un vehículo de propaganda soviética desde París hasta Helsinki, pero las reticencias del bloque occidental fueron provocando su progresiva decadencia.
Desde 1951 el circo Yalta ya sólo se movía por el bloque soviético. Aquel proyecto maravilloso de llevar la alegría al pueblo se convertió en un ejercicio imposible para una compañía llena de tristeza de gira por caminos imposibles, sin gloria ni recompensa. Un subproducto deteriorado que sin embargo pervivía porque lo seguía pagando Estados Unidos y lo seguía usando el bloque socialista, aunque ya desde mediados de los sesenta las giras no salían de Polonia y Alemania.
En una de esas giras por estepas nevadas es cuando, el 3 de diciembre de 1970 un joven tragasables, por nombre Lech Walesa, con apenas seis meses en el circo, afirma rotundamente que él no se traga ese sapo. En el mundo circense es conocido como el Tragasables.
El sapo al que se refiere el Tragasables es ni más ni menos que actuar en Varsovia ante los mandatarios de la República Federal Alemana y Polonia que se van a reunir cinco días después en la capital polaca. El objetivo de los diplomáticos es recuperar un pacto antiguo y olvidado por todos para suavizar el tenso ambiente que seguro que va a haber entre las legaciones. Nada mejor que el circo Yalta para este fin. Pero eso supone cambiar el programa. Y eso es lo que no acepta el Tragasables.
Él lleva seis meses en el circo después de unírse muy precipitadamente en Gdansk. No le han echado porque a nadie le importa un carajo este circo, no porque haya sido dócil. Desde el primer día ha estado discutiendo toda aquella rutina de propaganda socialista que se ha instalado durante décadas en el programa. Y ese sapo no se lo va a tragar.
“Si cambiamos el programa que sea por nuestra voluntad, compañeros, no por los tejemanejes de unas legaciones diplomáticas que nos utilizan a su antojo para repartirse el mundo”. El Tragasables, además de gaznate, tiene labia. Pero lo situación es complicada: en Varsovia hay mucho en juego y la negativa de un triste tragasables puede repercutir en el futuro político de media Europa.
El ambiente es muy tenso. Se dan situaciones de dolorosa discusión. El miedo, la temeridad, la culpa, la libertad, la familia, la vergüenza, el pundonor… Todo lo que es habitual en estos casos sale a relucir en la asamblea bajo el anfiteatro junto a la entrada de caballerizas. Se puedo ver, por ejemplo, a los dos payasos, compañeros durante veinticinco años, discutiendo por sus miserias personales y, lo que es aún más extraño, por cuestiones políticas. Una nariz de payaso rota después se les ve a los dos abrazados y llorando como sendas magdalenas.
“A esto nos llevan nuestros dirigentes, compañeros. A que dos hermanos, como nuestros queridos Nitlazov y Nitlazav, lleguen a las manos”. Dice la trapecista, nerviosa pero queriendo parecer segura. Tiene diecinueve años, es hija de los billeteros y lleva toda la vida en el circo. Desde hace tres meses folla con el tragasables. Tras sus palabras se forma un nuevo revuelo.
Entre las voces del mago y los rugidos del león se alza el tono grave y el verbo tartamudo de la única autoridad ante la que se hace el silencio: “Somos gente de circo”. Quien habla es el Catedrático, padre del Maestro de ceremonias. El ejerció ese puesto durante veintidós años en el Yalta y lo había hecho durante otros dieciséis en una compañía de Halle antes de la guerra.
“Bajo la carpa hay normas: debemos procurar la felicidad, somos todos uno, y la mujer barbuda es intocable; por citar sólo tres. Pero hoy tengo que mencionar también la solidaridad”. Y no dice nada más.
El Tragasables, ante tamaña demostración de sapiencia, se queda impresionado. Y sólo acierta a repetir: “¿Solidaridad?”. El circo guarda un respetuoso silencio, pero el mensaje cuaja y desde el primer acomodador hasta el último mono se niegan a participar en aquel fantoche. Los diplomáticos que pactan la frontera en la línea del Oder-Niesse tienen que conformarse con la actuación de cualquier virtuosa orquesta sinfónica.
El circo fue finalmente clausurado y Walesa tuvo de nuevo que salir a la carrera. Pero sin pagar a un creativo ni nada había dado ya con la piedra angular de su discurso, con el lema que le habría de hacer líder de la oposición polaca a la dominación soviética: “Mujer barbuda”.
Unos años después rectificó y lo cambió por “solidaridad”.
Que Marcel Marceau es el único mimo que nunca se maquilla es una creencia tan extendida como equívoca. Es cierto que el grave problema de melanina que confiere a su cara un color completamente blanco le permite prescindir de cualquier tipo de maquillaje para construir a su personaje, el mimo que él mismo ha popularizado inspirándose en el Pierrot clásico y su blanca cara. Sin embargo, y aunque sale a la escena con la cara completamente limpia, sí necesita maquillarse la cara de un anaranjado color carne francés para salir a la calle o sacarse las fotos para el carné de identidad.Pero esta no es la única curiosidad que ha definido la carrera del mimo. Una entrevista publicada por 'Le Monde' en 1979 cambió diametralmente la visión que los profesionales de las artes ecnénicos y el público en general había tenido hasta entonces de Marceau. Por su interés, se reproduce parcialmente antes de abordar los aspectos más desconocidos de la biografía del actor:
Le Monde: ¿Qué hay de cierto en esa fama de intérprete introspectivo que siempre le ha acompañado?
Marcel Marceau:
LM: ¿Incluso en su primera época?
MM:
LM: Habrá influido la Ley de Excepción Cultural...
MM:
LM: ¿Se refiere a Francois Mitterrand?
MM:
LM: ¿Con o sin mortadela?
MM:
LM: Y usted trabaja en la misma línea.
MM:
LM: ¿En el Reino Unido?
MM:
LM: ¿Con un bate de béisbol y mantequilla?
MM:
LM: Igual que Eddy Mercks.
MM:
LM: ¿Piedra caliza o mármol?
MM:
LM: Hasta que el cuerpo aguante...
MM:
Pocas palabras son necesarias tras este revelador texto. Marceau no es un mimo al uso, sino sencillamente mudo, algo que el artista francés nunca ha tratgado de ocultar. Sincillamente, nadie se había dado cuenta nunca, lo que incluso le costó un buen número de enfados con su familia y amigos, hartos de que no les contestara cuando le llamaban por teléfono. De hecho, es una de las pocas personas en el mundo que no tiene móvil.
Stefano Montanelli había adelantado en 1974 esta teoría basándose fundamentalmente en un artículo que él mimo había firmado en 'Liberation': "Expresarme con el cuerpo es para mí más que una técnica o una corriente interpretativa, es una auténtica necesidad". Ya por entonces lo sabían muy bien en su barrio, donde era un auténtico espectáculo ver cómo Marceau pedía una chapata sin sal poco hecha en la panadería.
Le Monde: ¿Qué hay de cierto en esa fama de intérprete introspectivo que siempre le ha acompañado?
Marcel Marceau:
LM: ¿Incluso en su primera época?
MM:
LM: Habrá influido la Ley de Excepción Cultural...
MM:
LM: ¿Se refiere a Francois Mitterrand?
MM:
LM: ¿Con o sin mortadela?
MM:
LM: Y usted trabaja en la misma línea.
MM:
LM: ¿En el Reino Unido?
MM:
LM: ¿Con un bate de béisbol y mantequilla?
MM:
LM: Igual que Eddy Mercks.
MM:
LM: ¿Piedra caliza o mármol?
MM:
LM: Hasta que el cuerpo aguante...
MM:
Pocas palabras son necesarias tras este revelador texto. Marceau no es un mimo al uso, sino sencillamente mudo, algo que el artista francés nunca ha tratgado de ocultar. Sincillamente, nadie se había dado cuenta nunca, lo que incluso le costó un buen número de enfados con su familia y amigos, hartos de que no les contestara cuando le llamaban por teléfono. De hecho, es una de las pocas personas en el mundo que no tiene móvil.
Stefano Montanelli había adelantado en 1974 esta teoría basándose fundamentalmente en un artículo que él mimo había firmado en 'Liberation': "Expresarme con el cuerpo es para mí más que una técnica o una corriente interpretativa, es una auténtica necesidad". Ya por entonces lo sabían muy bien en su barrio, donde era un auténtico espectáculo ver cómo Marceau pedía una chapata sin sal poco hecha en la panadería.
Yosif Stalin no era una mala persona. Sencillamente, un día ya no aguantó más. Harto como estaba de que cada vez que entraba en un bar la gente le robara la prensa según se daba la vuelta o, incluso, se la arrebatara de debajo de los codos, aquella tarde no pudo soportarlo otra vez. Y es que nada enfurecía tanto a Stalin como que le robaran el periódico.Aunque ya estaba acostumbrado, pese a que nunca quitaba la vista de la prensa, aun habiendo hecho suya la costumbre de no soltar jamás el diario, esa tarde un imbécil inasequible al desaliento aprovechó un despiste del joven Yosif para arrebatarle el 'Pravda' que acababa de comprar. Y Stalin estalló:
-¿No sabes pedir permiso, hijo de cien mil putas? ¿No me has visto que lo estoy leyendo? Y no, no es del bar, bastardo, el periódico es mío. ¿Porque esté en el bar ya no tiene dueño? Pues no es así, subnormal, que hay gente como yo que compra periódicos y no nos gusta que venga un hijo de puta a quitárnoslo.
En efecto, el bueno de Stalin estaba harto de que al primer despiste o cuando se levantaba de la silla para pedir otro vodka con Coca Cola, algún hijo de puta maleducado -porque incluso en el caso de que el periódico fuera del bar quitárselo a alguien que lo está leyendo es de muy mala educación- le arrebatara no ya solo el 'Pravda', sino toda la prensa que tuviera encima de la mesa. Y eso era precisamente lo que le estaba ocurriendo una vez más:
-¡Me cago en Dios y en el Soviet Supremo!, espetó Stalin.
Y fue en ese momento, en ese preciso instante, al mencionar al Soviet Suprema, cuando tuvo la idea. Decidió trepar en el PCUS hasta llegar a lo más alto, a la Secretaría General, a la Presidencia de la Unión Soviética, para así poder purgar a todos los hijos de puta gorrones. Esto, y no otra cosa, fue lo que le sucedió a Liev Trostky. "Si yo no niego que organice muy bien el Ejército Rojo e incluso que tenga una perspectiva de la revolución y de la exportación del comunismo mucho mejor que la mía, pero es que el hijo de puta siempre espera a que vaya al servicio para quitarme el 'Rusia Soviética'". Esta fea costumbre y no otra fue la que condujo a Trostky al exilio y finalmente a la muerte en México, cuando Ramón Mercader le golpeó con un martillo en la cabeza para evitar que le afanara 'El Universal'.
El ejemplo trostkista fue aleccionador, y desde entonces nadie en toda la URSS dio nunca más por hecho que los periódicos que veían en los bares fueran necesariamente del bar, que cabía la posibilidad de que pertenecieran a algún cliente a quien no está bien robarle las cosas. Incluso el ministro Viatcheslav Molotov, que siempre había leído la prensa de gorra, se suscribió a tres diarios para que Stalin jamás sospechara que leía los suyos, lo que sin duda le hubiera costado la purga o, en el mejor de los casos, un billete de ida como deportado a Siberia. Un gran tipo, este Stalin.
Una de las equivocaciones más extendidas sobre la vida de Miguel de Cervantes es la atribución que se le hace de 'El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha'. De hecho, no es el único dato erróneo que circula sobre este texto, tradicionalmente catalogado como novela cuando en realidad se trata de un poemario titulado originalmente 'Rimas en consonante'. Cervantes ni siquiera era novelista, sino un poeta aficionado y eminente científico que marcó el paso de la alquimia a la química moderna.No es que don Miguel no tuviera nada que ver con 'El Quijote'. La idea ya le barruntaba en la cabeza desde hacía varios años, y en el Museo de Historia Naval se conserva el original del que estaba llamado a ser el primer verso del poemario, que dice así:
En un lugar de La Mancha
de cuyo nombre no quiero acordarme
paseaba en señor Sancho Panza
de la mano de un gendarme.
Observese que la sutileza de la narración se pierde en favor de una mayor capacidad rítmica que conduce a la yuxtaposición de los elementos poéticos estéticamente neutros, nota predominante en todo el verso cervantino. Esta primera estrofa, modificada en el texto definitivo, refleja una anécdota de juventud de don Miguel, que antes de hacer carrera en la administración sufrió un ataque de enajenación transitoria y se paseaba de la mano de un alabardero borgoñés por el Madrid de los Austrias (en aquel tiempo era francamente difícil hacerlo por el Madrid de los Borbones) haciéndose llamar Wendolyn.
La primera estrofa sufrió pronto su primera modificación al reparar Wendolyn en el detalle de que el protagonista debía ser don Quijote y no Sancho Panza, así que se vio obligada/o a cambiar la que ella misma había definido como "la rima perfecta" hasta dejarla del siguiente modo:
En un lugar de La Mancha
de cuyo nombre no quiero acordarme
no ha mucho que vivía
un hidalgo de los de lanza en astillero
Y vio que la rima era buena. Y Wendolyn, que estaba completamente enajenada, siguió haciendo rimas del mismo tipo hasta que la Delegación de Hacienda, donde trabajaba, le llamó al orden y le advirtió que todo un funcionario no podía ni hacerse llamar Wendolyn ni pasearse de un alabardero borgoñés, y que de persistir en su actitud se arriesgaba a ser formalmente acusado de concomitancia con el enemigo ante la Inquisición, que tenía la costumbre de torturar a los concomitantes contándoles chistes, generalmente de prusianos, hasta que se morían de risa. Todavía se recordaban en la corte madrileña los chistes de prusianos que fray Tomás de Torquemada, gran inquisidor de España, contaba a Isabel I a la hora del cilicio, que para la reina católica venía a ser lo mismo que parea los ingleses la hora del café.
El caso es que Wendolyn se hizo llamar de nuevo Miguel y se embarcó en el crucero 'Alianza de civilizaciones', que tenía la misión de felicitar las pascuas a los turcos de una forma bastante particular. En este pasaje de su biografía aperece una nueva equivocación histórica: Cervantes no perdió el brazo en la batalla de Lepanto, donde sólo perdió una uña al pillarse el dedo con una puerta, sino cinco años después, cuanto trataba de demostrar feacientemente a Luis de Góngora –y he aquí la primera de sus inestimables contribuciónes a la ciencia– que al sumergir cualquier parte del cuerpo humano en ácido, ésta se contrae hacia un punto variable pero que indefectiblemente se sitúa a la altura del muñón.
La pérdida del brazo no volvió más ácido el caráter de don Miguel. Al contrario, lo volvió completamente agrio, y cuando sus amigos de la infancia le llamaban 'el manco de Lepanto' él les contestaba: "El manco de tu puta madre". Esta coletilla se convirtió en un clasico del habla cervantina, y de esta época son 'Los trabajos de Persiles y su puta madre' y 'El licenciado y su puta madre', obras ambas trágicamente perdidas durante el asalto a La Bastilla.
Volcado como estaba el de Alcalá de Henares (suponiendo que en realidad naciera allí) en la ciencia, pronto puso en marcha un nuevo experimento para demostrar al estúpido de Góngora que por mucha fe que se tenga, si uno mete el brazo entre los engranajes de un molino a pleno rendimiento, es probable que lo pierda o que, al menos, el brazo se contraiga a la altura del muñón. Cervantes trató de recuperar la extremidad, pero el molinero se negó a devolvérselo, con el argumento de que así aprendería a no meter mano a su molino y se lo vendió a un sexador de pollos de Leganés, quien desde entonces, y aprovechando el rigor mortis de la reliquia cervantina, no volvió a mancharse ni un dedo mientras trabajaba. El caso es que la mano, haciendo honor a su nombre, rodó de mano en mano hasta terminar a mediados del siglo XX en el Palacio del Pardo junto a un general Franco convencido de que era el brazo incorrupto de Santa Teresa; completamente ignorante de que la reliquia que besaba había urgado en más culos de pollos de los que hubiera podido comer en toda su vida.
El episodio con el molino inspiró uno de los capítulos más célebres de la literatura universal de todos los tiempos... a Bartolomé de las Casas, porque Cervantes, ya sin ninguno de sus dos brazos, era incapaz completamente de escribir ni siquiera con la mano izquierda, lo que demuestra que, por mucho que digan Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal y Menéndez el Camarón, don Miguel, ya conocido como 'el remanco', no escribió más que las primeras diez líneas de 'El Quijote'. Su intención inicial era dictar el resto del poemario a De las Casas, pero días después tuvo que desistir de la idea, tras demostrar a un Góngora que ya empezaba a rozar la pesadez de que ningún ser humano pude aguantar tres cuartos de hora sin respirar. Una pena. Bartolomé de las Casas, al que debido a su incapacidad para encontrar palabras que rimen tampoco se le daba bien la poesía, decidió concluir en prosa el poemario 'El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha', que en su edición original, ya agotada, mostraba una significativa dedicatoria: "A Wendolyn".
En un lugar de La Mancha
de cuyo nombre no quiero acordarme
paseaba en señor Sancho Panza
de la mano de un gendarme.
Observese que la sutileza de la narración se pierde en favor de una mayor capacidad rítmica que conduce a la yuxtaposición de los elementos poéticos estéticamente neutros, nota predominante en todo el verso cervantino. Esta primera estrofa, modificada en el texto definitivo, refleja una anécdota de juventud de don Miguel, que antes de hacer carrera en la administración sufrió un ataque de enajenación transitoria y se paseaba de la mano de un alabardero borgoñés por el Madrid de los Austrias (en aquel tiempo era francamente difícil hacerlo por el Madrid de los Borbones) haciéndose llamar Wendolyn.
La primera estrofa sufrió pronto su primera modificación al reparar Wendolyn en el detalle de que el protagonista debía ser don Quijote y no Sancho Panza, así que se vio obligada/o a cambiar la que ella misma había definido como "la rima perfecta" hasta dejarla del siguiente modo:
En un lugar de La Mancha
de cuyo nombre no quiero acordarme
no ha mucho que vivía
un hidalgo de los de lanza en astillero
Y vio que la rima era buena. Y Wendolyn, que estaba completamente enajenada, siguió haciendo rimas del mismo tipo hasta que la Delegación de Hacienda, donde trabajaba, le llamó al orden y le advirtió que todo un funcionario no podía ni hacerse llamar Wendolyn ni pasearse de un alabardero borgoñés, y que de persistir en su actitud se arriesgaba a ser formalmente acusado de concomitancia con el enemigo ante la Inquisición, que tenía la costumbre de torturar a los concomitantes contándoles chistes, generalmente de prusianos, hasta que se morían de risa. Todavía se recordaban en la corte madrileña los chistes de prusianos que fray Tomás de Torquemada, gran inquisidor de España, contaba a Isabel I a la hora del cilicio, que para la reina católica venía a ser lo mismo que parea los ingleses la hora del café.
El caso es que Wendolyn se hizo llamar de nuevo Miguel y se embarcó en el crucero 'Alianza de civilizaciones', que tenía la misión de felicitar las pascuas a los turcos de una forma bastante particular. En este pasaje de su biografía aperece una nueva equivocación histórica: Cervantes no perdió el brazo en la batalla de Lepanto, donde sólo perdió una uña al pillarse el dedo con una puerta, sino cinco años después, cuanto trataba de demostrar feacientemente a Luis de Góngora –y he aquí la primera de sus inestimables contribuciónes a la ciencia– que al sumergir cualquier parte del cuerpo humano en ácido, ésta se contrae hacia un punto variable pero que indefectiblemente se sitúa a la altura del muñón.
La pérdida del brazo no volvió más ácido el caráter de don Miguel. Al contrario, lo volvió completamente agrio, y cuando sus amigos de la infancia le llamaban 'el manco de Lepanto' él les contestaba: "El manco de tu puta madre". Esta coletilla se convirtió en un clasico del habla cervantina, y de esta época son 'Los trabajos de Persiles y su puta madre' y 'El licenciado y su puta madre', obras ambas trágicamente perdidas durante el asalto a La Bastilla.
Volcado como estaba el de Alcalá de Henares (suponiendo que en realidad naciera allí) en la ciencia, pronto puso en marcha un nuevo experimento para demostrar al estúpido de Góngora que por mucha fe que se tenga, si uno mete el brazo entre los engranajes de un molino a pleno rendimiento, es probable que lo pierda o que, al menos, el brazo se contraiga a la altura del muñón. Cervantes trató de recuperar la extremidad, pero el molinero se negó a devolvérselo, con el argumento de que así aprendería a no meter mano a su molino y se lo vendió a un sexador de pollos de Leganés, quien desde entonces, y aprovechando el rigor mortis de la reliquia cervantina, no volvió a mancharse ni un dedo mientras trabajaba. El caso es que la mano, haciendo honor a su nombre, rodó de mano en mano hasta terminar a mediados del siglo XX en el Palacio del Pardo junto a un general Franco convencido de que era el brazo incorrupto de Santa Teresa; completamente ignorante de que la reliquia que besaba había urgado en más culos de pollos de los que hubiera podido comer en toda su vida.
El episodio con el molino inspiró uno de los capítulos más célebres de la literatura universal de todos los tiempos... a Bartolomé de las Casas, porque Cervantes, ya sin ninguno de sus dos brazos, era incapaz completamente de escribir ni siquiera con la mano izquierda, lo que demuestra que, por mucho que digan Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal y Menéndez el Camarón, don Miguel, ya conocido como 'el remanco', no escribió más que las primeras diez líneas de 'El Quijote'. Su intención inicial era dictar el resto del poemario a De las Casas, pero días después tuvo que desistir de la idea, tras demostrar a un Góngora que ya empezaba a rozar la pesadez de que ningún ser humano pude aguantar tres cuartos de hora sin respirar. Una pena. Bartolomé de las Casas, al que debido a su incapacidad para encontrar palabras que rimen tampoco se le daba bien la poesía, decidió concluir en prosa el poemario 'El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha', que en su edición original, ya agotada, mostraba una significativa dedicatoria: "A Wendolyn".
Poco se conoce de la vida privada de don Pimpón, un underground que, harto de la vacuidad de la movida madrileña, decidió buscar nuevos horizontes en su carrera. A principios de 1982, cuando acababa de regresar de una visita a su buen amigo el maharajá de Kapurtala, recibió una oferta de TVE para aventurarse en un arriesgado proyecto creativo: la versión española de Barrio Sésamo. Las negociaciones no fueron fáciles, porque don Pimpón se mostró intransigente en sus exigencias artísticas: fiel a su espíritu altertivo, no estaba dispuesto a renunciar ni a su gorro de paja ni a su pantalón azul de tirantes.

Una vez superadas las diferencias de criterio iniciales, el programa fue un éxito. La vida sonreía a don Pimpón: Felipe González le invitaba a la bodeguilla, salía de copas con Sabina y era un habitual en las ponencias del Club Siglo XXI. Al tiempo compró un ático en Lavapiés donde invitaba a sus compañeros de reparto a consumir exóticas drogas directamente importandas desde Kapurtala. A todos menos a Espinete, porque entre las dos estrellas de la serie habían surgido las primeras diferencias artísticas: mientras el búho/oso/hurón quería introducir a los niños en el existencialismo de Sartre y Camús, el puto erizo sólo repetía: "En verde cruzo, en rojo espero".
La relación personal fue de mal en peor, y 1985 sólo los índices de audiencia y los suculentos contratos que les ofrecía Pilar Miró consiguieron mantener juntos a Espinete y don Pimpón, que ya no se dirigían la palabra fuera del plató. Pronto el avieso erizo rosa empezó a practicar 'mobing' con su compañero de reparto. El búho, oso, hurón, o lo que cojones fuera, se sentía cada vez más desplazado en la serie y ni siquiera era capaz de comprender qué coño era esa horchata que todo el mundo bebía sin descanso. Por si fuera poco, cada vez que iba a comenzar el programa Espinete mandaba a todos los niños que persiguieran a don Pimpón por el bosque para que, cuando se diera la vuelta, se escondieran detrás de un árbol. Esta situación, repetida día tras día, llegó a terminar con los nervios del búho/oso/hurón, que víctima de la depresión se convirtió en un adicto al prozac.
Cuando parecía que la situación no podía tornarse peor, Espinete dio una nueva vuelta de tuerca. Durante los tres primeros años la serie se había rodado de noche, pero el perverso erizo exigió por contrato que se comenzara a trabajar de día bajo la peregrina excusa de que sufría trastornos de sueño. Nadie le creyó, pero era la estrella y había que aceptarlo.
Don Pimpón, al enterarse, estuvo a punto de dejar el barrio para instalarse definitivamente en Kapurtala, pero las facturas del ático de Lavapiés se le acumulaban bajo las plumas y se vio obligado a aceptar una situación que, para un ave nocturna como él, pronto se volvió insostenible. La sombra de Espinete era cada vez más alargada, y una semana después del cambio de horario ya mezclaba anfetaminas con horchata en la horchatería de Antonio y Matilde (aunque sabía sin saber qué era) para mantenerse despierto. Por si no fuera poco, el avieso erizo se las arregló para que, mientras todos los demás se ponían ciegos a magdalenas en la panadería de Chema, a don Pimpón le dieran como único cátering un par de ratas: "¿Cómo vamos a dar magdalenas a una lechuza?", arguyó Espinete en un alarde de mala baba.
Pimpón, tan celoso de su vida íntima, era ahora víctima de un complot en el que incluso se ponía en duda su sexualidad. Intoxicado por las drogas y cada vez más encasillado en un papel que no satisfacía sus aspiraciones artísticas, el bicho marrón fue perdiendo poco a poco el control de sí mismo. Él, que siempre había querido interpretar al rey Lear en 'El rey Lear', se tenía que conformar con un personaje que no se sabía si era un el búho, un oso, un hurón o qué. Y durante un rodaje estalló: harto de que los niños le persiguieran por el bosque y se escondieran tras los árboles, comenzó a perseguir él a los niños para enseñarles hasta qué punto debían tener bien abiertos los ojos (los tres). Y claro, TVE no podía consentir estas reacciones en un programa infantil, de modo que le envió a una clínica de desintoxicación. Su ausencia se justificó en el guión como la enésima visita al maharajá de Kapurtala, pero en realidad Pimpón pasaba su infierno particular en una clínica de rehabilitación de Proyecto Búho.
A su regreso a la serie ya nada era lo mismo en Barrio Sésamo. El cáncer detectado a Julián había hundido la moral de todo el reparto excepto la del egoísta Espinete, que lo veía como una oportunidad perfecta para arrebatarle el kiosko, comerse todos los chuches y convertirse en el nuevo hombre de los caramelos del barrio. El buen ambiente había desaparecido completamente del plató, y cuando Matilde denunció a Antonio por malos tratos la Dirección General de RTVE canceló el programa. Una semana después Espinete, incapaz de aceptar que se enfrentaba al ocaso de su carrera, se arrojaba al vacío desde el trigésimo piso de Torre Picasso.
La experiencia en Barrio Sésamo dejó a don Pimpón profundamente marcado, de modo que decidió alejarse de la televisión para tratar de hacerse un nombre en los canales culturales alternativos. A finales de los ochenta se dejó coleta y comenzó a tocar la guitarra en varios locales de Huertas y Malasaña, pero poco después TVE volvió a recurrir a él para otra arriesgada apuesta: 'Los mundos de Yupi', programa en el que interpretaría a Astrako y donde por fin tendría el protagonismo que merecía. Sin embargo, los férreos guiones impuestos desde Prado del Rey le impidieron dotar a su personaje de todos los matices que hubiera querido, con lo que surgieron de nuevo las diferencias artísticas, esta vez con la dirección, que prohibió tajantemente a Astrako abordar temas como la sodomía, la antropofagia y la drogadicción. Por su fuera poco, si en Barrio Sésamo sólo se sabía que era un bicho marrón, en 'Los mundos de Yupi' la cosa se pudo todavía peor, con un horrible disfraz verde y una nariz de payaso como única caracterización para interpretar a un ambiguo marciano.
El programa de Espinete había dejado el listón demasiado alto y la serie sólo duró dos temporadas, lo suficiente para llenar los bolsillos de don Pimpón hasta permiterle abandonar el mundo catódico y dedicarse a su veradera vocación: los monólogos, que aún hoy alterna con esporádicas apariciones en la televisión que le aportan unos jugosísimos beneficios.
Desde 1990 Pimpón es un habitual de varios locales de Malasaña, donde interpreta sus monólogos ante un selecto y reducido público que disfruta con sus historias sobre el rollo entre Chema y Ana, el cáncer de Julián, la adicción a las drogas de Ruth o las sesiones de sodomía a las que Antonio sometía a Matilde en la horchatería. Pero lo mejor de su número sigue siendo el momento en que pregunta: "¿Alguien sabe qué coño es la horchata? ¿Alguien ha visto alguna vez una chufa? ¿Cómo se puede hacer una bebida con eso?". Después, sube a su descapotable y con su melena calva mecida por el viento se va a ver un concierto indi. Por fin don Pimpón es feliz.
La verdadera y desconocida historia de Pablo Neruda. Edición revisada y abierta a sugerencias
Gruñido de AnimalUno
Pablo Neruda no se llamaba así. Alexei Karamazov, que era el verdadero nombre del poeta –y no Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, como aseguran algunas fuentes poco fiables–, nació en realidad en San Petersburgo en 1904, hijo de una tramoyista jubilada del Gran Circo Ruso (Adriana Skleranikova) y de un emigrante finlandés que cambió su nombre original (Jari Litmanen) por el de Constantin Karamazov –muy sonoro en el futuro país de los soviets– para tratar de medrar en la Rusia zarista.Mala idea. Su proyecto de instalar una destilería de vodka con los beneficios obtenidos de la venta de su pequeña güisquería en Oslo se vieron frustrados cuando su hijo Alexei aún no había cumplido un año. Constantin, ansisoso por convencer a las autoridades locales de que le dejaran abrir hasta más tarde la pequeña taberna que había inaugurado junto a la destilería, invitó a todo un regimiento de la Guardia Imperial zarista a unos deliciosos mojitos.
Así surgió el problema. Como todo el mundo sabe, los mojitos se hacen con ron, pero el hecho de que Cuba aún no fuera comunista -y Rusia tampoco- dificultaba las relaciones comerciales entre ambos países, lo que unido a las malas comunicaciones de la época impedía la llegada de ron al futuro Petrogrado. En plena crisis de la caña de azucar -toda la producción de aquel año se había desviado para producir las recién descubiertas manzanas de caramelo, otro negocio ruinoso del que hablaremos en alguna ocasión-, el fundador de la fugaz dinastía Karamazov se vio obligado ante la escasez de materia prima a ofrecer a los soldados unos extraños mojitos consistentes en vodka con vinagre. Aquella anécdota, que su padre repitió en infinidad de ocasiones, inspiró unos famosos versos del poeta:
¿Cómo se llama ese cocktail
que mezcla vodka con relámpagos?
Soprendentemente, la combinación no agradó demasiado a la Guardia Imperial: «¡Esto es una mierda comunista!», gritaron algunos oficiales adelantándose a su tiempo, y pensando que eran los proveedores de Constantin se lanzaron a la calle contra unos señores que pasaban por ahí para felicitar las pascuas con un poco de retraso a Nicolás II en lo que se conoce como el Domingo Sangriento.
Como consecuencia de aquel pequeño malentendido, Karamazov se ganó las antipatías de unos y otros en plena revolución, por lo que tuvo que poner tierra por medio. Mientras, la pista de Adriana, madre del poeta, se pierde en un centro de desintoxicación cerca de Volgogrado: «Putos mojitos», fueron sus últimas palabras conocidas.
En un primer momento, Constantin meditó la posibilidad de instalarse en México, pero al poco tiempo desistió de la idea: «Seguro que después aparece Trostky por ahí, y eso me dejaría como un tipo muy poco original. Además, la cejijunta de Frida Kahlo no me pone nada», pensó.
Agobiado por las prisas y azuzado por la visión de su destilería en llamas, el padre del vate decidió trasladarse con su zagal a Chile, donde, fiel a su costumbre, volvió a adaptar su nombre a la cultura local para tratar de integrarse y hacer fortuna. Se hizo llamar Osvaldo Reyes, una vez descartó José de San Martín y Emiliano Zapata para, escarmentado por su pasado, evitar posibles confusiones revolucionarias en el futuro. Y, como no podía ser de otra manera, también rebautizó a su hijo, esta vez como Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto –de ahí la extendida confusión histórica–, y falsificó su partida de nacimiento para que en el futuro pudiera ser embajador chileno en España. Pocos meses después Jari-Constantin-Osvaldo encontró trabajo en el ferrocarril. El resto es historia.
Así surgió el problema. Como todo el mundo sabe, los mojitos se hacen con ron, pero el hecho de que Cuba aún no fuera comunista -y Rusia tampoco- dificultaba las relaciones comerciales entre ambos países, lo que unido a las malas comunicaciones de la época impedía la llegada de ron al futuro Petrogrado. En plena crisis de la caña de azucar -toda la producción de aquel año se había desviado para producir las recién descubiertas manzanas de caramelo, otro negocio ruinoso del que hablaremos en alguna ocasión-, el fundador de la fugaz dinastía Karamazov se vio obligado ante la escasez de materia prima a ofrecer a los soldados unos extraños mojitos consistentes en vodka con vinagre. Aquella anécdota, que su padre repitió en infinidad de ocasiones, inspiró unos famosos versos del poeta:
¿Cómo se llama ese cocktail
que mezcla vodka con relámpagos?
Soprendentemente, la combinación no agradó demasiado a la Guardia Imperial: «¡Esto es una mierda comunista!», gritaron algunos oficiales adelantándose a su tiempo, y pensando que eran los proveedores de Constantin se lanzaron a la calle contra unos señores que pasaban por ahí para felicitar las pascuas con un poco de retraso a Nicolás II en lo que se conoce como el Domingo Sangriento.
Como consecuencia de aquel pequeño malentendido, Karamazov se ganó las antipatías de unos y otros en plena revolución, por lo que tuvo que poner tierra por medio. Mientras, la pista de Adriana, madre del poeta, se pierde en un centro de desintoxicación cerca de Volgogrado: «Putos mojitos», fueron sus últimas palabras conocidas.
En un primer momento, Constantin meditó la posibilidad de instalarse en México, pero al poco tiempo desistió de la idea: «Seguro que después aparece Trostky por ahí, y eso me dejaría como un tipo muy poco original. Además, la cejijunta de Frida Kahlo no me pone nada», pensó.
Agobiado por las prisas y azuzado por la visión de su destilería en llamas, el padre del vate decidió trasladarse con su zagal a Chile, donde, fiel a su costumbre, volvió a adaptar su nombre a la cultura local para tratar de integrarse y hacer fortuna. Se hizo llamar Osvaldo Reyes, una vez descartó José de San Martín y Emiliano Zapata para, escarmentado por su pasado, evitar posibles confusiones revolucionarias en el futuro. Y, como no podía ser de otra manera, también rebautizó a su hijo, esta vez como Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto –de ahí la extendida confusión histórica–, y falsificó su partida de nacimiento para que en el futuro pudiera ser embajador chileno en España. Pocos meses después Jari-Constantin-Osvaldo encontró trabajo en el ferrocarril. El resto es historia.
Cuando el 29 de octubre de 1981 la cultura francesa y universal se vistieron de luto por la muerte de Georges Brassens no podían estar más equivocadas. Mientras Francia lloraba la pérdida de su cantautor más importante, Brassens pasaba una cómodas vacaciones en Odesa. De hecho, el propio Brassens no fue consciente de su muerte hasta el 3 de noviembre, a su regreso de las vacaciones, cuando hojeando los números atrasados de Pravda, diario al que estaba suscrito desde hacía dos años, se encontró junto a una fotografía de su doble un breve texto que informaba sobre la muerte de “un decadente cantante francés”.En realidad, Brassens había abandonado Francia en marzo 1971 aquejado de una extraña enfermedad. En pleno apogeo de su carrera y a punto de cumplir los cincuenta, observó cómo su pelo cano comenzaba a oscurecer de nuevo, le desaparecían las arrugas, sus brazos y piernas crecían de una forma anómala y sin motivo aparente dominaba a la perfección el ruso. Para abril, Brassens aparentaba ya sólo 40 años y medía diez centímetros más. Sólo entonces cayó en la cuenta que este fenómeno no iba a pasar desapercibido entre el sagaz público francés, así que contrató a un zapatero de Toulouse que se parecía mucho a él para que le suplantara sobre el escenario.
Con este problema resuelto, Brassens acudió a la consulta del doctor Gedigian, un prestigioso especialista que nada más recibir al cantautor arrojó un pronóstico certero: padecía una extraña mutación genética llamada 'bolchevización deportiva', que convertía a quien la sufre en pívot de la selección soviética de baloncesto*.
Resignado a su destino, Georges se trasladó a vivir a Moscú, donde adoptó el nombre de Vladimir Tkachenko y se convirtió, con sus 220 centímetros de estatura, en el estandarte del mítico CSKA y de la selección soviética.
Durante más de diez años consiguió mantener oculto su gran secreto y ganarse la amistad de sus compañeros, a los que cantaba ‘La mauvaise reputation’ en un perfecto ruso durante los descansos. Esta es sólo una de las innumerables anécdotas que protagonizó Brassens bajo su nueva identidad. Otra la contó años después el entonces jovencísimo Rimas Kurtinaitis: “Una de las cosas que más me impactaron de mi primera concentración con la selección soviética fue la afición de Vladimir Tkchenko a fumar en pipa. De hecho, no se separaba de ella ni durante los entrenamientos, e incluso era capaz de controlar el balón sobre la pipa y, con un ligero movimiento de labios, ejecutar una perfecta asistencia”. En efecto, la afición al tabaco en pipa era una de las reminiscencias que le habían quedado a Brassens de su época como francés.
El secreto se descubrió en 1993, cuando un estudiante de la Universidad de Tierra del Fuego observó un extrañísimo parecido entre los bigotes de Tkachenko y Brassens. Posteriormente, una muestra de ADN extraída de una de las pipas de Brassens resultó ser idéntica a la obtenida de un pelo del bigote de Tkachenko, lo que confirmaba la conocida en el ambiente deportivo y cultural como ‘Hipótesis del argentino’.
Sin embargo, los franceses, tan chovinistas como siempre, no estaban dispuestos a que uno de sus grandes iconos quedara en entredicho, y lograron convencer al Gobierno argentino de que destruyera las pruebas y sepultara el secreto para siempre. En un principio las autoridades suramericanas se negaron a tomar parte en el encubrimiento, pero se vieron obligadas a acceder al trato cuando Francois Mitterand, en una reunión de alto nivel, informó a un atónito Carlos Ménem de que los servicios secretos franceses tenían pruebas irrefutables de que Carlos Gardel no murió en ningún accidente, sino que jugó como extremo en la selección brasileña con el nombre de Garrincha.
*La mutación mutó en 1991, y ahora los afectados se transforman en aleros de la selección china.
Con este problema resuelto, Brassens acudió a la consulta del doctor Gedigian, un prestigioso especialista que nada más recibir al cantautor arrojó un pronóstico certero: padecía una extraña mutación genética llamada 'bolchevización deportiva', que convertía a quien la sufre en pívot de la selección soviética de baloncesto*.
Resignado a su destino, Georges se trasladó a vivir a Moscú, donde adoptó el nombre de Vladimir Tkachenko y se convirtió, con sus 220 centímetros de estatura, en el estandarte del mítico CSKA y de la selección soviética.
Durante más de diez años consiguió mantener oculto su gran secreto y ganarse la amistad de sus compañeros, a los que cantaba ‘La mauvaise reputation’ en un perfecto ruso durante los descansos. Esta es sólo una de las innumerables anécdotas que protagonizó Brassens bajo su nueva identidad. Otra la contó años después el entonces jovencísimo Rimas Kurtinaitis: “Una de las cosas que más me impactaron de mi primera concentración con la selección soviética fue la afición de Vladimir Tkchenko a fumar en pipa. De hecho, no se separaba de ella ni durante los entrenamientos, e incluso era capaz de controlar el balón sobre la pipa y, con un ligero movimiento de labios, ejecutar una perfecta asistencia”. En efecto, la afición al tabaco en pipa era una de las reminiscencias que le habían quedado a Brassens de su época como francés.
El secreto se descubrió en 1993, cuando un estudiante de la Universidad de Tierra del Fuego observó un extrañísimo parecido entre los bigotes de Tkachenko y Brassens. Posteriormente, una muestra de ADN extraída de una de las pipas de Brassens resultó ser idéntica a la obtenida de un pelo del bigote de Tkachenko, lo que confirmaba la conocida en el ambiente deportivo y cultural como ‘Hipótesis del argentino’.
Sin embargo, los franceses, tan chovinistas como siempre, no estaban dispuestos a que uno de sus grandes iconos quedara en entredicho, y lograron convencer al Gobierno argentino de que destruyera las pruebas y sepultara el secreto para siempre. En un principio las autoridades suramericanas se negaron a tomar parte en el encubrimiento, pero se vieron obligadas a acceder al trato cuando Francois Mitterand, en una reunión de alto nivel, informó a un atónito Carlos Ménem de que los servicios secretos franceses tenían pruebas irrefutables de que Carlos Gardel no murió en ningún accidente, sino que jugó como extremo en la selección brasileña con el nombre de Garrincha.
*La mutación mutó en 1991, y ahora los afectados se transforman en aleros de la selección china.
Pablo Neruda no se llamaba así. Alexei Karamazov, que era el verdadero nombre del poeta –y no Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, como aseguran algunas fuentes poco fiables–, nació en realidad en San Petersburgo en 1904, hijo de una tramollista jubilada del Gran Circo Ruso (Adriana Skleranikova) y un emigrante finlandés que cambió su nombre original (Jari Litmanen) por el de Constantin Karamazov –muy sonoro en el futuro país de los soviets– para tratar de medrar en la Rusia zarista.Mala idea. Su proyecto de instalar una destilería de vodka con los beneficios obtenidos de la venta de su pequeña güisquería en Oslo se vieron frustrados cuando su hijo Alexei aún no había cumplido un año. Constantin, ansisoso por convencer a las autoridades locales de que le dejaran abrir hasta más tarde la pequeña taberna que había inaugurado junto a la destilería, invitó a todo un regimiento de la Guardia Imperial zarista a unos deliciosos mojitos.
Así surgió el problema. Como todo el mundo sabe, los mojitos se hacen con ron, pero el hecho de que Cuba aún no fuera comunista -y Rusia tampoco- dificultaba las relaciones comerciales entre ambos países, lo que unido a las malas comunicaciones de la época dificultaba la llegada de ron al futuro Petrogrado. En plena crisis de la caña de azucar -toda la producción de aquel año se había desviado para producir las recién descubiertas manzanas de caramelo, otro negocio ruinoso del que hablaremos en alguna ocasión-, el fundador de la fugaz dinastía Karamazov se vio obligado ante la escasez de materia prima a ofrecer a los soldados unos extraños mojitos consistentes en vodka con vinagre. Aquella anécdota, que su padre repitió en infinidad de ocasiones, inspiró unos famosos versos del poeta:
¿Cómo se llama ese cocktail
que mezcla vodka con relámpagos?
Soprendentemente, parece que la combinación no agradó demasiado a la Guardia Imperial: «¡Esto es una mierda comunista!», gritaron algunos oficiales adelantándose a su tiempo, y se lanzaron a la calle contra unos señores que pasaban por ahí para felicitar las pascuas con un poco de retraso a Nicolás II en lo que se conoce como el Domingo Sangriento.
Como consecuencia de aquel pequeño malentendido, Karamazov se ganó las antipatías de unos y otros en plena revolución, por lo que tuvo que poner tierra por medio. Mientras, la pista de Adriana, madre del genial poeta, se pierde en un centro de desintoxicación cerca de Volgogrado: «Putos mojitos», fueron sus últimas palabras conocidas.
En un primer momento, Constantin meditó la posibilidad de instalarse en México, pero al poco tiempo desistió de la idea: «Seguro que después aparece Trostky por ahí, y eso me dejaría como un tipo muy poco original. Además, la cejijunta de Frida Kahlo no me pone nada», pensó.
Agobiado por las prisas y azuzado por la visión de su destilería en llamas, el padre del vate decidió trasladarse con su zagal a Chile, donde, fiel a su costumbre, volvió a adaptar su nombre a la cultura local para tratar de integrarse y hacer fortuna. Se hizo llamar Osvaldo Reyes, una vez descartó los de José de San Martín y Emiliano Zapata por parecerle “demasiado manidos”. Y, como no podía ser de otra manera, también rebautizó a su hijo, esta vez como Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto –de ahí la extendida confusión histórica–, y falsificó su partida de nacimiento para que en el futuro pudiera ser embajador en España. Pocos meses después Jari-Constantin-Osvaldo encontró trabajo en el ferrocarril. El resto es historia.
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